EL CULTIVO DE LA AGRESIÓN.

Ciertamente, se trata de un video de promoción de un movimiento social determinado, que dió origen al Partido Humanista, pero suscribo lo que en él se cuenta.

FUENTE: LAS SEMILLAS DE LA VIOLENCIA (Luis Rojas Marcos).

Hoy, muchas naciones europeas, ante la proliferación de las actitudes fanáticas y fundamentalistas y el aumento de los conflictos raciales, se están cuestionando su capacidad para integrar etnias diversas. Se preguntan si las instituciones sociales podrán dar abasto con el torrente de extranjeros que cruzan continuamente las puertas de estas comunidades en busca de una vida mejor. La sociedad española también se ha visto conmocionada por este tipo de conflictividad social y por continuos incidentes de violencia racista que han afectado a diversos grupos de inmigrantes. En definitiva, con la inmigración y la xenofobia, ambas fuera de control, la meta de la diversidad y asimilación multiétnica en nuestras sociedades alberga poca esperanza. De hecho, muchos están convencidos de que estos grupos “diferentes” nunca serán asimilados.
Los grupos discriminados juegan a menudo el papel de chivo expiatorio del momento histórico, viéndose obligados a aceptar la culpa de los problemas sociales del momento, ya sea el crimen, la violencia, la droga o el déficit de fondos públicos. De esta forma, las minorías son como espejos en los que se proyectan las aberraciones y los fracasos de las sociedad. Este trágico desplazamiento de culpa es un peligroso exorcismo que la final se paga con más violencia.
El principio de los “otros” es ignorante, impersonal y deshumanizador. Sus raíces se nutren de estereotipos derivados del desconocimiento de la realidad humana, de viejos valores judeocristianos que separan a los infieles de los creyentes, de mecanismos psicológicos que permiten al individuo frustrado compensar su baja autoestima comparándose con las condiciones deplorables de los colectivos marginados, y de la necesidad del poderoso de crear y perpetuar un grupo explotable de subhumanos.
La teoría de Sigmund Freud sobre la coexistencia inevitable de las emociones de amor y de odio -Eros y Tánatos- nos ayuda a entender mejor la maquinaria del fanatismo. Freud sugirió que ciertas personas sólo son capaces de experimentar el orgullo de su propia raza si al mismo tiempo sienten odio racial contra otro grupo diferente. Esta estratagema forma parte del mecanismo de defensa psicológico llamado proyección. El racista reprime su sentimiento de inferioridad, niega sus defectos o debilidades y se defiende inconscientemente de sus propios deseos o impulsos inaceptables proyectándolos convenientemente sobre otros. Por ejemplo, “los odiamos” se convierte en “nos odian”. Esta artimaña psicológica permite negar las propias actitudes intolerantes y tendencias agresoras y culpar a los otros de ellas. la táctica de proyección es el método más conveniente y efectivo para racionalizar los prejuicios, para justificar la agresión y para crear chivos expiatorios.
Otra ilustración de esta dualidad es el hecho de que las religiones de amor suelen ser simultáneamente religiones de odio. Durante siglos, la convicción de que los cristianos tenían el mandato divino de bautizar al mundo entero, impulsó a miles de entusiasmados y fervorosos creyentes a participar en todo tipo de cruzadas. Unos aportaban a la causa sus oraciones, sus riquezas o sus seres queridos como misioneros. Otros, sin embargo, contribuían con su violencia. Durante siglos, millones de hombres y mujeres que se resistieron a cambiar de fe pagaron con sus vidas la decisión de no alistarse en los ejércitos del cristianismo.
Aún en la actualidad hay religiones que predican la paz y, al mismo tiempo, son utilizadas por algunos de sus adeptos para justificar actos de odio contra otros. Periódicamente se producen ataques sangrientos en nombre del cristianismo, del judaísmo o del islamismo. Estos agresores vindican sus atrocidades alegando que actúan en nombre de Dios. En un ejemplo reciente, el reverendo Paul Hill, un pastor protestante, asesinó en el estado norteamericano de Florida a un médico ginecólogo por practicar el aborto. El homicida justificó su crimen con razonamientos teológicos. Igualmente, la escritora feminista bangladesí Talisma Nasrin huyó en 1994 de su país después de que unos militantes fanáticos islámicos ofrecieran una alta recompensa económica por su cabeza. Nasrin fue acusada de haber difamado el Islam, al sugerir una revisión de ciertos pasajes del Corán que predican la discriminación de la mujer.

La violencia también florece cuando, debido a circunstancias patológicas de desorganización social, los principios culturales se desintegran y pierden su función reguladora de la sociedad.
Los sintomas de desorganización social son mucho más visibles en las ciudades que en las zonas rurales. La razón fundamental es que en las urbes se viven los conflictos sociales más diversos y se desatan las pasiones más intensas. El medio urbano, con sus libertades, sus presiones, su ritmo, su población densa, móvil y variada, y con el continuo bombardeo de los medios de comunicación, intensifica el conocimiento y las vivencias del hombre y la mujer. Pero, al mismo tiempo, aviva y acentúa los conflictos sociales y nuestros dilemas sobre la identidad, el papel que jugamos en la sociedad y nuestra supervivencia. Por estos motivos, las ciudades constituyen un laboratorio ideal, un escenario o escaparate gigantesco que nos permite observar y analizar la naturaleza humana, la evolución de la cultura y los procesos psicológicos y sociales tanto saludables como patológicos.
Las principales fuerzas que fomentan la desorganización social incluyen el desequilibrio crónico entre aspiraciones y oportunidades; las grandes desigualdades sociales o económicas entre colectivos separados por la clase social, el sexo, la etnia o la raza, y la desintegración de los grupos naturales, como el hogar familiar, el sistema escolar o la comunidad a la que pertenecemos.
La masificación o el amontonamiento de las personas y la sobrestimulación de los sentidos son ingredientes típicos de las ciudades modernas. Por un lado, refuerzan la dependencia mutua entre los habitantes, estimulan la competitividad y acentúan las diferencias y la diversificación del medio. Pero esta congestión humana, bajo condiciones de desorganización social, también agudiza las desigualdades, estimula la agresividad y los impulsos aberrantes y fomenta las tensiones físicas, psicológicas y sociales. Algunos investigadores han llegado al extremo de popularizar la metáfora que asemeja el ser humano a las ratas. Especialmente en lo relacionado con su potencial agresivo y de autodestrucción bajo circunstancias de elevado hacinamiento.
El entorno urbano también estimula la movilidad y la migración. La supervivencia de las capitales depende del flujo constante de nuevos habitantes, de la inmigración. Los inmigrantes son un elemento inevitable del carácter de las grandes ciudades de hoy, a las que aportan dinamismo y diversidad. La migración, sin embargo, pone a prueba la capacidad de adaptación de las personas, les exige importantes recursos emocionales y les plantea retos desconocidos. Al mismo tiempo, hace confluir pueblos, lenguas y razas dispares, lo que, bajo condiciones sociales o económicas de estrés, fomenta los estereotipos étnicos, la explotación entre grupos, los fanatismos y el racismo.
El sociólogo alemán Georg Simmel señaló que los problemas más agudos de la vida moderna se derivan del intento de la persona por preservar su autonomía e individualidad frente al impacto y la influencia constantes de las abrumadoras fuerzas sociales y culturales del medio. Por ejemplo, la ciudad moderna estimula en los hombres y las mujeres el culto a lo inmediato, el empeño por lograr “aquí mismo” y “ahora mismo” metas y aspiraciones exorbitantes y nutre las tendencias narcisistas, especialmente la persecución obsesiva del éxito personal. Estos retos persistentes condenan a muchos a un estado perpetuo de desmoralización, de frustración y de irritabilidad.
Bastantes ciudadanos se defienden de los incesantes asaltos y exigencias de su entorno y evitan enfrentarse a la abrumadora realidad, aislándose y protegiendo sus sentidos, eludiendo la comunicación cara a cara, anestesiando con drogas o alcohol sus emociones o conectándose a la pequeña pantalla o al transistor día y noche. Un peligro de esta estrategia defensiva es que las vivencias reales se tornan progresivamente ilusorias, imaginarias o remotas, se crea un mundo donde la esencia humana de carne y hueso se vuelve menos real que las historias que se presentan a través de los medios de comunicación.
El final de estos procesos de aislamiento, de apatía y de inercia es el autismo social: la alienación de los ciudadanos y su extrañamiento de sí mismos y de los demás. Bajo estas condiciones, la tolerancia o la ceguera colectiva hacia conductas marginadas y antisociales se confunden, los límites entre los fines y los medios se borran, las fronteras entre el bien y el mal se difuminan, y los controles externos o sociales, así como los internos o personales, se desmoronan o se ignoran.
Algunas de estas sociedades enfermas sufren la descomposición del hogar familiar, especialmente en las comunidades marginadas, caracterizada por la ausencia absoluta de modelos adultos constructivos. Se multiplican los jóvenes desertores que viven perdidos y desconectados y las madres solteras adolescentes que son incapaces de responsabilizarse de sus pequeños. Con el tiempo, estos colectivos llegan a covertirse en grupos inquietantes y peligrosos, epicentros de abrumadores problemas sociales. Bajo estas condiciones, la convivencia se distorsiona y se deshumaniza, y se genera estrés, patologia y delincuencia. Los ciudadanos sufren y los ritos sociales se desintegran.
Si estas fuerzas de desorganización social se mantienen activas durante mucho tiempo en una comunidad, finalmente se produce un estado de anomia. Esta dolencia colectiva, descrita originalmente por Emile Durkheim, consiste en el desmoronamiento patológico de los principios culturales, de las reglas morales y de las normas sociales de comportamiento. Una vez derribadas estas barreras, los impulsos humanos más primitivos se desatan y muchos de los valores que guían el contrato social se colapsan. La anomia es un caldo de cultivo fértil para la proliferación de los comportamientos violentos. La anomia se observa además en las vidas desesperadas de las personas incapaces de vislumbrar un futuro diferente, en los jóvenes que pasan de todo, en las minorías marginadas y en los nihilistas que ven en la destrucción la única solución a los problemas.
Al final, la anomia agota no sólo la moral y la esperanza de las comunidades dañadas sino también los presupuestos de las instituciones públicas, al envenenar las relaciones sociales, producir ejércitos de hombres y mujeres crónicamente resentidos, asqueados de la vida y violentos, y crear una subclase amenazadora y resistente que persigue y obsesiona a la sociedad durante décadas. No obstante, la anomia ni afecta igualmente a todos los ciudadanos ni es un mal irreversible. Mientras que los conflictos se vuelven cada día más tóxicos para aquellas comunidades que se encuentran en su epicentro, para quienes están protegidos por condiciones socioeconómicas más seguras o por valores culturales más estables el impacto se amortigua o es distante. Porque, a menudo, la anomia es como un tornado que a su paso destruye unas vidas mientras que a otras las deja casi intactas.

En conclusión, cada cultura construye sus propias justificaciones de las conductas violentas de sus miembros y provee las normas de la licencia que les va a permitir desatar impunemente sus impulsos agresivos. Estas excusas culturales de la violencia no sólo facilitan la subyugación y el sufrimiento de las víctimas, sino que también deshumanizan a los agresores, al racionalizar la prepotencia, la explotación y el fanatismo. Por otra parte, la violencia también aflora cuando a causa de fuerzas sociales patológicas las reglas y pautas culturales que moldean y regulan nuestras pasiones se desmoronan. Al desaparecer estos controles, el tejido social se desintegra, los valores se colapsan y los impulsos humanos más agresivos se desatan.
Así pues, la cultura posee un carácter ambivalente: combina el más alto grado de protección y de control social con los mayores incentivos y disculpas para la agresión. En el fondo, la cultura tiene un aspecto divino y otro diabólico. Sin embargo, no debemos ignorar que si miramos hacia atrás y reflexionamos sobre las costumbres del pasado, una cosa está clara: las modas del despotismo y la intolerancia van y vienen, pero, con el tiempo, los cambios justos perduran. Según la Biblia, mucho antes de Noé “la tierra rebosaba de violencia”. El hecho de que hoy vivamos en un mundo mucho más tolerante y pacífico es un tributo al poder socializador de la cultura.

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