REFLEXIÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LOS PADRES EN LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres (PITÁGORAS).

En las últimas décadas, intentando encontrar una forma más adecuada de educar, se ha pasado del “ordeno y mando” a negociarlo todo. Caemos en una especie de diálogo entre “desiguales” que, en una errónea pretensión de aparente correspondencia, termina por consentir en todo lo que el niño reclama. Hay un continuo entre la amenaza autoritaria (“como vengas un minuto después de las doce te vas a enterar”) y la tolerancia permisiva (“…pero ven pronto ¿vale?”).

¿Tolerancia Permisiva?

Los padres intentan evitar el conflicto cediendo. Abdican de su autoridad en un exceso de permisividad que a veces resulta alarmante. Se consiente demasiado para “no traumatizar”, para evitar “males mayores”, para acabar cuanto antes la discusión.

Hoy en día se está poniendo mucho énfasis en el tema de la autoridad a la hora de educar a los hijos. Es sin duda, un tema de especial preocupación.
Muchos padres podrían confundir tantos mensajes sobre la necesaria autoridad con la aplicación de castigos, asociado a frases del tipo. “Se va a llevar su merecido”, “él se lo ha buscado”, “así aprenderá a respetarme”. Tal vez logren con esa actitud una aparente obediencia y sumisión pero, en no pocos casos, la relación con el hijo puede verse teñida de miedo, desconfianza o recelo.

¿Autoridad o Autoritarismo?

Es necesario precisar que al hablar de autoridad en la educación no estamos refiriéndonos a ella como sinónimo de dominio, superioridad, fuerza, jerarquía o prepotencia. En realidad estamos haciendo alusión a un verdadero poder de influencia positiva sobre el hijo.

El concepto de autoridad puede ser entendido de diferentes formas. Autoridad implica el poder y el derecho tanto de mandar como de hacerse obedecer. Cuando una persona ejerce el poder se coloca en una posición de superioridad sobre otra que queda subordinada a los dictados de aquélla.

La autoridad se gana, no se impone

Se puede entender también que tener autoridad es tener criterio. En este sentido hablamos de autoridad para referirnos a aquella persona que domina un determinado ámbito de competencia y conocimiento, y a la que se le reconoce dicho dominio. Cuando decimos de alguien que se le reconoce en la materia, la estamos reconociendo como una persona versada, capacitada, experta, preparada, entendida y competente en la misma.

A partir de esta idea, podemos afirmar que la autoridad se adquiere, se gana, y se tiene que mantener. La pérdida de autoridad supone merma de ese crédito, así como el deterioro del reconocimiento sobre la competencia o capacidad para dirigir, tomar decisiones y mandar.

Autoridad, basada en la confianza

El adjetivoautoritario hace referencia a la imposición del poder de forma absoluta, con objeto de lograr la sumisión, la obediencia y la subordinación. La imposición autoritaria de los dictados de quien manda se complementa con el sometimiento y la sumisión de quien obedece. Es necesario poner de relieve y reflexionar sobre algunos matices que pueden marcar las diferencias entre autoridad y autoritarismo.

La autoridad supone mando, dominio y potestad. Implica una jerarquía que, aunque por principio se basa en la desigualdad entre las partes, surge de un sentido de la justicia y la equidad. Lejos de la obediencia ciega, la sumisión y el sometimiento, la autoridad va ligada al razonamiento, la posibilidad de opinar, la búsqueda del respeto y la conformidad.

Tres de los elementos que dan un crédito especial a la autoridad son la competencia, el sentido de la justicia y la coherencia. Hablar de autoridad, especialmente en lo que concierne a la educación de los hijos, no es hablar de autoritarismo. Es hablar de autoridad moral en el sentido anteriormente expuesto. Es una autoridad que se gana, y va estrechamente ligada a la atribución de competencia a la persona que la administra, del reconocimiento de su sentido de la ecuanimidad, y de la coherencia de su conducta.

Los padres no deben actuar como jefes en lo referente a la educación de los hijos, sino “liderar” la misma, lo que requiere adquirir y desarrollar una serie de competencias que son necesarias para hacerlo correctamente.

La autoridad bien ejercida logrará el respeto del hijo sin anular su individualidad, sin constreñir su personalidad. Entre la represión y la permisividad seguro que sabremos encontrar la justa medida, la precisa y necesaria combinación de exigencia y tolerancia, de firmeza y diálogo.

Podemos ganarnos la autoridad como padres si logramos convertirnos en un ejemplo y un modelo de respeto y de valores. Se trata de lograr una verdadera autoridad que dimane de la capacidad personal, del criterio, de la razón, del respeto, la coherencia y el sentido de la equidad.
Por supuesto, hablar de autoridad en este sentido es hablar también de libertad.

FUENTE: EDUCAR SIN GRITAR (Guillermo Ballenato)

Completo este artículo recurriendo a otra fuente, en este caso ANTE UNA EDAD DIFÍCIL (Joan Corbella Roig, Carmen Valls Llobet):

Alcanzar una adecuada cota de autonomía personal, de seguridad en uno mismo y de capacidad de independencia, constituye el mejor bien posible para el joven, una vez ha llegado a la etapa final de su adolescencia. Éstos son los objetivos fundamentales del proceso educativo.

Educar en la autonomía personal supone preocuparse de que el educando alcance el nivel adecuado de seguridad en su persona, de confianza en sí mismo y de independencia respecto a los demás en el sentido de no necesitarlos.

Desde el punto de vista del comportamiento y de las actitudes, ser autónomo y estar seguro de uno mismo tienen una raíz causal común y un proceso de aprendizaje no solamente semejante, sino además, en la mayoría de los casos, coincidente. Podríamos decir que se educa en la seguridad para poder ejercer después la autonomía; en la medida que se va adquiriendo seguridad, se hace posible ser autónomo.

Un niño educado en la seguridad personal conoce, en cada momento, sus posibilidades reales. Esto lo aprende por medio de los resultados de sus acciones, que pueden ser tanto el éxito como el fracaso, lo que le permite en cualquier caso ser capaz de situar y aceptar las consecuencias de sus acciones.

El niño debe vivir todo tipo de situaciones, sin que ello suponga correr riesgos gratuitos, y el adulto no debe en ningún caso exagerar las repercusiones del éxito o del fracaso. Las actitudes sobreprotectoras que tratan de impedir el fracaso por todos los medios dificultan el aprendizaje de la superación de este tipo de situaciones, y no permiten que el niño conozca sus posibilidades reales frente a las circunstancias frustrantes, lo que es indispensable para que se sienta seguro.

Las actitudes educativas competitivas en exceso, en las que se valora de modo muy positivo el éxito y muy negativamente el fracaso, inciden de modo desfavorable en la seguridad del niño. Se debe buscar un punto de equilibrio, pues si el éxito acrecienta la seguridad, el fracaso acarrea todo lo contrario.

La actitud frente a las situaciones de peligro es también muy importante en la formación de la seguridad. Es necesario no exagerar estas situaciones y confiar en que el niño aprenderá a enfrentarse a ellas y superarlas. Los adultos tienen una clara tendencia a magnificar los acontecimientos peligrosos y, por este motivo, repiten insistentemente:”¡cuidado, te puedes caer!”, “¡vigila los coches en la calle!”, etcétera. Se tiende a asustar al niño en la creencia de que, a causa del temor, el niño va a tener mayor preocupación y, por lo tanto, se arriesgará menos.

Pero lo prohibido resulta, para niños y adultos, mucho más atractivo que lo permitido, y las situaciones de riesgo acaban por atraer al niño con mayor intensidad que si no se le hubiese hecho ningún comentario. El niño vive más la atracción por el riesgo que el miedo al peligro, pero, en cambio, recibe una educación basada en el temor y la desconfianza. Antes de alarmar al niño es preferible actuar discretamente evitando que se enfrente a situaciones de grave peligro. Pero se le debe permitir el enfrentamiento con las que presenten un grado de riesgo limitado, lo que le servirá para aprender por sí mismo las consecuencias de su comportamiento.

Se infunde seguridad en los niños en la medida en que se fomentan sus sentimientos, y no solamente sentimientos productivos y concretos, sino también sentimientos gratuitos, con la misma fuerza e intensidad que es válida para los adultos. Amar a los padres, hermanos, abuelos y amigos es el primer y fundamental aprendizaje afectivo que debe recibir el niño, pero ahí no debe deternerse el descubrimiento de su potencial afectivo; se le debe mostrar cómo el amor a la tierra, a una ciudad, a una escuela o a un barrio, incluso a una idea, abre nuevas perspectivas a su capacidad de sentir, y con ellas mejora y se acrecienta el sentimiento de seguridad.

Toda educación entraña el establecimiento de objetivos. A cada edad hay que proporcionarle metas concretas y posibles que amplíen todos los aspectos de la vida, tanto intelectuales como afectivos o deportivos, cuidando al mismo tiempo las condiciones físicas y las psíquicas. La dinamización del ser humano se consigue mediante la esperanza en el futuro: saber ilusionarse equivale a estar motivado, lo cual supone una condición indispensable tanto para realizar cualquier tipo de esfuerzo como para fijarse metas ideales. Las expectativas de futuro se concretan en planes y objetivos que despiertan o alimentan las ilusiones y su realización material, lo que afianza la seguridad personal.

La complacencia de todos los deseos del niño supone básicamente una cierta dimisión del papel paterno, que debe incluir entre sus funciones la de presentar un mundo adulto que inevitablemente tiene que resultar normativo y, por lo tanto, en alguna medida frustrante.

La felicidad de un hijo no puede cimentarse en la complacencia de todos sus deseos, ya que, junto con el fraude educacional que ello supone y las negativas consecuencias para su futuro, representa también impedir que el niño establezca una justa valoración de sus anhelos y realice un esfuerzo proporcional para alcanzarlos.

Nada se goza tanto como aquello que uno siente que ha alcanzado por sí mismo, y ello es válido desde los primeros años de vida. Proporcionar a los niños una aparente felicidad gratuita supone privarles de satisfacciones fundamentales que los aproximarían a sensaciones auténticamente felices.

En último caso, esto puede darse simplemente tras el establecimiento de unos lazos de convivencia entre padres e hijos que impliquen un mínimo reglamento, para proporcionar parámetros de conducta adecuados y conseguir el mutuo respeto y comprensión.

Fuente:  ANTE UNA EDAD DIFÍCIL (Joan Corbella Roig, Carmen Valls Llobet)

 

9 pensamientos en “REFLEXIÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LOS PADRES EN LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

  1. Muy bueno el artículo, el video me pareció más anecdótico o reflexivo, pero no especielmente ligado al texto.

    Los comentarios muy acertados. Me apropio del texto para futuros usos en la educación libre. Gracias.

  2. Recordando el famoso dicho:Genio y figura hasta la sepultura; criticamos que hasta cierto punto la genética influye en el carácter y temperamento de la persona, pues solemos oir ante determinados comportamientos que presenta la persona que ya los trae de herencia, lo curioso es que poco vemos que lo positivo de los progenitores es repetido por los hijos (as), por consiguiente constatamos que la genética no nos determina, de lo contrario afectaría al principio de causa y efecto, es así que la genética influye, pero el efecto dependerá en gran consideración de las circuntancias y de las influencias externas (e internas) entre otras.

  3. Nuestro entorno está lleno de estímulos que se van asociando también a determinadas sensaciones y conductas: podemos asociar la mesa del comedor a la comida, la cama a dormir, la mesa de estudio a estudiar, el sofá o la televisión a momentos de relajación. Cada ambiente va cobrando una especial significación y nos predispone a unas determinadas acciones.
    Variar las condiciones ambientales del entorno puede ir asociado en muchos casos a posibles cambios en la conducta. Así, por ejemplo, modificar el mobiliario, la iluminación, la decoración o la distribucion del cuarto del hijo puede contribuir a facilitar la introducción de cambios en los hábitos de estudio. (EDUCAR SIN GRITAR).

  4. Aunque los padres son los principales modelos para sus hijos, los niños copian muchas conductas también de sus hermanos, de sus compañeros de clase, de los personajes que ven en la televisión. Observan e imitan acciones, gestos, palabras y expresiones, tonos de voz y modos de hablar.
    Mediante la observación es posible aprender conductas sin necesidad de que medie la participación activa del sujeto. Nuestros hijos aprenden, imitan y repiten conductas a partir de la observación de modelos. Al imitar la forma de comportarse de éstos, los niños esperan obtener también resultados similares a los que obtienen dichos modelos.
    La asociación es un proceso básico que posibilita el aprendizaje. Si varios estímulos aparecen emparejados en una o varias ocasiones, la presencia de uno de ellos acaba por asociarse al resto de estímulos. Y este vínculo cobra más intensidad cuanto más fuerte es la asociación que se establece entre los mismos y cuanto mayor es la frecuencia con la que aparecen emparejados.
    (EDUCAR SIN GRITAR).

  5. Uno no enseña lo que dice. Ni siquiera enseña lo que hace. Solamente enseña lo que es. (ANÓNIMO).

    Podemos definir el aprendizaje como un cambio más o menos permanente que se produce en el individuo, se manifiesta en su conducta y se origina como consecuencia de su interacción con el entorno, y por el efecto de la práctica.
    Aprendemos utilizando diferentes estrategias. Uno de los mecanismos más básicos es la imitación. Intentamos reproducir conductas similares a las que observamos en aquellas personas que nos sirven de referentes.
    ¿Somos buenos modelos para nuestros hijos? Los hijos contemplan a sus padres. A veces nos les quitan ojo. Se fijan en ellos y observan detalles que nos costaría imaginar. Miran cómo hacen las cosas. Les ven cocinar, conducir, leer, hacer deporte, arreglar chapuzas, ordenar y limpiar. Advierten cuándo sonríen y se divierten, y cuándo se enfandan y están tristes. Analizan su carácter: si se muestran simpáticos o serios, tranquilos o nerviosos, altruistas o egoístas, comprensivos o severos, dialogantes o autoritarios, cariñosos o fríos.
    Observan cómo les ayudan, el apoyo que les prestan, el tiempo que les dedican, el cariño que les proporcionan. Tanto su forma de ser como su comportamiento y actitudes influyen en los hijos. Son un referente, un punto de comparación, un modelo para su aprendizaje. (EDUCAR SIN GRITAR).

  6. La genética tiene un peso también indiscutible. Un arbusto o un matorral difícilmente podrían convertirse en un majestuoso árbol de la talla de un ciprés, por ejemplo. Pero sí puede crecer sano y robusto si se le dan las condiciones necesarias para ello: composición de la tierra, abono, riego, iluminación, temperatura. Vemos, por ejemplo, en elk caso de los bonsáis, que algunos árboles que podrían alcanzar un tamaño muy considerable son plantados y mantenidos en determinadas condiciones, con lo que ven reducido su crecimiento potencial, y adoptan formas determinadas según van siendo guiados.
    Es cierto que tenemos una determinada carga genética que puede limitar en cierta medida lo que podemos llegar a ser. Pero lo impotante es ver de quñe modo, regulando y enriqueciendo las condiciones del entorno en el que nos desarrollamos, podemos ir alcanzando un pleno desarrollo de nuestras capacidades. De ahí la importancia de proporcionar al niño determinadas condiciones en su ambiente -alimentación, estabilidad, afecto, estimulación, motivación, ejercicio…- que contribuyan a su crecimiento y le permitan desplegar todo su potencial. (EDUCAR SIN GRITAR).

  7. Una cuestión que con frecuencia suscita polémica surge del diferente peso que cada persona asigna al componente hereditario y el que da a la influencia del ambiente en el que vive el individuo. Muchos padres se ven tentados a pensar que su hijo es “así” porque su padre, su madre o alguno de sus abuelos también son o fueron así. Atribuyen a su conducta un determinismo genético, con lo que cualquier intento de intervención sobre la misma parecería abocado al fracaso.
    Es cierto que el componente hereditario tiene un peso importante, pero la influencia del ambiente resulta esencial. Afirmaba Watson, el famoso psicólogo norteamericano, que a partir de un grupo de recién nacidos sanos y proporcionándoles el entorno adecuado para educarlos, podría lograr que llegasen a ser prácticamente aquello que se propusiera. Esta afirmación, que resulta categórica, propia de una concepción ambientalista de la psicología, nos lleva a reflexionar sobre la importancia de evitar sobredimensionar el carácter determinista de “lo innato” en la persona. (EDUCAR SIN GRITAR).

  8. Las diferentes teorías nos permiten explicar, comprender, predecir y modificar el comportamiento humano. Hacen posible alcanzar objetivos muy diversos, relacionados con el aprendizaje y con la educación. Por ejemplo, permiten comprender por qué se producen determinadas conductas, anticipar la probabilidad de que se produzca un determinado tipo de respuesta, explicar los mecanismos por los que determinados estímulos acaban resultando atractivos o aversivos, diseñar sistemas de aprendizaje adaptados y eficaces. (EDUCAR SIN GRITAR).

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