En la convivencia familiar llega un momento en el que se pierde la tranquilidad, los acontecimientos se descontrolan y no parece quedar tiempo para nada. El hombre y la mujer, en el mejor de los casos y con absoluta buena voluntad, viven obsesionados por sus respectivos trabajos y la presencia de hijos pequeños absorve la mayor parte del tiempo de ocio que se pasa en casa.

Mujer Trabajando en una Fábrica de Coches
La mujer que trabaja fuera del hogar, al regresar de sus tareas profesionales encuentra a sus hijos que la quieren y la necesitan; también ella quiere estar con los hijos y, al mismo tiempo, necesita descansar; además, las tareas domésticas la esperan incluso cuando el marido participa activamente en la misma.
Habitualmente, cuando una pareja tiene hijos, la mujer toma la responsabilidad del hogar, incrementando la parte de atenciones que sólo ella puede dispensar al hijo; a menudo, esta coyuntura que se ve favorecida por el tiempo de permiso laboral que la mujer tiene después del parto, supone cierta dimisión del hombre en su participación en las tareas de limpieza, en la cocina, las compras y el cuidado de los hijos.
Si la mujer no plantea abiertamente su desacuerdo por esta situación, el marido puede incluso encontrarla normal; “Puesto que tú ahora no trabajas, puedes cuidar de la casa”, algo que no es cierto ya que la atención de un hijo durante los primeros meses de vida requiere muchos cuidados y ocupa mucho tiempo.
Al margen de ello, el problema estriba, más que en el hecho puntual que supondría que, durante cierto tiempo, la mujer fuera quien se cuidara del hogar, en la repercusión de este hecho pues, a partir de aquel momento, el hombre puede desinteresarse por la casa y le será difícil recuperar el interés.

Hombre metido en cocina
Muchas mujeres lo expresan así:
“Al principio lo hacíamos todo juntos, él colaboraba siempre, íbamos juntos a la compra y cocinaba el que podía. Cuando tuvimos el primer hijo, todo cambió y ahora soy yo la única que se ocupa de la casa”.
En esta recriminación se oculta, junto a una queja por la sobrecarga de trabajo que supone para ella, una sensación de soledad y de falta de participación en la convivencia. Cabe decir que, precisamente a esta edad y en estas circunstancias, el hombre y la mujer sufren en su trabajo las máximas presiones; es una edad en la que se están situando, en la que deben demostrar lo que valen, y el mundo laboral es cada vez más exigente y estresante. Sigue leyendo →
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