Anatomía y causas del enfado

FUENTE: INTELIGENCIA EMOCIONAL (DANIEL GOLEMAN).

Dolf  Zillman, psicólogo de la Universidad de Alabama, ha determinado con detalle la anatomía de la rabia. Si tenemos en cuenta que la raíz de la cólera se asienta en la vertiente beligerante de la respuesta de lucha-o-huida, no es de extrañar que Zillman concluya que el detonante universal del enfado sea la sensación de hallarse amenazado. Y no nos referimos solamente a la amenaza física sino también, como suele ocurrir, a cualquier amenaza  simbólica para nuestra autoestima o nuestro amor propio (como, por ejemplo, sentirse tratado ruda o injustamente, sentirse insultado, menospreciado, frustrado en la consecución de un determinado objetivo, etcétera), percepciones, todas ellas, que actúan a modo de detonante de una respuesta límbica que tiene un efecto doble sobre el cerebro. Por una parte, libera la secreción de catecolaminas que cumplen la función de generar un acceso puntual y rápido de la energía necesaria para “emprender una acción decidida -como dice Zillman- tal como la lucha o la huida”. Esta descarga de energía límbica perdura varios minutos durante los cuales nuestro cuerpo, en función de la magnitud que nuestro cerebro emocional asigne a la amenaza, se dispone para el combate o para la huida.

La investigación realizada por Zillman parece explicar la dinámica inherente a un drama familiar doméstico del que fui testigo cierto día que me hallaba de compras en el supermercado. Al otro extremo del pasillo podía oírse el tono mesurado y amable de una joven madre que se dirigía a su hijo con un escueto

- Devuelve…eso…a su sitio-

-Pero yo lo quiero -gimoteaba el pequeño, aferrándose con más fuerza a la caja de cereales con la imagen de las Tortugas Ninja.

-Ponlo en su sitio -dijo la madre con un tono de voz que comenzaba a traslucir una cierta irritación.

En aquel momento, una niña más pequeña, que iba sentada en el asiento del carro, tiró al suelo el tarro de gelatina que estaba mordisqueando y, al derramarse por el suelo, la madre comenzó a vociferar.

-¡Toma! -dijo furiosa mientras le daba un bofetón.

A continuación arrebató la caja de manos del niño, la arrojó al anaquel más cercano y, levantando a su hijo velozmente del suelo por la cintura, lo llevó a rastras pasillo adelante mientras empujaba el carro amenazadoramente. Ahora la niña lloraba y el niño pataleaba protestando:

-¡Bájame! ¡Bájame!

Zillman ha descubierto que cuando el cuerpo se encuentra en un estado de irritabilidad -como ocurría, por ejemplo, en el caso de esta madre- y algo suscita un secuestro emocional, la emoción subsecuente, sea de enfado o ansiedad, revestirá una intensidad especial. Y esta es la dinámica que invariablemente se pone en funcionamiento cuando alguien se irrita. Zillman considera la escalada del enfado como “una secuencia de provocaciones, cada una de las cuales suscita una reacción de excitación que tiende a disiparse lentamente”. En esta secuencia, cada uno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierte en un minidetonante de la descarga catecolamínica de la amígdala, y cada una de estas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonal precedente. De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que la primera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y así sucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomos de las anteriores, aumentando así vertiginosamente la escalada del nivel de excitación fisiológica. Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este proceso provocará una irritación mucho más intensa que la que tendría lugar al comienzo de la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempo que la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces, la ira, ante la que nuestra razón se muestra impotente, desembocará fácilmente en un estallido de violencia.

En ese momento, la persona se siente incapaz de perdonar y se cierra a todo razonamiento. Todos sus pensamientos gravitan en torno a la venganza y la represalia, sin detenerse a considerar las posibles consecuencias de sus actos. Este alto nivel de excitación, afirma Zilman, “alimenta una ilusión de poder e invulnerabilidad que promueve y fomenta la agresividad”, ya que, “a falta de toda guía cognitiva adecuada”, la persona enfadada se retrotrae a la más primitiva de las respuestas. Es así cómo las descargas límbicas prosiguensu curso ascendente y las lecciones más rudimentarias de brutalidad terminan convirtiéndose en guías para la acción.

A la vista de este análisis sobre la anatomía del enfado, Zillman considera que existen dos posibilidades de intervención en el proceso. El primer modo de restar fuerza al enfado consiste en prestar la máxima atención y darnos cuenta de los pensamientos que desencadenan la primera descarga de enojo (esta evaluación original confirma  y alienta la primera explosión mientras que las siguientes sólo sirven para avivar las llamas ya encendidas). El momento del ciclo del enfado en el que intervengamos resulta sumamente importante porque, cuanto antes lo hagamos, mejores resultados obtendremos. De hecho, el enfado puede verse completamente cortocircuitado si, antes de darle expresión, damos con alguna información que pueda mitigarlo.

3 pensamientos en “Anatomía y causas del enfado

  1. Efectivamente, Marcel.lí, la madre debe educar y tener la suficiente serenidad como para calmar, proponer y reconducir la situación. Sin embargo, si por lo que fuera o fuese, la madre tiene un cierto desequilibrio, le pesa la responsabilidad, tiene prisa, le pueden las presiones de la vida moderna, etc, no está en condiciones de ejercer este papel. Y es más, se siente incomprendida y, posiblemente, su mente empiece a tejer la clásica pregunta: ¿Qué he hecho para merecer esto? De ahí el enfado, el descontrol y la descarga de esa rabia contra sus propios hijos. Evidentemente ha hecho cualquier cosa menos la función de madre y educadora. Y como ser humano ha sucumbido al enfado.
    Salud, buen rollo y gracias por su participación.

  2. Sr. Gonzalo Robles, en el caso que nos ocupa del niño que coge la rabieta, su madre siente que no puede con él, se irrita y lo trata con enfado, lo que provoca en el niño es un incremento de la rabia, tirando y rompiendo algo para conseguir que le escuche su madre. La madre deberia intentar comprender la situación: quizás ella está cansada y realmente le molesta su hijo, quizás la madre acostumbra a darle todo a su hijo para que no le moleste, quizás el niño reclama su atención por falta de horas de estar con ella…. etc. Mientras más intente “quitárselo de encima”, aunque sea complaciéndole, más veces cogerá rabietas hasta llegar a dominar él la situación.

    Una vez la madre comprende la situación le será más fácil tratar a su hijo con cariño y comprensión, pero sobre todo con rectitud. Por ejemplo, según la edad del niño, manifestarle: eso que me pides no te conviene y no te lo daré cariño. ¿Quieres comer esto…? O bien, tienes sueño, nos vamos…, etc. La madre verá qué necesita el pequeño. En definitiva, se trata de educar, y la madre tiene la responsabilidad de estar en la posición contenedora.
    Buen artículo.
    Salud y buen rollo

  3. Si en medicina se dice que más vale prevenir que curar, en esto del enfado es preciso pararlo en su primer estadio, cuando todavía podemos hacernos cargo de nosotros mismos. Si no, el incendio se llevará por delante al ser racional.

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