“No es por la amabilidad del carnicero, del cervecero o del panadero por lo que esperamos obtener nuestra comida, sino por su propio interés personal”. Adam Smith.
Un carnicero no vende carne por altruismo; la corta y trocea para obtener un beneficio. Pero para vender carne necesita estar atento a lo que quieren sus clientes. Por consiguiente, buscando su propio beneficio el carnicero cubre algunas necesidades de la sociedad.
En una economía de mercado, según Adam Smith, la mayoría de las personas actúan de esa misma manera; es decir, cuando las personas pueden elegir libremente qué producir y qué comprar (primera condición), la mano invisible de la competencia guía el intercambio de bienes y servicios de forma que el interés personal conduce al beneficio colectivo.

Es un juego en el que todos salen ganando y un proceso dinámico y autorregulador que se produce y se ajusta de forma automática. Smith se valió de esta teoría para oponerse a la regulación gubernamental y al proteccionismo en una economía de mercado.
Aunque para que la mano invisible funcione como es debido, en la sociedad ha de haber una legislación de la propiedad adecuada, arraigados códigos legales y morales e intercambio de información (segunda condición).
Parece muy sencillo, pero ¿funciona? No siempre. Incluso Adam Smith reconoció que el interés personal por la creación de riqueza tenía sus límites.

“Ciertas cuestiones especialmente peliagudas se plantean a raíz de la existencia de instituciones financieras que pueden percibirse como demasiado grandes como para quebrar y de los problemas de riesgo moral que pueden surgir cuando los gobiernos intervienen en una crisis financiera“ Ben Bernanke.
Yo soy el que corre el riesgo, pero otro es responsable y pagará si yo fracaso.
Cuando una aseguradora vende un seguro de coche, no sabe cómo será conducido ese coche, pero, aun así, tiene que poner un precio. El conductor del coche sabe que la aseguradora carece de esta información, de modo que no le preocupa que la prima de su seguro aumente si conduce peligrosamente, siempre y cuando no tenga un accidente.
Además, si acaba teniendo un accidente, será la aseguradora quien pague los daños. Esta situación, cuando el dueño del coche tiene más información sobre cómo se conduce el coche y tiene pocos incentivos para conducir con prudencia, se denomina riesgo moral.
El comportamiento al volante del dueño del coche cambia como consecuencia de tener un seguro, y esto aumenta el riesgo que corre la aseguradora. Aunque el coche es propiedad del donductor y él no quiere que sufra desperfectos, si sale algo mal será responsabilidad de la aseguradora.
Igualmente, las grandes empresas y los bancos pueden animarse a correr riesgos si saben que no tendrán que pagar por ninguna de las posibles consecuencias negativas de sus acciones.
Por ejemplo, si se trata a una empresa como si fuera demasiado grande como para quebrar, y ésta cree que el gobierno la rescatará, es posible que realice inversiones arriesgadas sin preocuparse por las consecuencias.
A menudo se entiende que el término riesgo moral hace referencia a una conducta fraudulenta o inmoral, pero no tiene por qué ser así. El riesgo moral sólo muestra las dificultades a las que pueden enfrentarse los mercados a la hora de proporcional los mejores resultados para todos.
Cuando la información no está perfectamente distribuida, una de las partes podría buscar su propio interés a expensas de la otra. Naturalmente, la otra parte tiene un incentivo para diseñar contratos que controlen este riesgo (nuevo contrato social, por ejemplo), y a veces puede ser necesaria la intervención del gobierno (para nivelar la relación, por ejemplo).

Fuente: 50 TEORÍAS ECONÓMICAS SUGERENTES Y DESAFIANTES (DONALD MARRON)
El riesgo moral que corremos los obreros se deriva de la incapacidad para proponer un contrato social que nos proteja de las posiciones de dominio o de ventaja de la que goza hoy la otra parte.
Y el riesgo moral que corremos, además del anterior, es que en la otra parte hay empresas e instituciones que se consideran tan grandes, que corren riesgos cada vez mayores sabiendo que de ellos sólo sacarán beneficios, pues los perjuicios que pudieran derivarse de sus acciones recaerán sobre nuestros lomos.
Se me ocurren, sin mucho esfuerzo además, dos ejemplos que cuestionan la mano invisible, ese “casi milagro” que se produce cuando la búsqueda del interés personal consigue, además, el beneficio colectivo.
El interés de la industria famacéutica no es ofrecer a sus clientes medicamentos que erradiquen la enfermedad, ya que entonces se quedarían sin negocio, sino remedios que los mantengan vivos muchos años y los convierta en consumidores habituales (no necesariamente crónicos) de sus productos.
Es evidente que la búsqueda del interés de todas y cada una de las personas que trabajan en la industria farmacéutica no conduce al bien colectivo: la salud (entendida como la erradicación de la enfermedad). Es un caso parecido al de la obsolescencia programada.
En el segundo ejemplo me referiré al interés de las petroleras. Haciendo uso de la propaganda se crea un conflicto (por ejemplo cuando se amaga con atacar Irán y se desplazan acorazados, destructores, portaaviones, etc, a la zona). El precio del petróleo sube. Y eso interesa a las pretroleras, pero no a al bien colectivo.
Y es que la teoría de la mano invisible es endeble (siempre lo fue) y no se sostiene. Es, eso sí, un buen intento de evitar la intervención de los gobiernos en la economía. Y es que hay gobiernos y gobiernos y, como sabemos muy bien en España, algunos son capaces de desplumar, arruinar, engañar, estafar, al pueblo por décadas, y socorrer y favorecer a perfectos delincuentes que coloboran en la estafa.
Quiero decir que sólo un gobierno del pueblo y para el pueblo podría intervenir en la economía con la intención de que el interés particular de cada ciudadano y el bien colectivo, común, general del pueblo no se perjudicaran el uno al otro.