CONVIVIR EN/CON UNA SOCIEDAD PLURAL


Desaparecida la antigua unicidad del “código” o contenido moral, que venía derivada de la vigencia social de una cosmovisión (generalmente religiosa) única, la condición insoslayable -en esto es como en tantas otras cosas- es el pluralismo como concepto y como praxis morales. Mas, ¿cómo es posible la convivencia en el seno de una sociedad moral plural, de pluralismo moral? Es el tema de la ética cívica.

Pluralismo

Ética cívica, civil o laica es la propia de una sociedad civil ética. En ella el acuerdo moral sólo puede proceder del consenso racional y libre, de la sustitución de cualquier clase de heteronimía o imposición, de cualquier clase de violencia, no sólo la violencia física, por el lenguaje y el diálogo.

¿Cuál es el supuesto de esta actitud oral dialógica o diagonal? No ciertamente la tolerancia, la condescendencia o la transigencia, que son demasiado poco. Tolerancia, de tolerare, es soportar, ser paciente, consentir… el mal (por evitar males mayores); condescendencia, con-descendencia, es descender a un nivel moral inferior; transigencia, ceder del propio derecho para facilitar la convivencia.

En el plano de la moral cívica no se trata de nada de eso. Su punto de partida es el respeto al valor moral de la persona, a la dignidad del otro. No un valor fríamente reconocido, sino por el que debo ser afectado en la doble acepción de sentir afecto moral por el otro en tanto que otro, y de sentirme afectado por lo que dice, por su punto de vista, por su parte de razón moral.  La “situación ideal de diálogo” llevaría, sin más, a la coincidencia.

Pero esa “idealidad” no está realmente situada, no se da en la realidad y, por tanto, no puede fundarse sobre ella ningún consenso. Sí, en cambio, sobre el reconocimiento de que (salvo la buena voluntad) en este mundo no hay nada bueno sin limitación y de que, por consiguiente, toda afirmación moral es bifronte, bivalente, ambivalente, es afirmación,  cuando menos, parcial, de un algo que no es todo, de una luz que va acompañada de su propia sombra.

Jano-Bifronte

Y el otro lado de la afirmación, lo que tiene, indefectiblemente, de negación de lo que no es ella misma, de negación de su contrapunto, es lo que el punto de vista de otro aporta y lo que me debe afectar. Respeto, pues, moral al otro, por el valor en sí de su dignidad personal, pero respeto intelectual también, por la aportación moral que su punto de vista puede suponer.

Existe una correspondencia entre la moral cívica en el plano de la sociedad civil y la democracia como moral en el plano de la sociedad política (democrática). Y, aunque se dé separación de razón, no hay separación real entre uno y otro plano. Veámoslo deteniéndonos un instante en el plano moral: ¿es que no contienen y condicionan la libertad propia, la autoridad moral del otro, su prestigio, su poder intelectual?

En la realidad no hay solución de continuidad entre la autoridad moral y la autoridad política  (democráticamente legitimada), entre la coerción sociomoral y la coerción política democráticamente institucionalizada.  Bergson habló de las sociedades cerradas y las sociedades abiertas. Pero ninguna sociedad está, en realidad, plena y actualmente abierta; sólo está, en el mejor de los casos, potencialmente , disponiblemente abierta.

Sociedad Cerrada

La instancia intermedia entre uno y otro plano de los que venimos hablando, el de la sociedad con su moral cívica, y el del Estado con su derecho positivo, ha sido desempeñada en los tiempos modernos por el iusnaturalismo y la función moral progresiva que él asignó al llamado Derecho natural; después, pasando del plano meramente teórico y crítico al de la praxis, por los movimientos revolucionarios, de inconformidad con el orden cívico-moral y jurídico-político establecidos y de voluntad de su transformación. Pero, ¿hoy qué? ¿Cuál es la situación actual de los valores éticos de la voluntad de cambio y progreso moral?

Movimientos alternativos, que cuestionan la cultura y la moral establecidas

La crisis actual de los valores éticos es, primariamente, una crisis consistente en desmoralización. Mas ahora estamos en condiciones de entender plenamente la doble dimensión conceptual de éste término: es, como se vio, falta de confianza vital en el quehacer, personal y comunitario, de la existencia.

Pero es también confusión intelectual ante la perturbadora ruptura de la anterior unicidad del “código” moral; es decir, perplejidad, tendencia al relativismo y desmoralización, ahora ético-teórica, a la vista de la contradicción entre las diferentes morales como contenido.

Así pues, faltan a nuestra época, a la vez, según hemos visto al comienzo, el élan vital reformador y, según vemos ahora, el espíritu crítico de examen y contraste gnoseológicos de las diferentes valoraciones establecidas.

Es cuestión de empezar por uno mismo y buscar luego a otros para hacer camino

Esta situación de problematicidad filosófica en cuanto a los fundamentos éticos y los valores últimos mueve -cuando se consigue salir de la atonía y se recobran el impulso y la esperanza- a trasladar el acento desde los grandes principios de la ética, la magna moralia o cuestión moral fundamental, a lo que es minima moralia, sí, desde el punto de vista teórico, pero que atañe directamente a la vida y obra de cada día, a la supervivencia aquí y ahora, a lo que inmediatamente se ha de hacer u omitir.

El siglo XVIII fue el del iusnaturalismo o reforma progresiva y racionalista de los principios de la sociedad. Su final, el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, la época de la esperanza mesiánica en la revolución, política, económica, cultural, en definitiva, revolución moral.

La actualidad, la época de los llamados movimientos -en los que no se “milita” como en los partidos políticos, a los que, simplemente, la gente se incorpora-, movimiento por la paz y el desarme, movimiento ecologista, movimiento feminista…

Época ya no de Revolución, con mayúscula, pero sí de re-moralización, es decir, de recuperación de la actitud moral y de confianza, frente a la violencia y la agresión, en el lenguaje y la razón para la resolución de conflictos a través de la comprensión del punto de vista del otro, en el diálogo, y del establecimiento de una sociedad de auténtica comunicación moral y no simplemente material.

Fuente:  DE ÉTICA Y DE MORAL  (JOSÉ L. ARANGUREN)

 

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