HOMBRE Y MUJER (Pareja, Matrimonio, Eje de la Familia).


fuente: VIVIR EN PAREJA ( Dr. Joan Corbella).

El hombre y la mujer forman una unidad sin perder, o eso es lo deseable, su identidad, identidad humana igual pero no idéntica y por lo tanto distinta también.

Las corrientes feministas han postulado de modo preponderante la necesidad de igualar las condiciones de vida del hombre y la mujer, como si se tratara de una lucha. Por fortuna, las posturas más actuales están dejando de propiciar el enfrentamiento como método para liberar a la mujer de su situación de desventaja. E. Ander-Egg escribe: “El problema de la mujer no es, fundamentalmente, una cuestión de lucha entre sexos; es un aspecto particular de las luchas por la liberación humana de cualquier forma de opresión y dominación; en consecuencia no se puede separar de la problemática general de la sociedad”. Hoy, poco a poco, advertimos que mujeres liberadas propician la liberación de los hombres y hombres liberados propician la liberación de las mujeres. Podemos comprobar esta cuestión en la situación amorosa. El amor nunca podría entenderse, o no debería entenderse, en condiciones de superioridad de un enamorado con respecto al otro, del mismo modo que no podría entenderse el amor sin diferencia pues ésta es imprescindible para provocar la necesidad, para hacer posible la pasión.

Pese a que me manifiesto abiertamente por la idea de que entre hombre y mujer no hay diferencias, tengo que añadir que es necesario admitir una situación de dominio de los hombres, en una sociedad machista, que en último caso justifica la rebelión feminista, rebelión necesaria para reivindicar la cualidad humana en la que es inverosímil una diferencia que permita la dominación de un sexo sobre el otro.

Jessie Bernad escribe: “La rebelión feminista es la más universal y la más humana de todas las rebeliones. Nadie puede oponerse a una rebelión que pregunta: ¿Cómo vivimos con los demás? ¿Cómo educamos a los niños de nuestra sociedad? ¿Cómo se comparte la vida y el trabajo de la familia? ¿Cómo podemos, todos nosotros, ser más humanos?”. Es muy cierto que no podemos hacer oposición alguna a propuestas que nos afectan directamente a hombres y mujeres, como las de hallar una respuesta satisfactoria y justa que nos beneficie a todos. Me gustaría pensar, tal vez desde mi condición de hombre, que los hombres no somos directamente culpables de las situaciones de violencia y agresión en las que han vivido las mujeres. Pienso, quisiera pensar, que unos y otras hemos sido víctimas de un sistema de vida en el que todos hemos perdido, de un reparto de papeles sociales que ha servido para confundir la identidad de unos y otras.

Cuando los hombres leemos el escrito de la terapeuta familiar Thelma Jean Goodrich: “El hogar no ha sido enriquecedor para las mujeres, y lo que es peor, ni siquiera ha sido seguro para ellas ni para sus hijos. Una de cada cuatro mujeres es agredida por su marido”, o también: “Preguntar cómo les va a las mujeres y a los niños en los hogares sólo es posible si se produce un cambio de perspectiva ya que, por regla general, se da por supuesto que lo que es bueno para el marido es bueno para toda la familia“. Como hombre, no me siento representado por este tipo de planteamiento, aunque considere del todo inadmisible la violencia física y la agresión, así como la dominación de la voluntad familiar por parte del hombre. Sería como si todos los blancos tuviéramos que sentirnos responsables de la esclavitud de los negros o como si todos los no judíos tuviéramos que responder por las barbaridades cometidas por los nazis en los campos de exterminio durante la segunda guerra mundial. Reivindico la existencia de hombres bien intencionados que aspiran a mantener con las mujeres una relación en plano de igualdad, respetando sus diferencias para poder gozarlas juntos.

Ciertos planteamientos feministas se fundamentan, por lo que se refiere a los papeles del hombre y la mujer, en tres presupuestos centrales: a) los hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el derecho de controlar la vida de las mujeres, b) las mujeres se creen responsables de todo lo que va mal en una relación de pareja o de los fracasos de sus hijos, y c) las mujeres creen que los hombres son esenciales para su bienestar, lo que les convierte en personas dependientes de los hombres. Esta valoración de las actitudes del hombre y la mujer supondría el cambio del hombre por lo que se refiere a su condición de ser dominante y el cambio de la mujer por lo que se refiere a los sentimientos de culpa y a las actitudes de dependencia. Ambas cosas beneficiarían la relación entre ambos.

Aunque haya hombres que no se identificarían con conductas machistas, es muy cierto que otros se aprovechan claramente de la corriente social dominante y, aunque sus conductas no sean marcadamente agresivas, su actitud puede resultarlo al hacer depender a la mujer y al resto de la familia de sus necesidades o sus caprichos. Algunos estudios demuestran que mientras el matrimonio aumenta el bienestar físico de los hombres, disminuye el de las mujeres. Esta observación debe establecerse también en relación con la clase social: mientras es grave en la clase social trabajadora más pobre, se reduce notoriamente en la clase social más acomodada.

Cierto tipo de feminismo cae en la misma trampa que el machismo, al modificar las leyes de fuerza e implantar una dominación de las mujeres sobre los hombres. Para ellas, los valores femeninos son muy superiores a los masculinos, y tienden a hacer críticas tan injustificadas como las que surgen en el machismo con respecto a las mujeres.

El hombre de nuestro tiempo ha nacido en una sociedad donde existían unas condiciones que favorecían una actitud dominante que no suponía para él una ventaja tan grande como se imagina desde la perspectiva femenina; “Ella ha de cuidar la casa pero yo tengo que trabajar, ella tiene unas angustias y yo tengo otras”. Una vez escuchado el discurso feminista, sobre todo si no ha pretendido culpabilizar al hombre en desmesura, ésta advierte que para él supone una ventaja convivir con una persona que puede aportar en igualdad de oportunidades ayuda, compañía, apoyo y colaboración. Los que, bien por propia convicción o bien por la fuerza convincente de su pareja, han renunciado a sus prerrogativas son muchos más de lo que parece. El feminismo comienza en el hogar, no con un enfrentamiento estéril entre la pareja sino en la convicción compartida de que sólo vale la pena convivir con una persona que no renuncie a serlo, y que sólo tiene sentido convivir con quien te respeta como persona y, como tal, en igualdad de derechos y privilegios. Claro que resulta imposible un amor verdadero sin esta condición, y bueno sería que advirtiéramos que sólo vale la pena mantener una convivencia si existe verdadero amor.

El ser humano no puede vivir prescindiendo de su afectividad y del modo como ésta muestra sus más amplias posibilidades en el seno de la pareja. Eso no significa que no existan otros modos de vivir experiencias afectivas ni que éstas sean incapaces de enriquecer la personalidad; pero el encuentro de dos personas y su prolongación en el compromiso de permanencia y estabilidad aporta, al mismo tiempo, dos de las posibilidades más alentadoras.

La vida afectiva posibilita la vivencia de dos situaciones apasionantes; una de ellas es la vivencia de la pasión, puntual, enloquecida, el momento de descontrol, de abandono de la realidad al que lleva el encuentro con una persona por la que se siente atracción y necesidad, con tanta violencia que transporta más allá de lo que está a tu alcance. En el enamoramiento podemos vivir experiencias excepcionales que nos hagan sentir emociones excepcionales. Pero tales experiencias no pueden ser contiuadas. Muchas personas que nunca han vivido en pareja han vivido sin embargo momentos de esas características.

La otra situación apasionante es la posibilidad de proyectar, en la dimensión del tiempo -futuro- y en la dimensión de los hechos objetivos -convivencia-, el momento amoroso, trascendiéndolo en algo perdurable. Es inherente a la naturaleza humana el deseo de prologar lo satisfactorio, de repetir lo graficante, de trascender lo que se vive como importante. En todas las experiencias humanas en las que se producen situaciones satisfactorias hay una tendencia a desear repetirlas. La persona tiende a hacer planes cuando vive situaciones agradables; en esos casos nos decimos “por muchos años“, expresión que utilizamos también para felicitarnos y que no tiene más sentido que el de desearnos continuidad. La pareja, posibilita esa continuidad.

Se ha hecho mucho hincapié en el peligro de caer en el aburrimiento, al que hemos llamado tedio irreversible; se ha hablado de las dificultades para mantener el calor afectivo y se ha mencionado la necesidad de realizar un esfuerzo cotidiano para vivir adecuadamente en pareja. Pese a esas dificultades podemos asegurar que emprender una vida afectiva con voluntad de estabilidad, sin miedo a la disensión ni siquiera a la ruptura, siempre que no suponga una renuncia a ser uno mismo y una claudicación ante los formulismos y relaciones dialécticas entre dominación y sumisión, es siempre gratificante. Siempre que se sea capaz de evitar esas celadas y, al mismo tiempo, se tenga el valor de dejarse llevar por los propios sentimientos, las necesidades que comportan y las pasiones que de ello se desprenden, la posibilidad de ser feliz es grande y también la de vivir una experiencia apasionante. Pueden existir vidas más tranquilas, pero nunca vidas más felices que las de las personas que se aman.

Escribía Laing: Si no destruyes la familia, la familia te destruirá”. Podemos estar de acuerdo en lo que se refiere a procurar que la familia no se convierta en un fenómeno de agresión de lo que es tuyo y personal. Nada, ni la familia, por descontado, ni la pareja, debe destruir la realidad personal de cada individuo, pero si escuchamos a Laing, si nos curamos en salud y destruimos la familia antes de que ésta nos destruya, ¿qué nos queda?; una identidad incompartible o sólo puntualmente compartible, sin poder dar continuidad alguna a la convivencia. El hombre libre, el hombre sano es un ser autónomo, capaz de romper dependencias y vivir su experiencia personal por él mismo, lo que no significa que sea un ser solitario e incapaz de compartir su autonomía. Ésta es la propuesta, ésta es la grandeza.

La pareja no nace para completar lo que se siente incompleto, la pareja no brota de carencias ni de miedos a la soledad, brota del vigor de una vida personal que sintiendo pasión por otra, sin dejar de ser ella misma, decide compartir ambas realidades no para limitarse sino para enriquecerse.

David Cooper escribió, en un tono apocalíptico, el libro La muerte de la familia; pese a que muchos de los planteamientos que hace son perfectamente suscribibles en la medida en que identificaba lo que denominaba “familia burguesa” con una familia en la que existen normas de convivencia muy rigurosas y estrictas y en la que se arrebataba el protagonismo al individuo, de modo que éste quedaba supeditado a aquélla y no aquélla al servicio de la pareja. Afirma Cooper: “La moral del futuro debe plantearse la autonomía personal y la autonomía, por definición, no puede depender de la disminución de la autonomía de otras personas”. El planteamiento de quien formulaba la destrucción de la pareja y de los vínculos familiares no es, básicamente, muy distinto de los que se han formulado en este artículo; la diferencia estriba en que mientras que él no ofrece más alternativa que el desmoronamiento de la familia, nuestra propuesta, más de acuerdo con la realidad cotidiana, plantea la necesidad de recoger los peligros formulados por los críticos de las relaciones de pareja y procurar evitarlos, en la certeza de que no se trata de algo utópico.

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