El homo sapiens es un primate bípedo que, al igual que los papiones y la gelada (éstos cuadrúpedos), ha abandonado el ecosistema propio de los primates, la selva tropical, para adaptarse al medio árido de la sabana abierta.
Al ser un primate de sabana está sometido a altas temperaturas diurnas sin la protección del dosel arbóreo, y por ello ha acabado perdiendo casi todo el pelaje de su cuerpo, lo que le permite poner en práctica un curioso mecanismo termoregulador: pierde calor por el efecto refrigerador de la sudoración en contacto con el aire.
La gran desventaja de este sistema es, primero, que necesita beber mayor cantidad de agua; segundo, que está muy expuesto a diversas afecciones como los resfriados, la bronquitis o la neumonía.
Pero esto, que es inédito entre los mamíferos, no es nada comparado con las dificultades que este primate lampiño tiene para nacer. El parto del Homo sapiens es increíblemente dificultoso, y esto es debido a dos características principales, de marcado carácter excepcional.
En primer lugar, con la forzada posición bípeda, que acarrea grandes dolencias en la columna vertebral, las alas ilíacas de la cadera se han ensanchado para soportar el peso del tronco, lo cual ha requerido el necesario acortamiento del hueso isquión, que en las hembras estrecha el canal del parto y lo desplaza en dirección frontal.
De este modo, el feto ha de describir un ángulo recto en su trayectoria de salida, arqueando la columna vertebral y doblando peligrosamente el cuello para poder superar el tracto uterino, lo que pone en peligro tanto su supervivencia como la de la madre.
Un parto ventral (con dirección anterior de salida) es excepcional entre los primates, ya que en el resto de las especies es dorsal (dirección posterior).
En segundo lugar, la dificultad del parto es debida al desproporcionado tamaño de la cabeza que exhibe este mamífero. Esta característica es producto del desmesurado crecimiento del cerebro ocurrido en su evolución.
Este órgano reporta al primate-humano lampiño, en principio, una gran ventaja adaptativa por cuanto le confiere una inteligencia muy superior a la de cualquier animal conocido. Pero también le acarrea notables desventajas.
El cerebro del primate-humano lampiño representa un 3% del peso de su cuerpo, pero gasta el 20% de la energía que el individuo adquiere a través de la alimentación. Es cierto que una gran encefalización comporta una gran inteligencia, pero también es cierto que a la mayoría de los animales les resulta más rentable concentrar su energía en músculos o en un gran aparato digestivo para procesar alimentos bajos en nutrientes.
El intestino es también, como el hígado o los riñones, un órgano caro desde el punto de vista energético; así como los tejidos del hígado, los riñones y otros órganos vitales difícilmente podrían ser suplantados por otros, en el caso del tejido intestinal sí podría ocurrir, siempre y cuando la dieta básicamente hervíbora se transforme en básicamente carnívora, pues la carne puede ser digerida por un intestino más corto.
Aquí observamos que las limitaciones fisiológicas posibilitaron in extremis un fenómeno como la encefalización humana, que sólo pudo adquirirse a costa de una reducción de la longitud del intestino, es decir, siendo preservada por la selección natural la paulatina sustitución del tejido intestinal por tejido neuronal.
Ahora debemos preguntarnos: ¿satisface esta explicación la pregunta de por qué en el caso del primate lampiño la presión selectiva favoreció una gran encefalización? No. Para responder a esta cuestión habría que relatar cuáles fueron los elementos ecológicos y sociales que permitieron un mayor éxito de supervivencia y reproducción de los homínidos con más cerebro y menos intestino frente a los homínidos que no tenían esta característica.
Sin embargo, esta explicación sí da cuenta de una adquisición evolutiva que, siendo posible, resulta improbable (o si se prefiere, excepcional).
Un cerebro tan grande tiene además otra importante desventaja relacionada con el parto. El feto del primate-humano lampiño no puede seguir creciendo hasta completar su desarrollo, pues no cabría por la estrecha cavidad del isquión; quedaría encajado sin poder pasar la barrera del hueso púbico.
Debe, por ello, salir al exterior prematuramente, al menos cuatro meses antes de alcanzar un grado de desarrollo suficiente para poder sobrevivir sin dificultad en el exterior.
La mortalidad infantil de este primate de nacimiento prematuro es muy elevada (al menos lo ha sido hasta tiempos muy recientes), pues las crías nacen absolutamente indefensas, con gran propensión a padecer enfermedades y muy dependientes de sus progenitores.
Ello, unido a un lento ritmo de crecimiento, permite hallar una destacable excepcionalidad: ¿Dónde se ha visto un animal que a los 14 años de edad sea todavía un subadulto?
Pero, curiosamente, esta desventaja permite una crianza más prolongada, factor decisivo para el aprendizaje y el desarrollo de la inteligencia.
Los beneficios que entraña la inteligencia son sin duda discutibles. Los animales siguen en general conductas preprogramadas, que tienen la indudable ventaja de ser rápidas. Si ante una amenaza cualquiera un animal tiene que pensar conscientemente lo que debe hacer a continuación, sopesando alternativas, lo más probable es que no logre escapar del peligro.
El pensamiento consciente es un proceso demasiado lento para la supervivencia en un mundo peligroso. Sin embargo, sabemos que la inteligencia del primate-humano lampiño no sustituyó su capacidad refleja e instintiva de reacción; muy al contrario, todo un complejo elenco de reflejos e instintos ha permanecido hasta hoy en su comportamiento.
La permanencia de este remanente de conducta genéticamente inducida explica su supervivencia a largo plazo mucho más que la presencia de una excepcional inteligencia (justo lo contrario de lo que suele suponerse).
FUENTE: QUE PIENSEN ELLOS.



Gracias a sus recursos culturales adaptativos extiende sus densas poblaciones por todo el mundo rompiendo el frágil equilibrio de los ecosistemas. Y, por último, con el alto grado de desarrollo tecnológico alcanzado logran que emisiones contaminantes y artefactos bélicos pongan en peligro la supervivencia de toda la biosfera del planeta. Parece inverosímil, pero es la cruda realidad. Tales comportamientos, como otros muchos, dejarían perpeplejo a cualquier observador en un estudio de campo.
Terminaré recordando que la excepcionalidad de las dos especies de mamíferos lampiños debe entenderse en el sentido de que rarezas semejantes no suelen darse en la naturaleza. Cabe pronosticar que en la evolución biológica futura, si es que la hay, difícilmente volverán a recorrerse caminos parecidos a los de estos dos curiosos, extraños animales.
LA RATA-TOPO LAMPIÑA (Y OTRO EXTRAÑO ESPÉCIMEN) FRANCISO LAPUERTA AMIGO
en QUE PIENSEN ELLOS.
De la rata-topo no he copiado nada. Todo lo escrito está referido al otro extraño espécimen. O sea, el primate-humano lampiño.
Quien dude de la afirmación de que el homo sapiens le debe su supervivencia más a la conducta genéticamente inducida que a su excepcional inteligencia,no tiene más que preguntarse si tiene algún valor adaptativo la filosofía. Las ventajas de la inteligencia han de encontrarse, seguramente, en otro ámbito de por sí excepcional: la sociabilidad.
La inmensa mayoría de los seres vivos son asociales. Si son animales que se reproducen sexualmente, se reúnen únicamente con otro miembro de su especie para pelearse o copular. El resto del tiempo llevan una vida solitaria. Entre los más sociales, aparte de algunos insectos, se encuentran un reducido grupo de especies de mamíferos, como son los leones, los mamíferos marinos, los cánidos y los primates. Grupos que se interrelacionen de forma constante se cuentan por muy pocos en el mundo animal. Un cerebro grande puede serles útil a estas pocas especies, pero de nada les serviría la gran mayoría de especies animales, que carecen de actividad social.
En el caso particular de nuestro primate-humano lampiño, la inteligencia ha desbordado el ámbito de la sociabilidad para convertirse en un activo general de toda su conducta aprendida. Estos primates comenzaron extendiendo sus dotes inteligentes a la fabricación de herramientas, a la actividad de carroñeo y a la defensa territorial. Mucho tiempo después llegó lo más sorprendente: la aparición del comportamiento con carácter simbólico. En particular, las extravagantes conductas basadas en el convencimiento de que existen seres imaginarios con poderes suprahumanos. Este paso es sumamente difícil de explicar, pero puede hacerse desde una óptica materialistas sin perder de vista la presión selectiva. Sugiero aquí, precisamente, que sólo si tenemos en cuenta que la supervivencia del primate-humano lampiño ha estado siempre muy amenazada, meciéndose en la cuerda floja, podremos entender el extraordinario fenómeno de la evolución cultural que supone la conducta simbólica. Para ello habremos de acudir a explicaciones que consideren las necesidades adaptativas. Pero ¿tiene algún valor adaptativo la religión popular, el arte o la filosofía?
Las estrategias adaptativas de carácter cultural, por muy acostumbrados que estemos a ellas, no dejarán nunca de parecer sorprendentes si las miramos con el prisma adecuado. Las actitudes cotidianas adoptadas por la cultura del primate-humano lampiño ante sus necesidades adaptativas resultan cuando menos paradójicas. Haré un rápido recuento de algunas de ellas: la ventaja de ir desnudo y sudoroso la combten los humanos trantando, la mayor parte del tiempo, de ir menos desnudos y de sudar menos. La necesidad de una alimentación muy energética la cubren en exceso, granjeándose serios problemas de salud como la obesidad, la hipertensión y las cardiopatías. Ante la dificultad del nacimiento, la cultura técnia de este primate opta en ocasiones por extraer el feto directamente de la zona abdominal por cirugía. Con su desarrollada inteligencia optan con frecuencia por recurrir a la ingestión de sustancias que deterioran sus capacidades mentales. Su agresividad y territorialidad han convertido en frecuente la práctica del genocidio intraespecífico.