LA AUTORIDAD MAL ENTENDIDA CONDUCE A LA INJUSTICIA: EL CASTIGO COLECTIVO

Josep Antoni Durán i LLeida, un político democristiano español, sugirió el uso de una tarima para que los profesores, elevados sobre los alumnos,  recuperen  en las aulas la autoridad perdida. Se vé que para este político y muchas otras personas que piensan como él, la autoridad es una cosa de altura, de superioridad e inferioridad.

La descabellada idea de este sujeto no ha tenido recorrido, pero bien hubiera podido suceder lo contrario. Y entonces, quizás desde Cataluña (la tierra originaria, aunque por los pelos, de este hombre público), se hubiera podido poner en marcha un nuevo sector industrial dedicado a fabricar tarimas, en principio, para toda España, pero con vocación universal.

Una de las cuestiones relacionadas con la autoridad y el respeto en el campo de la educación escolar que más me ha interesado desde hace mucho, es la de los castigos colectivos. Me estoy refiriendo a la respuesta que dá el profesor a una infracción o falta  (hablar en clase con intención de interrumpir, armar alboroto, sustraer material de un compañero, etc) cometida por un alumno o un número reducido de ellos, pero que no controla (bien sea por ausencia momentánea del aula o por incapacidad manifiesta).

Recuerdo que siendo yo interno en un colegio se produjo una de esta situaciones.  Era la hora final del día, cuando estábamos ya en la cama y la persona responsable  (educador se la llamaba) apagó la luz, que era la señal de callar y dormir. Pero algunos compañeros, no más de cuatro de las dos decenas que compartíamos espacio, tenían ganas de “juerga” y no dejaron de hablar entre ellos.

El educador vino dos veces a pedir silencio. A la tercera hizo que  saliéramos todos de las literas y formáramos dos largas filas en el pasillo. Exigió que salieran los responsables del “alboroto” bajo amenaza de tenernos allí de pie toda la noche.

Nadie salió. Y al cabo de unos quince minutos se veía el malestar de todos nosotros. Malestar repartido, no sé si a partes iguales, entre los “cobardes compañeros”,  que no tuvieron el coraje de asumir su responsabilidad, y el educador y su método.

La situación era de lo más absurda, pues ninguno de nosotros ni, desde luego, el educador quería pasarse la noche en el pasillo. Pero alguien había puesto en cuestión la “autoridad” del responsable, que por las palabras elegidas para dirigirse a nosotros y el lenguaje corporal de su persona parecía pedir socorro, desear que alguien le sacase del aprieto.

Lo medité unos segundos. Y dí un paso al frente. Me declaré alborotador sin serlo, pues desde que se apagaron las luces cerré los ojos e intenté dormir, pasando de la estúpida conversación de los cuatro memos de siempre.

Me pasé dos largas horas en el casi oscuro y frío pasillo. Pero evité que lo hicieran compañeros inocentes y le dí al pobrecito educador la posibilidad de volver a su confortable cuarto con la autoridad “intacta”.

 

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