En el año 58 Pablo está de vuelta en Jerusalén, a pesar de los ruegos de sus partidarios, que evidentemente temen que haya problemas con la jerarquía y le suplican que no vaya. Vuelve a reunirse con Santiago y con la jefatura de la comunidad de Jerusalén.
Empleando la conocida fórmula qumraniana, expresan la preocupación que comparten con otros “fanáticos de la Ley”, de que Pablo, en sus prédicas a los judíos que viven en el extranjero, los aliente a renegar de la Ley de Moisés. Es, desde luego, una acusación justificada, como sabemos por las epístolas de Pablo. Hechos no registra su respuesta.
La impresión que se nos transmite es que él miente, perjura y niega las acusaciones. Cuando se le pide que se purifique durante siete días -para demostrar la injusticia de las acusaciones y su continua observancia de la Ley-, consiente de buena gana en hacerlo.
Pero unos días más tarde vuelve a chocar con los “celosos de la ley”, que son bastante menos moderados que Santiago. Al verlo en el Templo, una multitud de piadosos lo ataca. “Éste -dicen, furiosos- es el hombre que va enseñando a todos por todas partes…contra la Ley” (Hechos 2I:28 y ss.).
Se produce un tumulto y Pablo es arrastrado fuera del Templo, con riesgo para su vida. En el momento crítico es rescatado por un oficial romano que, al ser informado del tumulto, aparece con un séquito de soldados. Pablo es arrestado y encadenado, aparentemente por la sospecha inicial de que es el jefe de los sicarios, el cuadro terrorista zelote.
Desde ese momento, la narración se vuelve cada vez más confusa, llevando inevitablemente a sospechar que se han alterado o expurgado algunas partes. Según el texto existente, Pablo, antes que los romanos se lo lleven de allí, protesta diciendo que es judío de Tarso y pide permiso para hablarle a la multitud que ha tratado de lincharlo. Sigue leyendo

