LOS SERVICIOS GRATUITOS DE LA NATURALEZA


Los ecologistas han acuñado el término de “servicios del ecosistema” para describir los procesos que ofrece gratuitamente la naturaleza pero que tienen un verdadero valor económico.

Por poner sólo un ejemplo, los árboles y la vegetación que crecen en las faldas de las montañas atrapan el agua de lluvia que en su ausencia escurriría ladera abajo, erosionando el suelo.

Arboledada en la montaña

Cuando el agua así retenida penetra en las capas subterráneas, los suelos la filtran lentamente y la transforman en agua limpia y potable que se puede recuperar a través de pozos o manantiales. La naturaleza nos proporciona por esa vía un gran suministro de agua limpia.

Pero cuando se talan los árboles o se colma de tierra los humedales, esos servicios gratuitos se pierden, y la sociedad tiene que asumir el coste de hacer el trabajo de la naturaleza.

Si se pierde todavía más suelo por la tala de los árboles, hay que construir zonas de embalsado de aguas, que después acumulan lodo paulatinamente y requieren mantenimiento.

Tala de Árboles

La pérdida del filtrado subterráneo del agua que asegura la naturaleza exige la construcción de plantas municipales de tratamiento de agua y la instalación de filtros de agua en las viviendas, pero esos remedios rara vez devuelven al agua la calidad que ofrecía la naturaleza. De modo que compramos agua embotellada, traída de otras regiones o incluso de otros continentes.

Al final, pagamos un precio por sustituir los servicios del ecosistema. Los ecologistas sostienen con razón que en los análisis “económicos” completos que sirven de base a las decisiones sobre el uso del suelo hay que incluir los costes en los que incurrimos por perder los servicios del ecosistema.

Agua embotellada

Hasta aquí, los costes de la pérdida de los servicios del ecosistema no han sido abrumadores o al menos no han sobrepasado escalas regionales relativamente pequeñas. Hace miles de años, los cultivos de regadío del valle del Tigris y del Éufrates se echaron a perder a causa de la acumulación de sales naturales que llevaba el agua de riego.

En los entornos áridos, las escasas lluvias no consiguen lavar esas sales de los suelos, por lo que estos se acaban volviendo demasiado salinos para la mayor parte de las plantas. El regadío comenzó en la región del Tigris y el Éufrates, y también desembocó en el primer abandono de tierras de cultivo a escala regional.

El río Tigris

Entre los años 900 y 1200 de nuestra era, los mayas abandonaron las tierras de labranza de la península del Yucatán debido a una combinación de sequías y de agotamiento progresivo de los nutrientes del suelo. Y podríamos citar otros muchos ejemplos de agotamiento de recursos a escalas regionales. Hasta ahora, el agotamiento de recursos ha sido menos patente a escala planetaria.

Aunque en la práctica la minería haya agotado en todo el mundo los yacimientos de algunos minerales valiosos, la mayor parte de estos todavía se puede conseguir con una extracción más profunda, que es más cara en términos de energía, economía y costes medioambientales.

Mina Subterránea

Y si actualmente muchas regiones están rozando o han traspasado sus límites naturales de agua dulce, en especial de agua potable limpia, el problema se plantea más que nada a escala regional, y no continental o planetaria.

Probablemente con motivo de mi prolongado interés por la historia climática de la Tierra, mis preocupaciones por el futuro se centran más bien en un conjunto de problemas interrelacionados a largo plazo: los “regalos” que nos ha ofrecido la naturaleza a través de procesos muy lentos que se produjeron en un pasado muy remoto de la Tierra y que una vez consumidos no se podrán reponer.

Mi preocupación relativa a esos regalos es muy sencilla: cuando esos recursos escaseen o se agoten, ¿cómo encontraremos sucedáneos a precios tan baratos? Como les ocurre a los jubilados, mis preocupaciones van más allá de mi propia vida y se extienden a la de mis futuros nietos.

Abuelo con su nieta

Para cuando ellos lleguen a la “tercera edad”, en torno al año 2089, mucho me temo que todo el mundo tendrá claro que algunos de los regalos “gratuitos” de la Naturaleza no eran un recurso infinito.

Sospecho que, para entonces, la generación de mis futuros nietos considerará la época comprendida entre finales del siglo XIX y la primera parte del siglo XXI como un breve paréntesis de buena suerte, una época dorada en la que unas cuantas generaciones afortunadas consumieron la mayor parte de esos dones, en buena medida sin darse cuenta de lo que estaban haciendo.

Fuente:  LOS TRES JINETES DEL CAMBIO CLIMÁTICO, Una historia milenaria del hombre y el clima  (WILLIAM F. RUDDIMAN).

 

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