De entre todos los posibles engaños y fraudes amorosos, la infidelidad no es necesariamente el peor, pero sí el que más nos preocupa. Los estudios indican que la fidelidad (aunque no se aclara si la propia o la del otro) es considerada un pilar definitivo en la relación.
Una abrumadora mayoría de personas encuestadas así lo manifiesta: un 70 por ciento considera fundamental la fidelidad en la pareja, un 20 por ciento la valora como importante y sólo un 5 por ciento manifiesta no importarle mucho.

Podría decirse que la infidelidad es, sobre todo, una conducta desleal, pero esta definición resulta demasiado genérica. En realidad, cada cual entiende la infidelidad a su manera, aunque para casi todo el mundo interviene el sexo, mientras no está tan claro que se tome en cuenta el amor.
Ambas cosas, sexo y amor, suelen formar parte del compromiso mutuo, pero no es sencillo saber cuál es el principal factor de la infidelidad. ¿Se es infiel a la pareja queriendo a otra persona sin que medie contacto sexual con ella? ¿Se es infiel viviendo una aventura esporádica con alguien a quien no se vuelve a ver? ¿Cuándo atraviesa una relación física o espiritual la barrera de la fidelidad? ¿Qué acto implica indifelidad: un beso, una fantasía sexual o acaso simplemente sentirse bien trabajando junto a otro? Si renunciar a otra relación es, según dicen los expertos, biológicamente poco natural, ¿será “natural” entonces ser infiel de vez en cuando?.

Existen diferentes sistemas de amar, distintos ciclos amorosos, como dice el investigador italiano Francesco Alberoni. Una misma persona puede experimentar varios de esos ciclos a lo largo de su vida.
En un extremo está la conservación de un único amor, algo tan deseable como difícil de mantener; en el extremo opuesto se sitúa la promiscuidad absoluta, probablemente más fácil de mantener pero desgastadora a la larga.
Los antropólogos relatan costumbres de ciertas sociedades que conviven pacíficamente practicando la promiscuidad sexual. También en nuestra sociedad occidental algunas parejas establecen un pacto de tolerancia mutua con respecto al sexo con terceros, aunque no es lo habitual.
La promiscuidad, aceptada como forma de entendimiento libre entre los dos miembros de una pareja, funciona bien sólo excepcionalmente. Lo común es que uno de los dos la desee y la proponga, y el otro la acepte con menor entusiasmo. Pues bien, incluso en este tipo de parejas se dan a veces conflictos por infidelidad o por lo que para ellos constituye un acto de infidelidad.

Promiscuidad
En realidad la infidelidad no es necesariamente la cara opuesta de la fidelidad. Tampoco ser fiel es simplemente no ser infiel. La fidelidad es una cualidad de las relaciones humanas que se basa en la lealtad, la honestidad, la veracidad y la actitud de desinterés.
Algo similar se da en otros compromisos morales, en los negocios y desde luego en la amistad. Pero si uno puede tener más de un amigo y ser fiel a todos ellos, parece que la fidelidad amorosa, tal como se suele entender, subordina la lealtad y los otros componentes y da prioridad a un único protagonista: la exclusividad.
No es bueno identificar la fidelidad con la exclusividad sexual, ni tampoco equiparar la infidelidad siempre al adulterio. La relación entre dos no es mejor ni más segura si se preserva únicamente el derecho de propiedad sexual mientras se ignoran otros aspectos más profundos.
No es bueno contentarse con una fidelidad que responda a una actitud servil y a un sentimiento de subordinación incondicional hacia el otro. Pero, dicho esto, si existe pacto de fidelidad entre dos, no se puede quitar gravedad a un acto infiel y considerarlo como algo que sucede y se olvida sin más ni más.
La infidelidad no es algo simple, pero tampoco algo digno de aplauso. A menudo la conducta infiel esconde en quien la protagoniza una notable incapacidad de pensar en el otro, una excesiva reivindicación del yo y, frecuentemente también, una prioridad del hedonismo sobre el compromiso, sin reparar en el daño que se provoca.
Los hombres y las mujeres presentan importantes diferencias de opinión y de conducta sobre el sexo y el afecto. Por ejemplo, dos tercios de las mujeres declaran no ser partidarias del sexo sin amor, mientras que dos tercios de los hombres declaran lo contrario. Además, las encuestas constatan con pequeñas diferencias que, en la práctica, los hombres son claramente más infieles que las mujeres. Las explicaciones de este fenómeno diferenciador pueden ser sociales y biológicas.

Tradicionalmente, la sociedad ha sido y sigue siendo permisiva con la promiscuidad masculina e incluso la ve con buenos ojos. Los hombres han presumido de sus conquistas y eso se ha considerado un signo de masculinidad. Las mujeres, en cambio no han gozado de tanta tolerancia y, muy por el contrario, su promiscuidad sexual ha sido motivo de vergüenza y oprobio social.
La reacción ante la infidelidad es distinta entre hombres y mujeres. Ellas parecen más dispuestas a tolerar una aventura, si es esporádica, y en cambio sufren si creen que su pareja se está enamorando de otra mujer, aunque no haya sexo de por medio. Los hombres, por su parte, parecen preocuparse menos por los sentimientos de su mujer hacia otro hombre, pero si irritan si la imaginan en brazos de otro.

Termino este artículo hablando de las principales causas de la infidelidad. La más evidente es la aparición de otra persona, de otro amor, pero hay otras: La insastisfacción vital de quien no está a gusto consigo mismo y ve como surge dentro de sí un deseo de alejamiento y ruptura con su mundo y también con su pareja.
O la búsqueda de cambio, una causa menos dramática, que afecta a ciertas personas no necesariamente insatisfechas con su vida afectiva, ni enamoradas de otro, pero a las que les atrae lo nuevo. En fin, existen razones intrínsecas a la propia persona y razones ajenas, procedentes del exterior.

Fuente: AMOR PURO Y DURO. (Pilar Varela).