LOS CONFLICTOS (GUERRA,TERRORISMO, ESCASEZ, POBREZA) Y EL PENSAMIENTO REALISTA


Para dar cuenta del complejo fenómeno del terrorismo, el pensamiento realista debe emprender un giro que lo aleje de la atención exclusiva que ha prestado tradicionalmente a los Estados. Los Estados continúan teniendo una importancia capital, pero ni son ya el único escenario bélico ni tan siquiera son siempre el más importante.

La guerra clásica -llamada a veces “clausewitziana” en honor del estratega militar prusiano de principios del siglo XIX, Carl von Clausewitz- era un conflicto armado entre fuerzas controladas por Estados. En el siglo XX, causó un colosal número de bajas porque se expandió e incluyó a la población civil entre los objetivos de los ataques militares.

Aunque muchos creen que ese tipo de conflicto bélico pertenece ya al pasado, las contiendas armadas entre grandes potencias podrían volver a reproducirse. La guerra clásica sigue siendo un gran mal, pero incluso cuando es total, siempre se le puede poner término alcanzando un acuerdo (pueden producirse encuentros entre diplomáticos en los que se negocie un pacto y se declare la paz).

Pero esos acuerdos son imposibles de alcanzar con las redes terroristas globales, que pueden hallarse divididas a nivel interno y carecen de objetivos negociables. El conflicto armado implica en la actualidad a grupos sumamente dispersos e, incluso, a sociedades enteras que actúan fuera de control de un gobierno.

Para ser productivo, el pensamiento realista debe aceptar que la guerra ha dejado de ser una prerrogativa exclusiva de los Estados para convertirse en un derecho de todos y de cualquiera. El pensamiento realista tampoco puede apartar la vista de las amenazas planteadas por la crisis medioambiental.

El cénit de las reservas petrolíferas y el calentamiento global representan la otra cara de la globalización: la extensión a escala mundial del modo de producción industrial basado en combustibles fósiles que ha hecho posible el crecimiento económico y poblacional de los últimos dos siglos. Este proceso no se encuentra muy lejos de alcanzar sus límites, que no son tan políticos como ecológicos.

La expansión industrial ha desencadenado un cambio en el clima global que es más amplio, más rápido y más irreversible de lo que nadie llegó a imaginar, y, al mismo tiempo, los combustibles no renovables que impulsan la industria son cada vez más escasos ahora que su demanda no deja de aumentar.

Estos hechos tienen implicaciones para la guerra y para la paz. Pero rara vez se han examinado las implicaciones estratégico-militares de la crisis ecológica, un tema que continúa siendo tabú.

Cuando un grupo de trabajo del Pentágono publicó en octubre de 2003 un informe sobre “Un escenario de cambio climático brusco y sus implicaciones para la seguridad nacional estadounidense, su análisis y sus propuestas congenieron mal con la administración Bush y fue archivado.

El informe analizaba las consecuencias geopolíticas de un cambio climático brusco y en él se hablaba de crisis de escasez de alimentos debidas a descensos en la producción agrícola mundial neta, de una disminución de la disponibilidad y la calidad del agua dulce en regiones de fundamental importancia, y de un deterioro en el acceso a las reservas energéticas.

El efecto global de todos estos cambios sería “una caída significativa de la capacidad del entorno terrestre para sustentar la vida humana”: en resumidas cuentas, una reducción del nivel de población humana que el planeta puede soportar.

En ese mismo informe se añadía lo siguiente: A medida que se vayan reduciendo las capacidades global y local de soporte, podrían intensificarse las tensiones en todo el mundo, con dos grandes estrategias: una defensiva y otra ofensiva.

Las naciones capaces de permitírselo podrían erigir fortalezas virtuales en torno a sus países para preservar para sí sus propios recursos. Las naciones menos afortunadas, especialmente aquellas que mantengan antiguas enemistades con sus vecinos, podrían iniciar conflictos por el acceso a los alimentos, al agua potable o a la energía.

Muro “defensivo” contra la inmigración.

Como consecuencia de los cambios en las prioridades de defensa (el objetivo sería la obtención de recursos para la supervivencia y no tanto la religión, la ideología o el honor nacional), podrían formarse alianzas insólitas.

El informe del Pentágono suponía toda una innovación porque en él se aceptaba por primera vez que el cambio climático brusco podría provocar una caída en la capacidad del planeta para sustentar la vida humana. La relación en él incluida de los tipos de conflictos que podrían derivarse de ello es bastante plausible, aunque tal vez infravalorara su intensidad.

El análisis asumía que serían conflictos racional-estratégicos en los que la religión no desempeñaría papel alguno, pero buena parte del patrimonio petrolífero que aún queda en el planeta yace en el subsuelo de países musulmanes y el conflicto por los recursos podría verse intensificado por los antagonismos generados en torno a la “guerra contra el terror”.

Existe el riesgo, pues, de que la guerra por los recursos se entremezcle con las guerras de religión y de que una teoría tan exagerada para los parámetros actuales como la del choque de civilizaciones acabe cumpliéndose por sí misma.

A menos que sean capaces de encontrar alternativas al petróleo, los Estados industrializados quedarán atrapados en esos conflictos durante un largo período al que aún no se le adivina fin.

El proceso de diversificación sustitutiva del petróleo será mucho más difícil de lo que la mayoría de los ecologistas creen. Si la producción petrolera mundial está próxima a su cénit (como parece probable), la transición hacia otros tipos de energía es una necesidad urgente, pero es posible que no existan alternativas fácilmente disponibles para sustentar a la totalidad de la actual población humana mundial.

Existe la opinión generalizada de que el problema medioambiental básico no reside en el número de habitantes del planeta, sino en el uso de recursos per cápita que hacen dichos habitantes (o, dicho de otro modo, en la forma en que vivimos las personas). Pero, en realidad, es probable que la humanidad haya rebasado ya la capacidad de soporte del planeta.

El consumo de agua por persona y día es muy desigual, lo cual agrava el problema de la escasez del agua. Hay escasez y, además, el uso de un bien tan necesario como el agua es abusivo e injusto en unas zonas en detrimento de personas y animales de otras.

Las actuales cifras de población humana dependen de la agricultura basada en el petróleo, la cual acelera, a su vez, el calentamiento global. El crecimiento demográfico más elevado no se observa siempre en los países en vías de desarrollo (el estadounidense duplica aproximadamente el chino, por ejemplo), pero es demasiado acusado en general como para que resulte viable un cambio a escala mundial hacia tecnologías alternativas.

Combinando energías como la solar y la eólica con la agricultura orgánica no se puede proporcionar sustento para una población que puede oscilar entre los 6.000 y los 9.000 millones de personas. Si existe alguna salida para este auténtico cuello de botella, ésta pasa por sacar el máximo partido de las posibles soluciones de alta tecnología.

Sin modificar a fondo los hábitos de consumo (y por tanto modelo económico), es imposible alimentar a la actual población humana combinando la energía solar, la eólica y la agricultura orgánica.

Las mejores perspectivas las ofrecen aquellas tecnologías a las que los verdes son más hostiles, como la energía nuclear y los cultivos MG (modificados genéticamente), que, pese a sus riesgos, no comportan una destrucción adicional de la biosfera.

La alternativa no se encuentra en una utopía de baja tecnología, como a muchos verdes les gusta creer. Ésta, como ha escrito James Lovelock, significaría la “degeneración global hacia un mundo caótico de brutales señores de la guerra que ejercerían su dominio sobre una Tierra devastada”.

 

Fuente: MISA NEGRA, La religión apocalíptica y la muerte de la utopía (JOHN GRAY)

 

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