EL SENTIDO DE LA VIDA PARA UN CRISTIANO


Hay que preguntarse siel sentido de la vida, la felicidad, una vida plena, se encuentran solamente en el trabajo, en los bienes materiales, el lucro, el triunfo profesional, el prestigio, el deporte y el placer.El ansia de dominio, el deseo de placer, la obsesión del consumo ¿pueden dar la felicidad a una vida humana, con todas sus tensiones, rupturas, conflictos? No nos llamemos a engaño: el ser humano es algo más, eso lo sabe todo aquel que ha llegado a los límites de todas sus actividades. Esa persona se ve confrontada entonces con la siguiente pregunta: ¿qué soy yo cuando ya no puedo rendir, cuando soy incapaz de realizar ninguna actividad?

MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Debemos, en efecto, estar alerta para que las constricciones de la técnica y la economía, para que los medios de comunicación, que dominan de forma creciente nuestra vida diaria, no nos hagan perder nuestra “alma”, nuestra existencia como sujeto personal y responsable. Debemos estar alerta para no convertirnos en puro instinto, en puro placer, en puro poder, en hombres-masa, y tal vez en pura inhumanidad. La meta irrenunciable será conseguir ser auténticamente hombre, auténticamente humano. Auténticamente humano: tal podría ser la descripción elemental, lapidaria, del sentido de la vida que podrían compartir hoy hombres de la más diversa procedencia, nacionalidad, cultura y religión.

Seres Humanos

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UN MUNDO FELIZ PARA ALGUNOS


En inglés, pero lo pongo por las imágenes. Me hubiera gustado más en español, pero no he encontrado nada de la miniserie emitida en TVE hace unos años. Disculpen

El universo de Huxley se suele describir como una pesadilla totalitaria, se intenta hacer pasar ese libro por una denuncia virulenta; pura y simple hipocresía. En todos los aspectos, control genético, libertad sexual, lucha contra el envejecimiento, cultura del ocio, Brave New World es para nosotros un paraíso, es exactamente el mundo que estamos intentando alcanzar, hasta ahora sin éxito.

Libertad de amar, Libertad sexual

Actualmente sólo hay una cosa que choca un poco con nuestro sistema de valores igualitario, o más bien meritocrático, y es la división de la sociedad en castas, dedicadas a tareas diferentes siguiendo su naturaleza genética. Pero ése es precisamente el único punto sobre el que Huxley fue un mal profeta; justamente el único punto que ha llegado a ser más o menos inútil, con el desarrollo de la robotización y del maquinismo.

No cabe duda de que Aldous Huxley era muy mal escritor, de que sus frases son pesadas y no tienen gracia, de que sus personajes son insípidos y mecánicos. Pero tuvo una intuición fundamental: que la evolución de las sociedades humanas estaba desde hacía muchos siglos, y lo estaría cada vez más, en manos de la evolución científica y tecnológica, exclusivamente.

(R)Evolución Científica y Tecnológica

Puede que le faltara sutileza, psicología, estilo; todo eso pesa poco al lado de la exactitud de su intuición primera. Y fue el primer escritor, incluidos los escritores de ciencia ficción, en entender que el papel principal, después de la física, lo iba a desempeñar la biología.

Huxley pertenecía a una gran familia de biólogos ingleses. Su abuelo era amigo de Darwin, escribió mucho para defender las tesis evolucionistas. Su padre y su hermano Julian también eran reputados biólogos. Es una tradición inglesa: intelectuales pragmáticos, liberales y escépticos; muy diferente del Siglo de las Luces en Francia, basado mucho más en la observación, en el método experimental.

Durante toda su juventud, Huxley tuvo la oportunidad de ver a los economistas, juristas y sobre todo científicos que su padre invitaba a casa. Entre los escritores de su generación, era sin duda el único capaz de presentir los avances que iba a hacer la biología. Pero todo habría ido mucho más deprisa sin el nazismo. La ideología nazi contribuyó en gran medida a desacreditar las ideas de eugenismo y perfeccionamiento de la raza; hicieron falta años para recuperarlas.

En 1931, un año antes de que apareciera UN MUNDO FELIZ, Julian Huxley escribió LO QUE ME ATREVO A PENSAR, en el que esboza todas las ideas sobre el control genético y el perfeccionamiento de las especies, incluida la humana, que su hermano Aldous desarrolla en su novela. Sigue leyendo

La teoría-hipótesis de Gaia


Casi todo el mundo ha oído hablar de REDES, bien sea porque es un programa interesante o bien por Punset, que también es un tipo interesante.

Fuente: GaiaSur.

En la década de 1970, el Dr. James Lovelock fue contratado para diseñar pruebas químicas de detección de vida. Las mismas serían montadas en una futura sonda a enviar al planeta Marte. En el curso de esta tarea, se hizo necesario definir qué es la vida en un sentido más amplio que como puede ser reconocida en nuestro planeta Tierra. Lovelock elaboró así una posible definición operativa: se podría considerar “vivo” a cualquier sistema que genere y mantenga subsistemas internos que le ayuden a ordenarse y mantener constantes sus condiciones internas (capacidad de homeóstasis).

Una de las conclusiones de esta definición es que los seres vivos pueden manterse en un estado constante, llamado estado estacionario, que es distinto del equilibrio.

En investigaciones posteriores, el Dr. Lovelock observó que ciertas variables fisicoquímicas de nuestro planeta (la salinidad de los mares, la composición y temperatura atmosférica, etc) mantinen valores constantes (estacionarios) pero que no son los de equilibrio. El Dr. Lovelock sugirió entonces, que las interacciones de los seres vivos entre sí y con su entorno eran las responsables del mantenimiento de dichos estados estacionarios.

Entonces, si consideramos “vivos” a aquellos sistemas que mantienen estados estacionarios diferentes del equilibrio termodinámico, generando y manteniendo sistemas ad hoc, si las condiciones “internas” de la Tierra se mantienen constantes (y lejos de su equilibrio), y si parece que ciertas variables ambientales importantes de la Tierra se mantienen sus valores constantes merced a los seres vivos y sus interacciones, entonces…

el planeta Tierra puede ser considerado un ser vivo.

El Dr. Lovelock es un tipo sumamente creativo y poético. En vez de llamar a su teoría “Homeóstasis de las variables fisico-químicas terrestres y sus interacciones etc. etc. …” la llamó teoría de Gaia, en recuerdo de Gea, la diosa tierra de los griegos, análoga a la Pacha Mama latinoamericana.

Según la teoría de Gaia, las condiciones actualmente reinantes en el planeta no son el mero resultado de reacciones físico-químicas sino que son mantenidas así por el conjunto de seres vivos del planeta (la biósfera) y la interacción con su entorno.

Podríamos explicar esto con una analogía simple entre el planeta y nuestro propio cuerpo de humano. Cada especie sería entonces análoga a un “órgano” y la interacción entre éstos mantendría nuestra temperatura (a pesar del frío exterior), nuestro pH y nivel de azúcar en sangre (a pesar de que la ingesta de alimentos varía en su composición), etc, así como la salinidad de los mares, la temperatura y composición de la atmósfera, etc. en la Tierra.

Sin embargo, los humanos somos muchos más que un montón de órganos: el todo es más que la suma de sus partes.

Según esta visión, todos estamos relacionados y la desaparición de una especie es una tragedia para todas las demás, tanto como la pérdida de un órgano es terrible para nuestro propio organismo.

Este enfoque, que parece pecar de exceso filosófico, no desestima los enfoques pragmáticos sino todo lo contrario, los potencia. Desde un punto de vista utilitario (la genética y sus aplicaciones en medicina por ejemplo), la desaparición de una especie animal o vegetal y su genoma (conjunto de genes) significa la pérdida de millones de posibles tesoros aún desconocidos. También explica por qué hay temas que requieren un enfoque interdisciplinario para ser abordados con éxito.

Entre otras cosas, esta teoría justifica no sólo la apreciación, sino la necesidad de la diversidad para mantener el estado estacionario global, ya que cada especie cumple una o más funciones particulares dentro de la sinfonía global.

Completo este artículo con lo que se dice en LA NATURALEZA HUMANA (Jesús Mosterín):

Curiosamente, en las últimas décadas del siglo XX ha resurgido el interés por esa gran diosa que es la Tierra, para la que se ha recuperado su nombre clásico de GAIA y que en cierto modo se ha convertido en la patrona de todos los ecologismos. No hace falta fe para creer en ella, pues la hipótesis Gaia, formulada por James Lovelock, es una conjetura científica.
La biosfera es el sistema formado por todos los seres vivos, más la atmósfera, la hidrosfera y el suelo. Cada una de las especies integrantes de la biosfera depende de las demás para su supervivencia. Es obvio, por ejemplo, que nuestra especie depende de las plantas verdes para la producción de las moléculas de oxígeno que respiramos. Hay dependencias menos conocidas, como la que tenemos respecto a las algas laminarias, que concentran el yodo del mar y lo ponen en circulación en el aire, de donde absorbemos las trazas de yodo que necesita nuestra glándula tiroides para fabricar las hormonas que regulan nuestro metabolismo, o nuestra dependencia respecto a los organismos anaerobios que habitan nuestro intestino y nos permiten digerir los alimentos. La biosfera entera se comporta como un gran organismo, en el que los flujos de materiales en la atmósfera y el mar cumplen una función pareja a la que realizan los flujos de nutrientes en nuestra sangre. La biosfera sería un sistema cibernético que se autorregula constantemente para mantener una serie de homeóstasis o equilibrios necesarios para el desarrollo de la vida. Si hubiera mucho más o mucho menos oxígeno en el aire del que hay, si la temperatura media fuera mucho más alta o más baja de lo que es, si la acidez de la atmósfera o la salinidad del mar aumentaran más allá de ciertos límites estrechos, la vida sobre la Tierra sería imposible. Pero desde hace miles de millones de años la biosfera ha ido desarrollando mecanismos propios para el control de todas esas variables.

Sin vida sobre la Tierra, la atmósfera de nuestro planeta sería como la de Marte o Venus, casi puro dióxido de carbono. Es la biosfera la que se ha dotado a sí misma de esa atmósfera tan peculiar e improbable que disfrutamos, y la que la mantiene. La visión de la biosfera como un único superorganismo y de la evolución de las especies como un proceso de crecimiento e incremento de la complejidad de este organismo autorregulativo ha llevado a una nueva comprensión de la profunda unidad de la Tierra viva.
La biosfera evoca sentimientos de reverencia en sus contempladores. Ahora, conforme nosotros -que somos parte de la biosfera- vamos conociéndola y reconociéndola, en realidad es la biosfera misma la que se está despertando a la autoconciencia y está empezando a pensar a través de nosotros. Nuestra especie, que de momento es el cáncer de la biosfera, podría (con suerte) acabar asumiendo su responsabilidad moral por ella. Quizá acabemos convirtiéndonos en pastores y guardianes de la biosfera.

LA LIBERTAD HUMANA: ¿EVOLUCIÓN, APRENDIZAJE O EQUIPAMIENTO DE SERIE?


Las ballenas vagan por el océnano, los pájaros vuelan ligeros por encima de nuestras cabezas y, según un viejo chiste, un gorila de 200 kilos se sienta donde le da la gana, pero ninguna de estas criaturas es libre en el sentido en que pueden serlo los seres humanos.

La libertad humana no es una ilusión; es un fenómeno objetivo, distinto de todas las demás condiciones biológicas y que sólo se encuentra en una especie, la nuestra. Las diferencias entre los agentes humanos autónomos y los demás agregados naturales son visibles no sólo desde una perspectiva antropocéntrica, sino también desde los más objetivos de los puntos de vista alcanzables (el prural es importante). La libertad humana es real -tan real como el lenguaje, la música y el dinero-, de modo que puede ser estudiada desde un punto de vista serio, objetivo y científico.

Pero igual que el lenguaje, la música, el dinero y otros productos de la sociedad, su persistencia se ve afectada por lo que creemos sobre ella. No es ninguna sorpresa, pues, que nuestros intentos de estudiarla desapasionadamente se vean distorsionados por el miedo de matar torpemente el espécimen que tenemos bajo el microscopio.

La libertad humana es más joven que la especie. Sus caracteres principales tienen únicamente unos miles de años de antigüedad -un parpadeo dentro de la historia evolutiva-, pero en ese tiempo tan breve ha transformado el planeta de una forma tan palpable como pudieran hacerlo grandes transiciones biológicas como la creación de una atmósfera rica en oxígeno y la creación de la vida multicelular.

La libertad tuvo que evolucionar igual que todos los demás elementos de la biosfera, y continúa su evolución en la actualidad. La libertad es real hoy en algunas partes afortunadas del planeta, y aquellos que la aman tienen razón de hacerlo, pero está lejos de ser inevitable, y lejos de ser universal. Si llegamos a comprender mejor su origen, tal vez podamos orientar mejor nuestros esfuerzos para preservarla de cara al futuro, y protegerla de sus muchos enemigos naturales.

Nuestros cerebros han sido diseñados por la selección natural, y todos los productos de nuestros cerebros han sido diseñados del mismo modo, aunque en una escala temporal mucho más reducida, por procesos físicos en los que no puede discernirse ninguna exención de los principios causales.

¿Cómo es posible, entonces, que nuestros inventos, nuestras decisiones, nuestros pecados y nuestros éxitos sean distintos de las bellas pero amorales telas que tejen las arañas? ¿Qué diferencia hay, desde un punto de vista moral, entre una tarta de manzana preparada con todo el cariño por alguien como regalo de reconciliación, y una manzana diseñada “inteligentemente” por la evolución para atraer a un frugívoro, el cual se encargará de repatir sus semillas a cambio de algo de fructuosa?

Si consideramos que sólo un milagro podría distinguir nuestras creaciones de las ciegas e inconsistentes creaciones de un mecanismo material, no dejaremos de dar vueltas a los problemas tradicionales de la libertad y el determinismo, en una espiral de misterio e incomprensión. Los actos humanos están simplemente demasiado lejos de los movimientos de los átomos, sean aleatorios o no, como para que podamos descubrir la manera de integrarlos en un único esquema coherente.

La resonancia emocional de la palabra “libertad”, como la de la palabra “Dios“, garantiza una audiencia partidista, dispuesta a saltar sobre cualquier paso en falso, cualquier amenaza, cualquier concesión. El resultado es que la tradición acostumbra a tener carta blanca, o casi. A manera de estrategia práctica, la mayoría de la gente parece inclinarse a pensar que las doctrinas suscritas por la tradición deberían pasar sin examen alguno, en la medida de lo posible, y cuestionarlas es ciertamente como tocar un avispero.

Y así es como sobrevive el pensamiento tradicional, en gran medida incuestionado, y con los años no hace más que acumular nuevas capas de invulnerabilidad injustificada.
Podemos y debemos sustituir esas sacrosantas pero endebles tradiciones por unos fundamentos más naturalistas. Da miedo abandonar unos preceptos tan venerables como el imaginario conflicto entre el determinismo y la libertad, y la falsa seguridad que da pensar que la cadena termina en un Yo o un Alma milagrosa.

Si aceptamos la “extraña inversión del razonamiento” de Darwin, podemos reconstruir los mejores y más profundos pensamientos humanos sobre moral, sentido, ética y libertad. Lejos de ser enemiga de dichos conceptos tradicionales, la perspectiva evolutiva es un aliado indispensable de los mismos.

No pretendo reemplazar el abundante trabajo realizado hasta el momento en el campo de la ética por una alternativa darwinista, sino más bien asentar dicho trabajo sobre los cimientos que merece: una visión realista, naturalista, potencialmente unificada del lugar que ocupamos en la naturaleza.

Reconocer nuestro carácter único como animales reflexivos y capaces de comunicarse no requiere ningún “excepcionalismo” humano que levante un puño desafiante frente a Darwin y descarte cualquier intuición procedente de un sistema de pensamiento magníficamente articulado y empíricamente contrastado.

Podemos comprender por qué nuestra libertad es mayor que la de las demás criaturas, y en qué medida esta superior capacidad trae consigo implicaciones morales: noblesse oblige. Estamos en una posición privilegiada para decidir lo que haremos a continuación, porque disponemos del más amplio conocimiento posible y, por lo tanto, de la mejor perspectiva sobre el futuro. Lo que el futuro depara a nuestra planeta depende de todos nosotros, de nuestra reflexión conjunta.

No traigo a DENNETT a este rincón con la idea de contrarrestar a Wolfe o a Dyer, sino de complementarlos. Para conocer el “origen” de la LIBERTAD HUMANA, es preciso saber cual es nuestra NATURALEZA. Eso, quizá, será posible dentro de cien años cuando, como dice MOSTERÍN al incicio de LA NATURALEZA HUMANA, conozcamos mucho mejor que ahora las funciones de nuestros genes y el funcionamiento de nuestro cerebro. Pero, me temo, en ese momento no estaré en “buenas condiciones”. De modo que me toca decidir y decido que lo mejor y posible es la colaboración y la complementariedad de las teorías existentes. Yo creo en una inteligencia superior, a la que le atribuyo la creación del Universo. Pero no discuto el naturalismo y el evolucionismo. Ni los considero incompatibles con mi “creencia”, pese a lo escrito por el autor que traigo aquí, DENNETT, al principio de su libro:

Una extendida tradición pretende que los seres humanos somos agentes responsables, capitanes de nuestro destino, porque en realidad somos almas, halos inmateriales e inmortales de material divino que habitan y controlan nuestros cuerpos materiales como unos titiriteros espectrales.

Nuestras almas son la fuente de todo sentido, y el centro de todos nuestros sufrimientos, alegrías, glorias y vergüenzas. Pero la credibilidad de esta idea de almas inmateriales, capaces de desafiar las leyes de la física, hace tiempo que quedó obsoleta gracias al avance de las ciencias naturales. Mucha gente piensa que este hecho tiene implicaciones terribles: en verdad no somos “libres” y nada importa realmente. El objetivo de este libro es mostrar en qué se equivocan.

Y el autor se emplea a fondo a lo largo de trescientas cuarenta y tantas páginas.

FUENTE: LA EVOLUCIÓN DE LA LIBERTAD, de DANIEL C. DENNETT.

LA SOCIEDAD SOSTENIBLE


 

Hay muchas formas de definir la sostenibilidad. La definición más simple es: Una sociedad sostenible es aquella que puede persistir a través de generaciones, que es capaz de mirar hacia el futuro con la suficiente flexibilidad y sabiduría como para no minar su sistema físico o social de apoyo.

La Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo concretó esa definición con palabras memorables: una sociedad sostenible es aquella que “atiende las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de generaciones futuras para hacerse cargo de sus propias necesidades”.

Recursos Naturales

Desde un punto de vista de sistemas, una sociedad sostenible es aquella que tiene en marcha mecanismos de información, sociales e institucionales, para mantener bajo control los bucles de retroalimentación positivos que generan el crecimiento exponencial de la población y el capital.

La población mundial

Eso quiere decir que las tasas de natalidad igualen a grandes rasgos las de mortandad, que las inversiones de capital reemplacen con equidad su desgaste, a menos o hasta que los cambios técnicos y las decisiones sociales justifiquen un cambio debatido y controlado en los niveles de población o capital.

Para que sea socialmente sostenible, la combinación de población, capital y tecnología en la sociedad debe ser configurada de forma tal que el nivel material de vida sea adecuado y seguro para cada uno. Sigue leyendo