NIKOLAI GOGOL


Este vídeo no tiene nada que ver con el abrigo pero sí con su autor, pues la historia está basada en una obra suya.

Nikolai Vasiliecich GOGOL es una de las figuras más importantes de la literatura romántica rusa. Nacido en 1809, destacó desde joven por sus relatos en prosa y algunas comedias. Ciertos ataques contenidos en éstas le hicieron emigrar. Murió trastornado en 1852, pero antes “tuvo tiempo” de escribir -1842- EL ABRIGO, obra que pertenece a la colección de Novelas breves peterburguesas. Trata de un tema de escaso interés en apariencia, pues se trata del drama personal de un pobre oficinista, cuya única ilusión, un abrigo nuevo, es truncada violentamente:

…. Desde tiempo atrás, Akaki Akákievich se dolía de una dolorosa punzada en la espalda y el hombro, por más que recorría a toda velocidad el trayecto diario entre su casa y la sección. Por fín pensó que de ello podría tener la culpa su abrigo. Lo examinó con cuidado en su casa y observó que justamente en la espalda y en los hombros se clareaba el tejido, por hallarse desgastado hasta tal punto que resultaba transparente. También los forros, usadísimos, estaban casi deshechos.

Hay que decir que este abrigo de Akaki Akákievich era igualmente objeto de bromas por parte de los empleados. Incluso habían suprimido su respetable nombre de “abrigo” para llamarlo “bata”. Y es que dicho abrigo habia alcanzado una configuración particular: el cuello se quedaba cada año más pequeño, pues se utilizaba para los remiendos de lo demás. Estos remiendos no estaban cosidos con habilidad, por supuesto, y resultaban feos y chapuceros.

Al ver el estado de su abrigo, Akaki Akákievich se decidió a recurrir a Pétrovich, un sastre que habitaba en un cuerto piso interior, y que, aunque bizco y picado de viruelas, era bastante ducho para remendar pantalones y chaquetas de empleados y demás señores; a condición, eso sí, de hallarse sobrio y tranquilo, sin andarle otra cosa por la cabeza.

Ciertamente no sería necesario seguir hablando del tal sastre, pero como es norma en todo relato trazar con precisión la semblanza de cada personaje, no puedo menos de hacerlo aquí con Pétrovich. Primeramente fue siervo y trabajaba como criado. Entonces se llamaba simplemente Gregorio. Después se emancipó y tomó el nombre de Pétrovich, a la vez que comenzaba a embriagarse todos los días festivos, al principio sólo en los importantes y luego ya en todas las fiestas religiosas sin distinción, siempre que salía una cruz en el almanaque. En eso era fiel a las costumbres de sus antepasados, y al pelearse con su mujer la llamaba malvada y alemana.

Puesto que ha salido a colación su mujer, habría que hablar algo sobre la misma. Nada se sabe, por desgracia, acerca de ella, salvo que estaba casada con Pétrovich y que llevaba un sombrerito en la cabeza en vez de pañuelo. Parece que no destacaba por su belleza: como mucho, quizá algún soldado de la guardia que pasara junto a ella por la calle la miraría ligeramente el rostro bajo el sombrero, emitiendo una especie de gruñido con una mueca de boca y bigotes.

Subía Akaki Akákievich al piso del sastre por la escalera llena de agua sucia y de basura, con un fortísimo olor a aguardiente, típico de los pisos interiores en las casas petersburguesas. Y mientras subía, iba pensando en el precio que le cobraría Pétrovich, y decidió no pagar más de dos rublos.

La puerta se encontraba abierta, pues la esposa de Pétrovich, mientras freía el pescado, acababa de provocar tal cantidad de humo, que no se veían ni las cucarachas. Akaki Akákievich cruzó la cocina sin que le viera la mujer, y entró en la habitación, donde estaba Pétrovich sentado ante una mesa ancha de madera, con las piernas cruzadas, como un sultán, y descalzo, como suelen hacer los sastres mientras trabajan. Lo primero en que uno se fijaba era en el pulgar, que Akaki Akákievich conocía tan bien, con su uña rota, aunque sólida como una concha de tortuga. En el cuello tenía un ovillo de hilo de seda y sobre las rodillas una prenda de vestir deshecha. Hacía unos minutos que intentaba inútilmente enhebrar la aguja, por lo que maldecía la oscuridad y el hilo, y de vez en cuando gruñía:

-¿Pasarás de una vez, maldito? ¡Estoy hartándome ya, cerdo!

No estaba contento Akaki Akákievich de haber llegado justamente cuando Pétrovich se encontraba enfadado. Era mejor hacerle los encargos cuando se hallaba menos colérico y más sereno, porque, decía su mujer, “aquel diablo bizco se tranquilizaba bebiendo aguardiente“. Estando así, Pétrovich solía aparecer indulgente y hacía rebajas con gusto, incluso daba las gracias y hacía reverencias a los clinentes. Claro que después su mujer llegaba diciendo entre llantos que el marido estaba borracho y por eso había admitido un trabajo tan barato. Había que darle diez kopeks (céntimos de rublo) más, y todo terminado. Aquel día, sin embargo, Pétrovich no parecía ebrio, por lo que estaba hosco, callado y con visos de exigir tarifas elevadas.

Akaki Akákievich comprendió la situación y pensó salir de naja, como se dice vulgarmente, pero ya no podía. Le miró Pétrovich con su ojo atravesado, y Akaki susurró:

-Buenos días, Pétrovich.

-¡Buenos días tenga usted! -respondío Pétrovich, espiando las manos de Akaki Akákievich para ver el tipo de encargo que le traía.

-Venía a verte, Pétrovich; yo, claro…

Hay que aclarar que Akaki Akákievich empezaba a hablar siempre con preposiciones, adverbios y conjunciones, palabras gramaticales sin auténtico significado. Si el asunto de que iba a tratar era difícil, solía dejar sin terminar las frases; es decir, que empezaba diciendo: “Claro, precisamente…”, luego no continuaba y se olvidaba de seguir, como si ya lo hubiera dicho todo.

-Entonces, ¿qué quiere? -preguntó Pétrovich, observando con un solo ojo el uniforme de arriba abajo, cuello, mangas, espalda, faldones y ojales, bien conocido todo para él, pues ya lo había trabajado muchas veces. Así suelen hacer los sastres, y así lo hizo Pétrovich.

-Verás, Pétrovich…desearía…que con este abrigo…¿ves la tela?, mira…está bien por todas partes, un poco sucia nada más, y por eso parece usada, pero en realidad está nueva; por un sitio solamente está ya algo…gastada, un poco en la espalda, y por el hombro…y un poquito por el otro hombro…Ya ves, no es más que eso…Te dará poco trabajo…

Pétrovich cogió el abrigo, lo extendió sobre la mesa y lo observó con parsimonia. Luego movió la cabeza y alargó la mano hacia la ventana para tomar la redonda tabaquera con el retrato de un general, cuyo nombre ya no se podía adivinar, porque habían metido un dedo por donde antes estaba la cara y lo habían tapado con un cuadradito de papel. Pétrovich tomó una pulgada de rapé, sostuvo el abrigo al trasluz y movió de nuevo la cabeza. Después le dió la vuelta, con el forro hacia afuera, y volvió a mover la cabeza; levantó nuevamente la tapa de la tabaquera con el retrato del general arreglado con el pedazo de papel y se metió rapé en la nariz; luego la guardó y dijo finalmente:

-No hay nada que hacer con esto. Está demasiado usado.

A Akaki Akákievich se le detuvo el corazón al oirle decir esto.

-¿Por qué no se puede, Pétrovich? -le preguntó, igual que un niño que suplica-. Nada más está gastada la parte de los hombros, y por ahí tendrás quizá algún retal…

-Sí, retales podrían encontrarse -dijo Pétrovich-; pero no se pueden coser, porque la tela está deshecha y en cuanto meta la aguja se hará polvo.

-Bueno, pase lo que pase, tú remiéndala.

-No puedo remendarla por ninguna parte, no se sujetaría; en todo caso, sería demasiado grande el remiendo. Esto ya no es un tejido; con un soplo de aire se caería.

-Bien, pues haz un refuerzo…ya que no…precisamente, eso…

-No -dijo resueltamente Pétrovich-; no hay nada que hacer; es un trabajo imposible. Sería mejor hacerse unos mitones con esto, para defenderse del frío en el invierno; las medias no resguardan nada, sólo una ocurrencia alemana para sacar dinero -Pétrovich no perdía ocasión de meterse con los alemanes-. En cuanto al abrigo, tendrá que hacerse uno nuevo.

Cuando oyó lo de “nuevo”, Akaki Akákievich sintió que se le oscurecía la vista y que toda la habitación daba vueltas a su alrededor. Sólo seguía viendo con claridad la cabeza del general, cubierta con el trocito de papel, en la tabaquera de Pétrovich.

-¡Uno nuevo! No tengo dinero para eso… -murmuró como en sueños.

Hasta aquí el fragmento de la intensa y breve obra de GOGOL.

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