Hace unos meses cierta cadena privada de televisión europea especializada en programar espectáculos especialmente provocativos o chocantes ofreció a sus espectadores lo que con toda propiedad podemos denominar “un plato fuerte”. Se trataba de un sedicente artista de nacionalidad china cuya perfomance consistía en comerse el cadáver de un niño pequeño ante las cámaras. hubo protestas y escándalo entre la, ay, numerosa audiencia.
El esteta caníbal repuso a sus críticos que no conocía ninguna ley que prohibiese específicamente televisar este tipo de banquetes, que él consideraba expresión de un íntimo impulso y a la vez denuncia de la sociedad de consumo en que vivimos. Algunos de los más indignados solicitaron a las autoridades que, si era cierto tal vacío legal, se dictase de inmediato una norma que vetase tales espectáculos…

Me pregunto en nombre de qué debería promulgarse esa ley: ¿quizá de la humanidad? Pero ¿tiene hoy todavía el concepto de humanidad -o, como se decía antaño “la naturaleza humana”- alguna capacidad normativa legítima? ¿No se trata más bien de un confuso residuo del pasado, de inspiración teológica, que sólo funciona de vez en cuando a efectos retóricos pero al que no puede recurrirse ya para orientar las legislaciones de nuestros estados laicos?
Si un ciudadano que paga sus impuestos le apetece devorar cuerpos de niños fallecidos por causas naturales con el debido permiso de sus familiares y una empresa comercial le financia el capricho para que se convierta en espectáculo para adultos… ¿no está en su derecho de hacerlo? ¿No equivaldría prohibírselo a limitar su sacrosanta libertad individual en nombre de un prejuicio “humanista” que él no comparte?

¿Prohibir el trabajo infantil es un prejuicio "humanista"? Después de todo, los niños comen y tienen unas necesidades ¿no? ¿El derecho a tener "infancia" es un prejuicio "humanista"?
Sin duda a lo largo del pasado siglo se apeló reiteradamente a la humanidad como principio para dictar normas legales. Se proclamó solemnemente desde las más altas instancias internacionales la existencia de derechos “humanos” -que fueron reconocidos como los más fundamentales entre todos- y se incluyeron en los codigos gravísimas penas para sancionar los llamados “crímenes contra la humanidad”, los únicos que nunca prescriben.
Y sin embargo… Tales medidas se tomaron a raíz de atentados masivos especialmente graves contra esa misma humanidad: campos de exterminio, bombardeos sobre población civil a escala nunca vista, ideologías totalitarias de alcance letal que aplicaron métodos industriales a la liquidación de personas, etc., los cuales prosiguieron comentiéndose en el lejano oriente o en dictaduras latinoamericanas durante la segunda mitad de la centuria.

Guernika fue arrasada por la aviación alemana al servicio de Franco en la Guerra Civil Española. No es considerado un crimen contra la humanidad porque los criminales ganaron la guerra.
Desde finales del pasado siglo, sin embargo, parece que la propia noción de humanidad entra en cierto tipo, al principio mitigado y luego abierto, de crisis. Ya mucho antes fueron las máquinas las que comenzaron a desplazar y sustituir ventajosamente a los humanos, que tienen toda la dignidad que se quiera (y por tanto la fastidiosa tendencia a reivindicar derechos) pero menos capacidad laboral, menos prestaciones y menos aguante que ciertos aparatos diseñados para producir más en menos tiempo y con menor costo.
A partir del siglo XIX, los capitalistas se han mostrado más interesados en las ventajas del maquinismo que en los problemas del humanismo. Pero a lo largo del proceso de producción, el instrumento ha ido desplazando al sujeto productivo: en la antigüedad hubo herramientas que necesitaban la fuerza muscular humana (o animal) y la dirección racional de los hombres para ser eficaces; luego vinieron las máquinas, que ya no necesitaron ningún aporte muscular pero aún tenían que ser guiadas por el pilotaje humano; después, más y más, hemos ido entrando en la era de los autómatas, que no precisan de nuestros músculos ni apenas de nuestra inteligencia (¿no la hay ya artificial?), se programan unos a otros y nos ofrecen algo así como un modelo computacional no tanto imitado de nuestras neuronas sino al que nuestras neuronas quisieran imitar…

El humano resulta exótico en una moderna factoría robotizada
Por supuesto los humanistas militantes insisten en que sólo los hombres son capaces de ir “más allá” y de trascender nuestros programas culturales o educativos tradicionales, mientras que el ordenador siempre estará confinado en los límites de su sofware humanamente programado. Los cibernéticos les miran con una sonrisilla de conmiseración: “¡Espera y verás!”
Frente a las máquinas, el antropocentrismo humanista puede resultar obsoleto o patético; pero frente al resto de la naturaleza es arrogante, injusto y depredador. ¿Con qué derecho la Humanidad reivindica para sí misma una dignidad superior a las de la Vegetalidad o la Animalidad? En opinión de los ecologistas más radicales, el hombre no sólo no es el Rey de la Creación sino que constituye la mayor amenaza que ésta sufre contra la conservación de su equilibrio.

El Homo Depredador
Según una sana doctrina ecológica, somos seres naturales como los demás, mamíferos con ínfulas disparatadas que esclavizamos al resto de las criaturas, nos reproducimos de una manera escandalosa y polucionamos cualquier paisaje a nuestro alrededor. No ya nuestra especificidad genética sino ni siquiera nuestros logros culturales -cuyas facetas destructivas son por otro lado demasiado patentes- merecen derroche de incienso: los etólogos no se recatan en hablar de culturas también en otras ramas zoológicas, se asegura que ciertos primates son capaces de realizar inventos técnicos y transmitirlos a sus congéneres, así como manejar un lenguaje rudimentariamente simbólico, y concluyen que la llamada “civilización” humana es sólo una variante más desarrollada y especialmente desaprensiva de un proceso evolutivo previo a quienes nos enorgullecemos de poseer “espíritu”.

Foto de la Corporalidad de Fernando Savater. Su "espíritu" no se aprecia en la imagen, pero como a la Iglesia le preocupa lo terrenal, aquello que tiene que ver con lo "humano", esto es, el cuerpo y sus necesidades.
En el campo opuesto al ecologismo radical, los ingenieros genéticos tampoco parecen sentir demasiado respeto por quienes, a su juicio, sacralizan o “naturalizan” exageradamente la vida humana. Si se consideró en su día todo un logro emancipador descargar la compleja delicia de la sexualidad humana de sus obligaciones meramente procreadoras ¿no podremos hoy ir aún más allá en la lucha contra los prejuicios, separando con clínica eficacia la función reproductora de sus chapuceros vínculos con pasiones eróticas e incertidumbres biológicas?
A fin de cuentas, de lo que se trata es de que un óvulo sea fecundado por un espermatozoide en las condiciones que nos parezcan más convenientes, y ese proceso puede realizarse con mayores garantías en un laboratorio y bajo supervisión especializada que dejándolo al azar o a la improvisación de espontáneos tan arrebatados como quizá incompetentes.

Procurar las mejores condiciones para hacer posible la vida humana es una preocupación y ocupación de cualquiera que estime en lo que vale al ser humano.
Tanto el espermatozoide como el óvulo necesitan “donantes”, pero no estrictamente un “padre” y una “madre” en el sentido clásico, tradicional y socialmente embarazoso del término. El útero en el que se lleve a cabo la gestación, por ejemplo, bien puede ser de alquiler y ello implica probablemente un avance: ¿acaso no sabemos, en el terreno inmobiliario, que empeñarse en la propiedad de la vivienda frente a alojamientos alquilados eventualmente (incluso prefabricados y desechables allá donde la modernidad se hace notar con mayor gloria) es un signo de mentalidad arcaica? También la clonación humana, que hoy despierta recelos supersticiosos, puede ser dentro de poco un medio perfectamente adecuado a satisfacer la pulsión de autoafirmación narcisista que implica sin duda el deseo de engendrar progenie.

El cariño materno, el calor, el contacto físico, que todo ser necesita desde que nace para no convertirse luego en un monstruo, no es monopolio de la madre biológica, también cabe en la madre adptiva.
Peter Sloterdijk (en sus Normas para el parque humano) escandalizó a humanistas anticuados refiriéndose -con cierto punto irónico, eso sí- a una “futura antropotécnica orientada a la planificación explícita de las características; o si se podrá realizar y extender por todo el género humano el paso del fatalismo natal al nacimiento opcional a la selección prenatal”. A fin de cuentas, ¿por qué no encargar a la eugenesia la tarea de realizar con eficacia lo que la educación intenta hoy de manera tan dudosamente satisfactoria? ¿Hasta cuándo el concepto de humanidad seguirá siendo una vaca sagrada que no nos atreveremos a apartar del camino del progreso evolutivo? Vamos…
La primera objeción contra el concepto de humanidad es que resulta poco inteligible pero está lleno de sobreentendidos. Se presta más a ser invocado como refuerzo teórico que a ser utilizado como argumento de precisión. Algunos de sus críticos tienen la impresión de que existe la tendencia conservadora a considerar característicamente “humano” a lo que fue humano antes, o sea, algún tipo de tradición cultural.

Humano desarrollando la actividad cultural del deporte
En su Antinaturaleza, Clément Rosset señaló convincentemente que para muchos autores -empezando por Plinio- lo “natural” es lo antiguo, lo que responde al método tradicional, es decir: aquello cuyo artificio nos resulta demasiado familiar para imaginarlo elección nuestra. Quizá lo que denominamos “humano” responda en muchos casos a un prejuicio semejante. Si así fuese, la “humanidad” habría ido variando a través de las épocas y de las latitudes, de modo que la esclavitud, la inferioridad de la mujer o incluso la antropofagia habrían sido humanísimas en ciertos momentos y lugares para dejar de serlo luego, al variar la tradición social hegemónica… aunque no cabe excluir del todo que vuelvan a serlo otra vez al dar un giro los tiempos.

Lo natural en el humano es comer, tener sexo, dormir, reir, jugar...
En este sentido, sería siempre “humano” lo que ha solido serlo al menos hasta hace poco y aún cuenta con leyendas legitimadoras a favor. La humanidad estaría formada por la acumulación sucesiva de las pieles normativas que el ofidio humano ha ido acumulando a lo largo de los siglos y a través de las sociedades. Al espíritu posmoderno, cosmopolita y diacrónico, esos residuos deleznables y venerados le inspirarán más ironía que auténtico respeto.
Sirven para trazar el inventario de nuestras opciones pasadas, pero fracasan al intentar orientar las futuras. Ya el famoso dictum de Terencio -”soy humano y nada humano me es ajeno”- se revelaba poco útil a la hora de juzgar lo preferible. Aún menos lo será su versión posmoderna, que podríamos formular así: “Soy humano y por tanto asumo la inhumanidad como mi más íntimo parentesco”.

FUENTE: EL VALOR DE ELEGIR (Fernando Savater).