LA PROSTITUCIÓN, EL OFICIO MÁS MODERNO


¿Qué relación existió entre la institucionalización de la prostitución en Occidente y la imposición del matrimonio monogámico indisoluble? ¿Qué complejos lazos se tejieron entre la institucionalización del matrimonio monogámico indisoluble, la institucionalización de la prostitución y las relaciones de dominación existentes entre las “clases sociales”? ¿Favoreció la institucionalización de la prostitución en Occidente la estigmatización de determinadas conductas sexuales?

Una perspectiva genealógica, sustentada predominantemente en materiales elaborados por los historiadores, puede contribuir a explicar la lógica subyacente a toda una serie de procesos interdependientes y al mismo tiempo cuestionar ciertos lugares comunes, tales como la creencia de que la prostitución es el oficio más viejo del mundo, o que la prostitución y los vicios forman espontáneamente un matrimonio indisoluble.

De  hecho, algunos trabajos realizados desde una perspectiva histórica, como el bien conocido de J. Rossiaud, sobre La prostitución en el Medievo, sitúan claramente su institucionalización en Europa Occidental a finales de la Edad Media.

¿Por qué se acondicionaron, en un preciso momento histórico, espacios regulados y vigilados en los que determinadas mujeres debían de cobrar una cantidad estipulada, un salario, por mantener relaciones sexuales con hombres?

¿Cómo se relacionan esos fenómenos con la pujante literatura que prolifera, a partir del siglo XII, tanto en contra como a favor de las mujeres? ¿Por qué el ordenamiento de la sexualidad pasó a ser entonces un problema político de primer orden en torno al cual confluían diferentes intereses?

¿Por qué intervinieron diferentes ‘autoridades’ y se pusieron en marcha diversos dispositivos, con el fin de canalizar ‘las relaciones sexuales’ hacia la monogamia indisoluble de la que se hizo depender el buen orden de los principados, el equilibrio de las transacciones, y también la eterna salvación?

Todo parece indicar que con la delimitación de este espacio (un territorio específico, definido como prostitución), al igual que con las persecuciones por brujería, se pone de relieve, de forma descarnada y brutal, el hecho de que ciertas mujeres, especialmente de las clases populares, constituyeron, en la Baja Edad Media, un blanco privilegiado de intervención por parte de toda una serie de agentes sociales que se habían dotado de poder y autoridad.

Algunos historiadores han señalado que el matrimonio monogámico e indisoluble era ya una institución mayoritariamente aceptada por los moradores de las ciudades españolas hacia 1575, precisamente cuando el Santo Oficio ponía en marcha una fuerte campaña para extenderlo a las zonas rurales.

Por las relaciones de algunos procesos inquisitoriales, sabemos también que era generalmente admitida la idea según la cual no era pecado mantener relaciones con las mujeres de mundo, (del partido, de la mancebía, o putas) siempre y cuando se les pagase el dinero acordado.

Algunos encausados por la Inquisición manifestaban además en sus declaraciones una tendencia hacia una mayor libertad de costumbres:

No es pecado hacer el amor con una mujer ya sea soltera, virgen o casada, con tal de que ella lo consienta libremente, pues la mujer no posee más que su cuerpo, pero de él puede disponer libremente. Maldito el hombre que no toma lo que la mujer le ofrece, no tiene que confesar si lo hace. No es malo, antes es bueno, tener a una mujer por amiga.

Estas declaraciones ponen bien de manifiesto que existían en esa época códigos de relación entre los sexos diferentes de los preconizados por los adalides de la Contrarreforma. La Iglesia institucional post-tridentina se opuso a éstas y a otras formulaciones más ‘libres’ en un intento de imponer la ortodoxia católica que comenzó a gestarse siglos antes.

Fuente: NACIMIENTO DE LA MUJER BURGUESA  (Julia Varela)

¿CULTURA GLOBAL?


El término-concepto “cultura” es, como bien sabemos, uno de los más ambiguos de la jerga de las ciencias sociales. No hay demasiado consenso sobre su significado. Si además le añadimos el adjetivo “global”, la confusión se acrecienta enormemente.

El término-concepto “sociedad” es, por supuesto, igual de ambiguo, pero al menos es más anodino. El concepto cultura, en cambio, despierta pasiones. Con frecuencia, las personas -la gente común, los especialistas y los políticos- se embarcan en fervorosos debates sobre él. Algunos lo hacen con el revólver en la mano y otros, tras las barricadas.

Probablemente no exista el objeto cultura global o, al menos, los analistas especializados en el campo de la cultura mundial puedan afirmar tal cosa. Pero hay mucha gente que cree en la existencia de ese fantasma. Algunos creen que es un semidiós; otros, que es la encarnación del demonio. En cualquier caso, piensan que es una realidad.

Comencemos por quienes lo idolatran. Todas las religiones que afirman contener verdades universales presentan códigos de conducta moral que constituyen una cultura global, en el sentido de que esas religiones aseguran que determinada conducta no es solo deseable sino que es posible en todos los seres humanos. Entonces, las religiones establecen normas de las que se dice que pueden aplicarse en todo tiempo y lugar.

Están asimismo todos los conceptos de la religión secular, muchos de los cuales se asocian con la Ilustración: libertad, individualidad, igualdad, derechos humanos, solidaridad, que también son normas sin fronteras. De estos conceptos también se sostiene que son no solo deseables sino incluso aplicables en el nivel universal.

Además, hay muchas personas que están siempre dispuestas a imponer esas normas -religiosas o seculares- a los que no sabían de su existencia, los que no aceptan su validez o los que se rehúsan a observar la conducta prescrita.

Cuando las autoridades religiosas se ocupan de estas cuestiones, las denominamos inquisidoras (cuando se trata de miembros de una comunidad religiosa) o proselitistas (cuando el objetivo es la conversión de los que no pertenecen a la doctrina).

Hubo un tiempo en el que la tarea principal de las instituciones religiosas era de carácter proselitista. Hoy en día, son un poco más discretas debido a la presión proveniente de los que proponen normas seculares contrarias a la doctrina; por ejemplo, la tolerancia religiosa.

En la actualidad, quienes proclaman las normas seculares son los menos modestos. Su discurso está bajo la protección de una presunta norma universal de derechos humanos. Hoy contamos con tribunales internacionales cuyo propósito es juzgar a quienes cometen flagrantes delitos contra las normas internacionales, incluso a jefes de estados soberanos….

Hay organismos que infringen una presunta norma universal, la soberanía del Estado, en nombre de otras presuntas normas universales derivadas del derecho natural, que confiere a esos organismos (y a todos nosotros), según ellos declaran, “el derecho de intervención”. Y uno debe suponer, por supuesto, que los interventores son defensores de la cultura global que cumplen con su deber.

Durante mucho tiempo, las religiones han declarado que anuncian la única verdad universal, y por lo tanto ha habido discursos encontrados respecto de cuál es el contenido de la cultura global. Esos discursos rivales no solo son imposibles de reconciliar en términos de argumentación intelectual, sino que también han tenido consecuencias sociales nefastas, ya que han llevado a estallidos de gran violencia.

Los grupos seculares que están fuera del marco religioso han intentado lograr la reconciliación recurriendo a otra norma, supuestamente prioritaria: la de la tolerancia. En la actualidad, existe un conflicto semejante en la discusión de qué es prioritario, si la soberanía nacional  o los derechos humanos, conflicto que también ha tenido consecuencias sociales trágicas. ¿Hay algún grupo interesado en resolverlo? ¿Cómo puede lograrse la reconciliación? ¿Puede logarse?

En los balcanes en la década de 1990 ocurrieron cosas como lo que se denominó limpieza étnica, y fue denunciado como genocidio, crimen de guerra y crimen de lesa humanidad. Para juzgar tales crímenes se creó un tribunal ad hoc, en el que se han presentado denuncias contra personalidades políticas y militares, algunas de las cuales fueron detenidas y puestas en custodia del tribunal, y algunas fueron a juicio. Además, hay un tribunal permanente, la Corte Penal Internacional.

Los Estados Unidos, que apoyaron a los tribunales que se ocuparon de las violaciones a los derechos humanos en los Balcanes y en África, se opusieron a la creación de un tribunal permanente, pues ese tribunal podría citar a ciudadanos estadounidenses, más específicamente a militares, por supuestas violaciones a normas universales.

El gobierno de los Estados Unidos alegó que podrían existir motivaciones políticas ilegítimas en la acusación contra ciudadanos de su país; sin embargo, descartó alegremente que pudiese haber ese tipo de motivaciones en la acusación a ciudadanos bosnios, serbios, ruandeses o sierraleoneses.

Hasta ahora, la resolución política de estas cuestión ha sido una función de fuerzas políticas y militares relativa. En el mundo de hoy, se puede juzgar a los ciudadanos de estados más débiles, no así a los de estados más fuertes. El procedimiento es claro, pero de ninguna manera puede admitirse su implementación como norma global.

Analicemos la otra cara de la moneda. Todos sabemos que la vida no es igual en los distintos lugares del mundo y que, en mayor o menor medida, cada región responde a las demandas de la “cultura” local.

En los últimos años ha habido un firme repudio al concepto de cultura global; se ha puesto en duda la posibilidad de su existencia y se ha cuestionado cuán deseable es como concepto. Esas objeciones han surgido de distintos movimientos intelectuales -deconstrucción, posmodernismo, poscolonialismo, postestructuralismo y estudios culturales-, si bien, naturalmente, cada uno de esos movimientos abarca un número amplio de puntos de vista.

El argumento fundamental es que la aserción de verdades universales, dentro de las que se incluyen las normas universales, es una “metanarrativa” o “narrativa maestra” (una narrativa global) que representa una ideología de grupos poderosos dentro del sistema-mundo y que, por lo tanto, no tiene validez epistemológica.

Uno debería preguntarse hasta qué punto las críticas a las normas globales o metanarrativas son una estrategia pensada para destruir el “eurocentrismo” -sin duda, un objetivo meritorio- y reconstruir un universalismo, en lugar de oponerse a secas. Hay quienes hablan de construir “contranarrativas”, y también hay quienes dicen que “el universalismo siempre depende de la contingencia histórica”.

Cabe preguntarse entonces si el concepto de cultura global está relacionado con la salvación, si es una amenaza o si se trata de un mito. Está claro que se trata de un interrogante de índole intelectual, moral y político al mismo tiempo. Es imposible separar los tres niveles a la hora de considerar las respuestas.

Desde mi punto de vista, solo puede encontrarse el sentido de las realidades sociales si se concibe el mundo como un conjunto de sistemas histórico-sociales, que son entidades autosuficientes y centradas en sí mismas, tienen reglas conforme a las cuales operan y, sobre todo, tienen vida. Nacen, se desarrollan siguiendo sus propias reglas y, a medida que pasa el tiempo, el proceso se aleja del equilibrio, aparecen bifurcaciones y oscilaciones caóticas y, por último, se crea un nuevo orden, con lo que el sistema histórico-social llega a su fin.

FUENTE:  Las incertidumbres del saber   (Immanuel Wallerstein)

 

LA TEORÍA DE LOS GÉRMENES


Ahora es algo instintivo: si una persona tiene un virus, no nos acercamos a ella por miedo a contraerlo y enfermar. Pero la idea de que las enfermedades están causadas por microorganismos no quedó establecida hasta la segunda mitad del siglo XIX. La llamada “teoría de los gérmenes” condujo a los antisépticos y a la mejora de la higiene en los hospitales, por no mencionar el proceso de pasteurización para matar a las bacterias nocivas en los alimentos.

La vida surge espontáneamente de la materia inanimada: esta era la esencia de la teoría de la “generación espontánea” que los científicos y filósofos naturales creían, hasta el siglo XIX, que causaba las infecciones y el crecimiento de moho en los alimentos dejados al aire durante mucho tiempo.

El descrédito de la idea de la generación espontánea comenzó en el siglo XVII con la invención del microscopio compuesto (de varias lentes), que proporcionó la primera chispa de comprensión de los procesos biológicos. El científico holandés Antony van Leeuwenhoek hizo las primeras observaciones de células vivas y mocroorganismos, formas de vida consistentes en una solo célula.

A partir de 1830, el papel fundamental de las células estaba quedando claro para los científicos. Los biólogos alemanes Matthias Schleiden y Theodor Schwann expresaron esta opinión en su teoría celular, propuesta en 1838 y 1839. También iba creciendo la percepción de que las células pueden crecer y multiplicarse, formulada oficialmente por el biólogo alemán Rudolf Virchow.

Si las enfermedades e infecciones estaban causadas por formas de vida celulares, la división celular ofrecía un convincente mecanismo para explicar cómo se propagaban. Algunas de las primeras evidencias fueron descubiertas por el médico húngaro Ignaz Semmelweiss en 1847. Trabajando en la clínica de maternidad del Hospital General de Viena, observó algo raro en los índices de mortalidad de las madres que daban a luz allí.

Las madres que eran asistidas en el parto por médicos tenían más probabilidades de morir después de fiebre que las que habían sido asistidas por comadronas. Semmelweiss cayó en la cuenta de que los médios y estudiantes realizaban habitualmente  disecciones de cadáveres, cosa que las comadronas no hacían. Y se preguntó si las madres se habrían contaminado con “partículas cadavéricas”.

Para averiguarlo, Semmelweiss recomendó a los médicos y estudiantes que se lavaran las manos con cal clorada (lejía diluida) antes de acudir al pabellón de maternidad. Al cabo de unos meses, la mortalidad había descendido del 18 al 2 por ciento.

Pocos años después, un brote de cólera en Londres se atribuyó al agua de una bomba de Broad Street. Cuando las autoridades locales quitaron la palanca de la bomba, los casos de enfermedad disminuyeron. Más adelante se descubrió que el pozo que alimentaba la bomba estaba contaminado por las filtraciones de un pozo negro.

Pero fue Louis Pasteur el que dio el golpe de gracia a la teoría de la generación espontánea. En una serie de experimentos realizados entre 1860 y 1864, demostró que las infecciones están causadas por microorganismos. Para ello estudió el crecimiento de mohos en un “caldo nutriente”, una mezcla de extractos de carne, proteína y azúcar que favorece el crecimiento de los diminutos organismos.

Continuará……

EL MÉTODO CIENTÍFICO


¿Cómo decide uno lo que cree? ¿Basta con habérselo oído a un amigo? ¿Tal vez necesitamos haber visto un reportaje en los medios? ¿O hay que leer un artículo científico en una revista especializada? ¿O es usted tan escéptico que tiene que llevar a cabo su propia investigación?

Estas son preguntas que los científicos se plantean todos los días. Su trabajo es encontrarle sentido al torrente de información que nos llega sobre el mundo que nos rodea. No es tarea fácil distinguir las verdades de las falsedades, decidir qué teorías científicas son válidas y cuáles no, y qué resultados de experimentos son de fiar y cuáles son defectuosos. Pero resulta mucho más fácil de lo que podría ser, gracias al trabajo de Abu Alí al Hasan ibn al Haytham.

Ibn al Haytham, también conocido como Alhazén, nació en Basora (en el actual Irak) en 965. Fue un auténtico erudito polifacético que hizo importantes contribuciones a los campos de la física, la psicología, la oftalmología, la medicina y la astronomía. A pesar de ello, estuvo a punto de perder la vida por un fallo de sus habilidades como ingeniero cuando se le encargó diseñar una presa.

Había accedido a ayudar al monarca del califato de fatimí, un Estado musulmán que abarcaba Egipto y el norte de África, a diseñar y construir una presa que impidiera que el río Nilo se desbordara. Pero subestimó muchísimo las dificultades de la tarea y el proyecto fracasó.

Para no ser acusado de incompetencia por el califa y sufrir el terrible castigo que ello pudiera acarrear, Ibn al Haytham se fingió loco. Como consecuencia, pasó diez años en arresto domiciliario en El Cairo, pero consiguió salvar la vida.

Ibn al Haytham empleó productivamente el tiempo de reclusión, escribiendo un libro en siete volúmenes titulado Kitab al-Manazir  (“Libro de óptica”), que se publicó en 1021. En este libro exponía muchos principios referentes a las propiedades de la luz y su interacción con la materia, además de especular sobre la naturaleza de la percepción visual humana.

Pero lo más importante no era lo que Ibn al Haytham decía, sino cómo lo decía. Para muchos, Ibn al Haytham fue el primer científico auténtico del mundo, por que fue el primero que adoptó métodos y principios con los que trabajan los científicos modernos.

El principal de ellos era la idea de formular hipótesis y después ponerlas a prueba frente a evidencias experimentales. Demostró este principio guía en el Kitab al -Manazir, donde cada afirmación técnica está apoyada en pruebas experimentales o matemáticas.

El riguroso enfoque científico de las investigaciones de Ibn al Haytham nació, aunque parezca incongruente, de sus estrictas creencias religiosas. Como devoto musulmán creía que los humanos son imperfectos y que solo Dios puede alcanzar la perfección, y por lo tanto procuró eliminar de su obra todo elemento de falibilidad humana, fiándose solo de las pruebas físicas indiscutibles, y no de las opiniones subjetivas o las interpretacionesde otros individuos.

En los siglos siguientes, el Kitab al-Manazir  se tradujo al latín y circuló por Europa, donde fue bien recibido por los estudiosos del Renacimiento. Entre dichos estudiosos había gigantes como René Descartes y Francis Bacon, que perfeccionaron las ideas de Ibn al Haytham hasta elaborar el método científico que emplean los investigadores actuales.

En términos generales, el método de Ibn al Haytham se divide en cuatro pasos principales. El primer paso consiste en entender la naturaleza de un problema científico. Dado un fenómeno particular que hay que explicar, el científico debe aprender todo lo que pueda sobre él mediante un estudio preliminar, leyendo la obra de otros científicos y haciendo mediciones precisas.

En segundo lugar, el científico debe formular una hipótesis clara; es decir, una teoría conjeturada que crea que podría explicar el fenómeno. Con una hipótesis en la mano, el tercer paso consiste en investigar la hipótesis y ver qué predicciones observables puede hacer. Y por último, el paso final consiste en diseñar y realizar experimentos para poner a prueba estas predicciones.

En el segundo paso, la formulación de una hipótesis, es donde el científico debe dejarse guiar por su imaginación y experiencia. Elaborar la hipótesis puede ser una terea intimidante. Pero en el siglo XIV, un fraile franciscano inglés llamado Guillermo de Occam (Ockham) propuso un principio para facilitar este parte del proceso.

El principio, que desde entonces se conoce como “la navaja de Occam”, impone un enfoque metódico en la formulación de hipótesis. En esencia, dice que hay que probar primero la hipótesis más simple, y solo introducir niveles adicionales de complejidad y nuevas suposiciones cuando los experimentos han demostrado que la primera teoría era incorrecta. Y se sigue procediendo de este modo hasta llegar a la teoría correcta. O más bien, hasta que tengamos una teoría que no podamos demostrar que es falsa.

Un aspecto aparentemente extraño de las teorías de la ciencia -una disciplina que se enorgullece de su precisión- es que nunca se puede demostrar que sean cien por cien correctas. Lo máximo que pueden hacer los científicos es diseñar pruebas cada vez mejores que pongan límites cada vez más estrechos a una teoría, pero es imposible demostrar que una teoría es acertada.

El gran físico alemán Albert Einstein era bien consciente de esto cuando formuló su teoría de la relatividad, y por eso dijo: “Por mucho que se experimente, no se pondrá demostrar que tengo razón ; pero un solo experimento puede demostrar que me equivoco “.

El saludable escepticismo de Ibn al Haytham se ha convertido en el modus operandi de los científicos de todo el mundo. Pero no hay motivo para limitarlo exclusivamente a las empresas científicas. En una época en la que parece que todos tienen algo que decirnos -tanto en conversaciones como en los medios-, haríamos bien en recordar su lección fundamental: que no debemos creer en nada y que hay que cuestionarlo todo.

Fuente: CIENCIA 100 Descubrimientos que cambiaron el curso de la Historia (PAUL PARSONS)

 

EL TIEMPO GEOLÓGICO


“No encontramos vestigios de un principio, ni perspectivas de un final”, escribió el geólogo James Hutton en uno de sus trascendentales artículos científicos sobre la geología de la Tierra. El significado estaba claro: el planeta llevaba aquí muchísimo tiempo, y puede que siga estando más tiempo aún. Era una teoría radical pero correcta que dio un vuelco a las ideas anteriores, que atribuían a la Tierra una edad de solo unos miles de años. Estos descubrimientos convirtieron a Hutton en el padre de la ciencia de la geología.

Hasta finales del siglo XVIII, la creencia general era que la Tierra no tenía más que unos miles de años de edad. Esta era la visión del origen del planeta propuesta por la tradición religiosa judeocristiana.

Pero en 1875, esta escuela de pensamiento establecida se sacudió hasta los cimientos debido a la obra de un geólogo escocés llamado James Hutton. Nacido en 1726, Hutton cursó estudios clásicos en la Universidad de Edimburgo y empezó a prepararse para la abogacía antes de darse cuenta de que su verdadero interés era la ciencia. Volvió a la universidad para estudiar medicina y obtuvo su doctorado por la Universidad de Leiden en 1749.

En la década de 1750, Hutton y un amigo idearon un método para producir sales de amonio a partir del hollín. Resultó ser un negocio provechoso y esto, junto con el dinero que ganó alquilando sus propiedades en Edimburgo, le proporcionó unos ingresos que le permitieron dedicar más tiempo a sus intereses científicos.

Poco después, Hutton heredó la granja de su padre en la frontera escocesa y se instaló en ella. Aplicó un enfoque científico a la agricultura. Se cree que trabajar la tierra fue lo que disparó su interés por la geología, y empezó a formular ideas acerca de las formaciones rocosas y cómo se crearon. Pero la geología no era un tema que se tomara con urgencia. Hutton pasó 25 años estudiando y puliendo sus ideas acerca de la historia geológica de la Tierra antes de hacer públicos sus hallazgos.

La tesis central de Hutton era una idea que después se conoció como “uniformismo” (la palabra no se utilizó hasta 1830, por el científico William Whewell). Básicamente, dice que los mismos procesos que dieron forma al planeta en el pasado geológico están actuando hoy. Esta idea contradice la del “catastrofismo”, que era popular en la época y sostenía que la Tierra no cambia lentamente sino que es sacudida por acontecimientos repentinos.

Disconformidad geológica

La teoría de Hutton sobre el cambio geológico lento, combinada con las ricas estructuras geológicas que examinó, le llevó a concebir la idea del tiempo geológico. Argumentó que para que se formaran semejantes estructuras, la Tierra tenía que ser mucho más antigua que los pocos miles de años que el texto de la Bíblia quería hacernos creer.

Este concepto del tiempo geológico estaba respaldado por las formaciones geológicas que descubrió, llamadas “disconformidades”. Los afloramientos y las paredes de los acantilados muestran estratos de rocas sedimentarias que Hutton creía (correctamente) que se habían formado bajo el mar por acumulación gradual de sedimentos después se compactaron formando roca.

Formaciones graníticas de rocas volcánicas.

Los sedimentos habían venido de tierra firme, arrastrados al mar por los ríos. Las disconformidades de Hutton parecían estar formadas por dos secciones: una sección inferior de estratos de roca sedimentaria en la que las capas forman franjas casi verticales, y una sección superior de roca sedimentaria más joven cuyas capas son horizontales.

Para Hutton, estas formaciones eran pruebas que apoyaban su concepto del cambio geológico lento, que no tienen lugar en miles, sino en millones de años. Las marcas de ondulaciones en las capas de roca más antiguas y verticales confirmaban que se habían depositado como sedimentos marinos y después se transformaron en roca a lo largo de muchos millones de años.

El movimiento gradual de la tierra había inclinado este lecho de roca y formado las capas verticales antes de qe se depositaran nuevos sedimentos para formar encima las capas horizontes, más modernas. El proceso tuvo que durar eras.

Hutton denfendía también una idea conocida como “plutonismo”: que gran parte de la roca que forma la superficie de la Tierra se originó como magma fundido, salido de las profundidades. A esta conclusión le llevaron sus estudios de las formaciones graníticas, que dejaban claro que el granito había estado fundido cuando se formó. Esto era contrario a otra idea en boga en aquella época, la del “neptunismo”, que sostenía que toda la tierra había cristalizado a partir del mar.

Para Hutton, el plutonismo era la causa de la formación de nuevos fondos rocosos en el mar, que después crecían por sedimentación. Los nuevos lechos rocosos pueden experimentar nuevas ondulaciones que los empujen hacia arriba para formar nuevos continentes, e incluso que los levanten sobre un extremo como se veía en las disconformidades.

La visión de Hutton es más o menos la que adoptan los geólogos actuales. Se sabe que se forma nueva roca desde las dorsales oceánicas submarinas, por donde sale magma que se solidifica formando nueva corteza. De manera similar, en otros puntos -las fosas marinas- la corteza vieja se mete bajo la superficie del planeta en un proceso conocido como subducción.

Hutton presentó sus descubrimientos en 1785, en dos conferencias en la Royal Society de Edimburgo. Más adelante, en 1788, publicó un artículo científico, Una teoría de la Tierra o investigación de las leyes observables en la composición, disolución y restauración de la tierra en el Globo “. En 1794, amplió la teoría en un libro, Investigación de los principios del conocimiento y del progreso de la Razón, de los sentidos a la ciencia y la filosofía, que en más de 2.000 páginas de densa prosa, muchos consideraron totalmente ilegible.

Fue el libro Principios de la geología (1830), del geólogo escocés Charles Lyell, el que popularizó las ideas de Hutton y consiguió la aceptación general que merecían. El concepto del tiempo geológico quedó definitivamente reivindicado a principios del siglo XX, cuando los cálculos de la edad de la Tierra basados en la degradación de rocas radiactivas dieron cifras superiores a los mil millones de años. La datación definitiva de la Tierra, calculada en los años cincuenta, reveló que nuestro planeta lleva unos 4.540 millones de años dando vueltas alrededor del Sol. El tiempo geológico es aún más largo de lo que el mismo Hutton había sospechado.

Fuente:  CIENCIA 100  Descubrimientos que cambiaron el curso de la historia (Paul     Parsons)

EUROPA: UNA FORTALEZA INSOLIDARIA


La Europa actual se asienta sobre el principio de la desigualdad, elevando muros para negar a “los otros”. Hay en las políticas migratorias europeas toda una lucha de clases contemporánea y simbólica.

La voluntad de migrar está en nuestro ADN. Hay en el acto de moverse todo un deseo de superación que ha constituido la base de la resistencia del ser humano, la esencia de su supervivencia como especie. Se migra para escapar de la pobreza, de las guerras, de las hambrunas, de catástrofes naturales, pero también para conocer nuevos mundos, para saber, para vivir, para experimentar, para aprender, para prosperar. Así ha sido siempre y así sigue siendo en la actualidad.

Flujos migratorios

La historia de las personas que viajan a otros países sin nada es la gran odisea contemporánea, protagonizada por Marco Polos a los que las experiencias y el conocimiento acumulados en sus trayectos les cambia la mirada y el alma. A lo largo de sus viajes se van adhiriendo a su piel más vivencias de las que nunca tendrán esos hombres occidentales que, encerrados en sus despachos de perspectiva limitada, llevan la batuta de gobiernos y finanzas.

Los harragas, los jóvenes dispuestos a ‘quemar’ las fronteras -como se dice en árabe- representan una de las máximas constataciones de la desigualdad que marca el mal funcionamiento de este planeta, en el que se condena a la clandestinidad a las personas sin papeles. Algunos migrantes no logran culminar el viaje y terminan engrosando ese enorme cementerio anónimo e ignorado sumergido en las profundidades del mar Mediterráneo o escondido entre el desierto del Sáhara. Conscientes de su posible destino, cada vez son más los que, en el punto de partida, pegan a su cuerpo con cinta adhesiva un papel plastificado con números de teléfono de sus familiares.

Los “Harragas”

Dice el periodista italiano Gabriele del Grande, al que todos deberíamos leer para conocer y comprender el drama de los migrados, que “hay una guerra mundial contra los pobres” y nuestros países combaten en ella. Los naufragios de pateras son crónicas de muertes anunciadas y fomentadas por las políticas de los gobiernos europeos, que apuestan por elevar muros, reforzar fronteras y excluir de sus territorios a quienes no dispongan de recursos económicos.

Hay en la discriminación de los migrantes toda una lucha de clases contemporánea y simbólica. Se conceden visados a quienes tienen determinadades cantidades de dinero en el banco; se niega el permiso de entrada a quienes no disponen de recursos económicos. Se prohíbe el paso a los que menos tienen, ignorando la enorme riqueza social y cultural que tantos ‘pobres’ podrían proporcionarnos para complementarnos como ciudadanos.

Muros contra los pobres.

Se destinan millones de euros para evitar la entrada a Europa de personas que en muchos casos merecerían el derecho de asilo -y que de hecho huyen de guerras o expolios en los que nuestros gobiernos participan directa o indirectamente-, perpetuando así la gran metáfora del uno por ciento encerrado en su torre de marfil, dispuesto a atacar a los otros para poder preservar su riqueza, concentrada en su codicia.

El modelo actual de nuestros países se asienta sobre el principio de desigualdad: explotamos materias primas de terceros, elevamos barreras para impedir el paso de personas y de los productos que hacen competencia a los nuestros, mientras permitimos la libre circulación de mercancías, dinero, armas, divisas, turistas. El poder favorece a las entidades financieras y sacrifica a las personas. Desde hace años Europa barre hacia fuera, externalizando sus fronteras, para que los migrantes mueran lejos de nuestras costas y de nuestra conciencia, en países vecinos dirigidos por dictadores ‘amigos’.

Tras la muerte de al menos 250 personas en el naufragio de Lampedusa, la Comisión Europea ha pedido el refuerzo de su misión en el Mediterráneo para interceptar pateras con inmigrantes a bordo a través de lo que denomina “operaciones de rescate”. Por rescate entienden la detención de personas que huyen de la pobreza. Cómo triunfan los eufemismos.

El dramático naufragio de Lampedusa no es un hecho aislado. Las personas que durante estos años han perdido la vida en las aguas del Mediterráneo o en el desierto, en viajes sin las mínimas garantías de seguridad, asumen riesgos tantas veces mortales porque los gobiernos europeos les cierran la posibilidad de otro tipo de entrada. El peligro no desaparece cuando alcanzan nuestro territorio. Aquí les aguardan cárceles por el simple hecho de no tener papeles, maltrato, criminalización, redadas policiales o expulsiones oficiales violentas que a veces les provocan la muerte.

Féretros con los cuerpos sin vida de las personas naufragadas en Lampedusa.

Decía John Berger que la emigración es la experiencia que mejor define nuestro tiempo. En un mundo tan globalizado como el actual, donde nunca antes habíamos estado tan conectados, donde la diferencia entre ricos y pobres continúa creciendo, la migración no solo es una realidad, sino un derecho. Quienes intentan ejercerlo no solo luchan por una vida mejor, sino que, consciente o inconscientemente, están reivindicando un mundo más justo e igualitario.

Por mucho que se trate de posponer el debate, lo cierto es que los derechos y las necesidades de millones de personas condenadas a la pobreza son realidades incuestionables. Ante ellas, los dirigentes europeos apuestan por la exclusión, que es una forma de guerra. El discurso dominante las presenta desprovistas de identidad propia, atrapándolas en esa abstracción denominada “inmigrantes”, condenándolas a ser, en el mejor de los casos, simples víctimas, negándoles y negándonos toda su riqueza cultural y vital.

El “inmigrante” en su travesía….

Nuestros gobiernos pretenden que aceptemos la desigualdad como algo natural e inevitable, desde nuestra presunta condición de privilegiados. Afortunadamente, cientos de barrios, de asociaciones vecinales, de organizaciones solidarias, cuestionan semejante máxima, enriqueciéndose, mezclándose, revitalizándose con el sonido de otras músicas, con la pronunciación de otros acentos, con el relato de otras culturas, con la fuerza de otras formas de vivir, con la presencia de otras sensualidades, con la acogida de los otros. Los otros, que también somos nosotros…

Hay en esta convivencia diaria todo un desafío a la uniformidad de lo inmóvil, a las puertas cerradas, a los muros elevados, a los lugares exclusivos, a la infranqueable Europa de alambradas de espino y fortalezas de cemento que expulsa o acepta a personas en función de las necesidades de mano de obra semiesclava y precaria.

Superando los obstáculos y barreras de la insolidaridad.

En el idioma wólof, que se usa en Senegal, Gambia o Mauritania, solidaridad se dice ‘yapalante’. Toda una hermosa casualidad. Pero hay una Europa gris y vieja que prefiere dar la espalda a la solidaridad, condenando a los otros a la muerte o a la clandestinidad. Y con ello, condenándose a sí misma.

Olga Rodríguez

Fuente:  http://www.eldiario.es/zonacritica/Marco-Polos-siglo-XXI_6_183791643.html

LAS DOS CARAS DE LA POLÍTICA URBANÍSTICA


Y decía el alcalde: “aprovechando el evento (no importa cual) hemos derribado la “zona cutre” y construido en su lugar una nueva barriada.

El alcade no mencionará la especulación del suelo, tampoco se referirá a la población desplazada (sí, si, desplazada), la cual tendrá que buscar un nuevo lugar al sur de la periferia. En su lugar vendrá otra gente, clase media con posibles y con mejores modales, acompañada de sus coches, sus niños y sus perros.  Okuparán un territorio en el que ya no tiene cabida la “gente pobre” porque la “zona cutre” ha dejado de serlo. Todo sea por una ciudad del siglo XXI.