UNA REFERENCIA A LOS GRUPOS DE PRESIÓN ESPAÑOLES EN EL SIGLO XIX


El motivo principal por el que escribo este artículo es demostrar que la historia en España es como “el día de la marmota”.

La historia política española ha acostumbrado a ser escrita como si los personajes se moviesen siempre guiados por ideales y pasiones, cuando la realidad es que, en ocasiones, estuvieron influidos por intereses, y que motivaciones de este carácter presidieron a menudo las decisiones del parlamento y del gobierno.

Estos factores no siempre han dejado huella en la documentación. Conviene, sin embargo, situar a nuestras figuras políticas dentro del contexto de sus conveniencias y describir las fuerzas económicas que los presionaron para su beneficio. Esta última tarea la ha iniciado Tuñón de Lara en su  Estudio sobre el siglo XIX español.

Retengamos su afirmación de que “en la España del último cuarto del XIX, los grandes propietarios constituían el sector dominante. La afirmación se descompone en dos:

a) abrumadora importancia del sector agrario en la economía y la población; b) concentración en grandes propiedades de la mitad o más de las tierras”.

Como grandes propietarios notorios aparecen, en primer término, numerosos títulos de nobleza, sean antiguos o bien creados durante la etapa de la Restauración, como el marquesado de Comillas y el condado de Romanones entre éstos.

Otros importantes poderes agrarios vienen dados por el dominio de industrias agrícolas de relieve, como la azucarera. Son figuras decisivas, dentro de ésta, el sobrino de Sagasta y ministro de Hacienda, Tirso Rodrigáñez; Germán Gamazo y Joaquín Sánchez Toca, entre otros.

En Andalucía es aún más característica la significación industrial de las grandes propiedades, como casos el malagueño de la constelación Larios-Heredia-Loring; el jerezano de los Domecq, Osborne, etc., el sevillano de los Luca de Tena en la industria del aceite.

Durante el reinado de Isabel II se otorgaron 401 nuevos títulos de nobleza, que se añadieron a los 1.043 existentes en 1834. El reinado de Amadeo I y la Restauración crearon 278 más y rehabilitaron otros diez. Desde 1900 hasta 1931 se concedieron 228 y se rehabilitaron unos diez más.

Escribe Tuñón que quienes tienen importancia en la siderurgia, la minería, la energía eléctrica, las industrias y, desde luego, la Banca, se integran en la aristocracia, con algunas excepciones. Resalta la importancia de los enlaces matrimoniales en la formación de grupos: así, la vinculación nupcial de las familias de Antonio López y Juan Güell y Ferrer; el conde de Romanones y la hija de Alonso Martínez; Maura y la hermana de Germán Gamazo; Prim con la hija del banquero mexicano Agüero; la hija de Prim con un Heredia; Silvela con la heredera de los Loring, etc.

La tendencia al monopolio y al oligopolio trae de suyo un impulso a actuar como grupo de presión, que se percibe en la Central Siderúrgica de Ventas, creada en 1907; en La Papelera Española, creada en 1901, y otras formas semejantes.

Alguna, directamente conectada con el poder, obtuvo favores muy discutidos, como por ejemplo las medidas benévolas para los fabricantes de alcohol que dispuso el gobierno Azcárraga (diciembre de 1904- enero de 1905), en el que era ministro de Hacienda Tomás Castellano, que presidiría más tarde la agrupación de los alcoholeros.

En una fase posterior, a medida que el poder político fue tomando cada vez más decisiones en materia económica, vinieron las subvenciones del Estado a grandes empresas, como las del carbón, las navieras, etc., y los préstamos sin interés a negocios ferroviarios.

Éstos eran tradicional coto de los políticos, y hasta Palacio habían llegado las humaredas de las locomotoras. En Levante surge la figura del marqués de Campo, ennoblecido en 1875, fundador del ferrocarril de Valencia-Játiva.

En las líneas roths-childianas de M.Z.A., está el marqués de la Gándara; en la del Norte, el director del Crédit Mobilier, Osma, suegro de Cánovas del Castillo; los Ferrocarriles Andaluces tuvieron también a Cánovas por presidente, y en los de Cáceres a Portugal figuró con relevancia don Segismundo Moret, que aparece también en otros diversos consejos de administración y, concretamente, en el del Banco de Madrid, que él organizó de acuerdo con los capitalistas franceses.

La familia Canalejas tenía intereses en catorce pequeñas compañías de ferrocarriles y Eduardo Dato era consejero de M.Z.A.

Dentro de la lógica escasez de datos acerca de materia tan poco adecuada a la publicidad, hay que sacar provecho de una referencia como la del Diario del Comercio barcelonés de 14 de noviembre de 1890, denunciando la entrada en masa en los consejos de administración de los bancos en tal época de los Cánovas, Sagasta, Martos, Balaguer, Alonso Martínez, González, Pidal, Eguilior, Canalejas, Bugallal, Becerra, Girona, Moret, Puigcerver, Salamanca, Barzanallana, etc., puesto que

Comprendieron los fundadores y directores de aquellas sociedades que era precisa la base de una decisiva influencia política para vivir y pensaron que la mejor manera de alcanzar y satisfacer sus deseos era cuajar los consejos de administración con personasjes políticos de gran fuste”.

 

Fuente: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA   (Pedro Voltes)

¿CÓMO SE FINANCIÓ EL ALZAMIENTO DE 1936? SEGUNDA PARTE.


El último embajador británico ante la Repúblico española, Sir Henry Chilton, comentó según esta línea que “la victoria de Franco era necesaria para la paz en España; que no existía la menor posibilidad de que Italia y/o Alemania dominaran España, y que, aunque el gobierno republicano triunfase (cosa que él no creía), estaba convencido de que lo mejor para Inglaterra es que ganase Franco”.

Si a la Gran Bretaña se debieron actos tan decisivos para la génesis del alzamiento, la subsistencia de éste más allá de unas primeras semanas fue asegurada por los Estados Unidos, y en concretísismo por la compañía petrolera Texaco. Sin ella, en la España de Franco no hubiera podido andar ni una moto. El gran jefe de la mastodóntica empresa, Thorkild Rieber, fue convencido por un antiguo directivo de la CAMPSA, José Antonio Álvarez Alonso, para que apoyase a Franco.

En consecuencia, dio instrucciones de que se le sirviese todo el petróleo que pudiera desear. Esta liberalidad es tanto más notable cuanto que, según contaba Manuel Aznar, la gente de Burgos todavía le ponía pegas administrativas a Rieber y adoptaba un talante fanfarrón. A varios decenios de distancia, puede ya empezar a pensarse que el petrolero de Texas sabía mejor que Burgos que la guerra sería larga.

El suministro siguió cuando quedó al descubierto el primer plazo de un escalonamiento de trimestres que se había convenido, y siguió luego, y se pagó lo que se pudo y cuando se pudo, y el petróleo nunca faltó en la España de Franco.

Por otra parte, en Burgos residió de modo permanente durante la guerra una especie de embajador de la Standard Oil, Mr. Middleton, el cual se encargaba, según Serrano Suñer, de aprovisionar  “sin límites de carburante al ejército nacional”.

Es verosímil que otras empresas petrolíferas norteamericanas, además de éstas, intervinieran en tal abastecimiento, puesto que consta por lo menos el deseo de participar en él de la Vacuum Oil Company, la cual pensaba valerse de la mediación portuguesa para la entrega.

En cambio, según es notorio y repite un libro de Dante Anthony Puzzo, los republicanos tuvieron enormes dificultades para comprar en los Estados Unidos. Roosevelt y su Gobierno establecieron una abstención y una imparcialidad tan curiosas que fracasó todo intento de adquisiciones bélicas de importancia en Norteamérica por parte de la España democrática.

Incluso se frustró un proyecto mexicano de hacer de mediador en las ventas, para que nadie pudiera acusar a los Estados Unidos de efectuar suministros a los contendientes. Sólo se vendieron a la República unos miles de camiones y un cargamento de material aeronáutico, valorado éste en cerce de tres millones de dólares, y aun con gran disgusto de Roosevelt.

Esta mercancía fue embarcada en el Mar Cantábrico, con destino Bilbao. Docenas de espías contemplaron las operaciones de carga. Cuando el buque entraba en el golfode Vizcaya fue apresado por el Canarias, y colorín, colorado. Aparte del petróleo, los Estados Unidos suministraron a Franco doce mil camiones.

Los periódicos del grupo Hearst -los mismos que habían atizado la guerra de 1898- adoptaron desde los primeros días del alzamiento la rutina de llamar “rojos” a los republicanos y  “nacionalistas” a los rebeldes.

El libro de Puzzo indica que las inversiones norteamericanas en España (más de 80 millones de dólares en 1936) estaban mayormente en territorio dominado por Franco, y Richard P. Traina escribe que, en 1938, los empresarios de aquel país preferían tratar con Burgos que con la República.

Según esta filosofía, no fue precisamente escaso el suministro de toda suerte de materiales enviado por empresas de los países democráticos a Franco.

En su artículo del año 1977 en el Journal of Contemporany History, Robert Whealey compara -entre juliode 1938 y marzo de 1939- las 5.043.400 libras esterlinas de mercancías que enviaron a Burgos las naciones del área del dólar y la libra, con las 967.860 libras que representaron las remesas de Italia y Alemania.

Fuente: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA   (PEDRO VOLTES)

 

¿CÓMO SE FINANCIÓ EL ALZAMIENTO DE 1936? PRIMERA PARTE.


En una monografía sobre esta página de la guerra civil (The Journal of Modern History, 1953),  Jonh R. Hubbard enumera, entre otras fuentes de financiación del alzamiento, las “grandes sumas entregadas voluntariamente por acaudalados españoles, muchos de los cuales, desde el establecimiento de la República, habían situado sus capitales en el extranjero, en Bancos franceses, ingleses, suizos y holandeses.

Se dijo que Juan March había entregado 15 millones de libras en metálico antes de que comenzase la guerra y se citó que la infanta Eulalia había dicho que la familia real aportó cuanto tenía, comprendiendo diez millones de dólares de Alfonso XIII. Se informó de que los simpatizantes de Franco en Sudamérica, Estados Unidos y Londres contribuyeron con un millón de libras esterlinas….”.

Deben inscribirse en el conjunto de antecedentes británicos del alzamiento las voluntades y el dinero que, sin duda, movieron en Inglaterra los empresarios de Jerez, muchos de ellos entroncados familiarmente con aquel país.

Además de sus propios resortes personales, los vinateros jerezanos y los naranjeros andaluces vendieron en Inglaterra entre el alzamiento y enero de 1937 sus productos por valor de 1.300.000 libras, que fueron manejadas por el gobierno de Burgos.

Con el tono de quien conoce ya el desenlace del drama antes de que se levante el telón, el Times decía, en fecha tan temprana como el 5 de agosto de 1936, que era más ventajoso para los ingleses tratar con los puertos de la zona franquista que con los de la republicana.

G. Jackson especifica: “Durante generaciones, Inglaterra había sido el mercado más importante de los vinos españoles de calidad. Capitales ingleses y españoles compartían el control de muchas empresas mineras y siderúrgicas en el País Vasco. Los españoles adinerados se codeaban con los residentes veraniegos ingleses en San Sebastián y Biarritz.

Hacia el 25 de julio, Juan March y Gil Robles establecieron sus cuarteles generales en Lisboa. El primero era propietario de intereses que controlaban el  Kleinworth Bank, en Londres, a través del cual financió las compras de material de guerra para el ejército insurgente”.

A este mismo nivel de contactos personales puede atribuirse que desde 1933 actuase en Londres un grupo derechista angloespañol adverso a la República.

La capital británica aparece de nuevo implicada en la conspiración contra el régimen de Madrid cuando se repasa que fue en Londres, y no en otra parte, donde Luis Bolín, que actuaba allí contra la República, alquiló a la Olley Company el avión que trasladaría a Franco de Canarias a Marruecos.

El 11 de julio de 1936, Bolín contrató como piloto al capitán Bebb, y solicitó al mayor Hugh Pollard, su hija Diana y la amiga de ésta Dorotthy Watson, que fueran a bordo para dar aspecto turístico al viaje.

No es probable que Portugal se hubiera puesto al lado de Franco, desde el primer momento, sin contar con la aprobación de Londres.

De no haberse dado este benepláctio, Salazar tampoco hubiera representado y defendido los intereses de Burgos en la Sociedad de Naciones, el Comité de No Intervención, el gobierno de Tánger y otras corporaciones donde Franco no tenía entrada, por no hablar ya de intervenciones mucho más concretas del “más antiguo aliado d Inglaterra” en favor de aquél, como fueron la recluta de voluntarios, el envío de mercancías y el uso amigable de sus puertos.

¿Más apuntes acerca de la benevolencia británica respecto a Franco? Sí, los hay. No está muy estudiada, que yo sepa, la actitud de Gibraltar respecto de los decisivos hechos de armas que ocurrieron en su área al comenzar el alzamiento, y también en relación con la guerra en el mar, pero lo poco que consta de la conducta de marinos y militares ingleses es benévolo para la causa de Franco.

Aparte de las instrucciones que pudiera recibir de Londres, es seguro que la guarnición de Gibraltar no vio con simpatía que fueran muertos los oficiales de la Armada española en Cartagena. En suma, el peñón estaba rodeado de territorio franquista y no ganaba nada aislándose de él con hostilidad.

A finales de 1937 Londres envió a Sir Robert Hodgson como agente diplomático a Burgos y Franco designó al duque de Alba como representante suyo ante aquel gobierno.

Por la misma época, Inglaterra presionó a la Francia de Léon Blum para que se abstuviera de ayudar a la República, y tuvo éxito, puesto que Blum evolucionó rápidamente hacia el neutralismo.

Por estas mismas fechas, los ingleses pactaban con Franco la continuidad de los envíos de las extracciones de Riotinto, que serían recompensados en libras esterlinas, con las obvias consecuencias favorables al cambio de la peseta de Burgos y la disponibilidad franquista de divisas.

A este regimen se agregaron meses despues las remesas de hierro vizcaino.

Fuente:  HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA (PEDRO VOLTES)

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA: CUANDO EL DINERO DEJÓ DE VALER (SEGUNDA PARTE)


Segunda entrega.

El legislador de Burgos aparenta no preocuparse todavía del aspecto más voluminoso y más serio de una economía monetaria, que estriba en el dinero que hay en las cuentas de los Bancos y Cajas de Ahorros. De él no se dice una palabra.

Toda la ofensiva se concentra sobre los billeltes: las emisiones de radio dependientes del gobierno de Burgos, sus periódicos y buena parte de los del extranjero difunden una lista de billetes del Banco de España “que valdrán” en razón de su tipo y numeración, y anuncian que todos los restantes “no valdrán”.

Con esta acción propagandística se consigue el triple propósito de confundir y desasosegar a la población de la zona enemiga, desprestigiar a la moneda de la misma en el extranjero y acelerar la velocidad de circulación del dinero en la España republicana, donde todo el mundo tiende a sacarse e encima los billetes como si quemaran.

Dejando de lado el surgimiento de una economía de trueque, sobreviene en aquella zona la avidez de compra de lo poco que hay para vender, y así se recuerdan los casos tragicómicos de que un campesino instale dos pianos en su alquería, y similares.

Esta actitud psicológica redunda en fomentar la inflación, con las obvias consecuencias de encarecimiento de precios y de distorsión mortal de todos los mecanismos económicos.

Mientras van creciendo la histeria y el aturrullamiento, las fuentes de información franquistas se callan como muertas acerca del futuro que espera a las cuentas en Cajas de Ahorros y Bancos, porque su guerra principal va contra el billete, y es éste el que les interesa destruir.

El dinero en cuenta está ya siempre más remansado y controlado y no embiste tan vigorosamente contra los precios como el billete en mano. Incluso llega a articularse entre la gente cierta vaga creencia en que, aunque el dinero de papel deje de valer, “siempre valdrán” los saldos bancarios y los ahorros, porque “responde” de ellos el Banco o la Caja en cuestión.

No es cosa de aburrir al lector con un discurso acerca de las disposiciones que van dictándose sobre estas cuestiones desde Burgos. La reacción republicana ante ellas es pobre y contraproducente: castigar a quien atesora billetes “de los que valdrán”, o quien difunde las numeraciones correspondientes. La amenaza de ir a la cárcel, ¿puede ayudar a sentir confianza en el dinero?

Cuando la guerra viene ya de bajada a partir del otoño de 1938, empieza el gobierno de Burgos a expresar su interés por el movimiento registrado por las cuentas durante la guerra, y establece como criterio de bloqueo la fecha divisoria del 18 de julio de 1936, de suerte que todo saldo posterior a tal fecha queda inmovilizado.

La vuelta a la “normalidad” se regula, el 7 de diciembre de 1939, marcando una tabla de seis períodos dentro de la guerra civil y una estimación entre el 90 por ciento y el 5 por ciento de los activos existentes en las cuentas, según su fecha y ningún otro criterio del mundo.

De este modo si un señor falleció en Barcelona durante la guerra dejando a su hijo una cartilla de ahorro con un millón, de fecha anterior al 18 de julio, y el pobre hijo se hizo cargo de la herencia, pagó el entierro, liquidó impuestos y abrió otra cartilla de ahorro a su nombre por 950.000 pesetas el día antes de la entrada de las  tropas de  Franco, este dinero se le convirtió en 47.500 pesetas en cuenta, y si lo hubiera sacado de ella en billetes republicanos, no lo habría valido nada.

¿Qué duda cabe de que en el territorio republicano se había registrado una inflación que pesaba sobre el futuro del país? Bien está. Obsérvese, empero, que en la “zona nacional” había habido también su propia inflación, de suerte que aquella peseta perdió la cuarta parte de su valor entre 1936 y 1939. Poco es en relación con la peseta republicana, que perdió las nueve décimas partes del mismo durante la guerra. Con todo, el grado de inflación de Burgos es ya bastante para desautorizar su pretensión de tener una moneda sana que toma precauciones contra una moneda enferma.

Sólo dos líneas para aludir a una página de la legislación de bloqueo y desbloqueo que resulta difícil de entender con argumentos de pura técnica hacendística. Se trata de la inmovilización de los créditos de los llamados “improtegibles”.  Bajo esta peregrina denominación se entendía, por de pronto, al erario republicano y luegos los sindicatos, partidos políticos, organismos y personas caracterizadas de su bando, así como -bastante asombrosamente por lo específico- “los aprovisionadores del enemigo, de armamento, sustancias explosivas o importadores de automóviles y camiones”, como si sólo estos capítulos fuesen de interés en el vasto catálogo de los suministros de guerra.

Se les bloquearon 3.638 millones y tras ser respetados y liquidados los derechos legítimos de los acreedores de esos proscritos, quedaron 723.052.865 pesetas a favor de los confiscadores.

Fuente: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA  (PEDRO VOLTES)

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA: CUANDO EL DINERO DEJÓ DE VALER (Primera Parte)


Una de las páginas más dramáticas de la historia de nuestra guerra civil es la anulación, por Franco, de la moneda emitida por el gobierno republicano a partir del 18 de julio de 1936, y con ella la ruina de millares de familias, empresas y entidades que se encontraban en la zona correspondiente. Es curioso que una hecatombe económica semejante no haya merecido desde el primer momento la atención adecuada de los historiadores de nuestra guerra civil, ni más tarde de las publicaciones del Banco de España o de tribunas similares.

Media España acabó de hundirse en la miseria por efecto de la anulación de los billetes que estaban circulando legalmente en ella. Quien llegara con un fajo de billetes válidos a Madrid, Valencia, Barcelona o Bilbao después de su toma por las tropas franquistas, podía comprar lo que quisiera: a su alcance se hallaban tierras, casas, empresas. Las familias del pueblo y de la base media vieron volatizarse sus ahorros y tuvieron que vender cuatro cosas entrañables que les quedaban en casa para poder comer las siguientes semanas, al tiempo que empezaban a darse a conocer empresarios geniales de nuevo cuño y gestores de negocios dotados de especial eficacia.

Billete “valido” en la zona “nacional”.

Desde los tiempos de Mendizábal, un siglo antes, no se había registrado un trastrueque de patrimonios y caudales de tales proporciones. Y esta contradanza tenía por eje las disposiciones anulatorias del dinero “rojo”, complementadas, claro está, por otras muchas medidas, y por un montaje sociopolítico creado por los listos del momento, de acuerdo con los vencedores.

Semejante cataclismo significó el momento culminante de una ofensiva sistemática que el gobierno de Burgos había desarrollado contra la economía de la zona republicana y que -como otras facetas de la contienda española- representó un refinamiento e intensificación de experiencias bélicas vividas en otros países. No era cosa nueva, ciertamente, el propósito de arruinar al enemigo, al tiempo que se peleaba contra él en el campo de batalla, pero el caso español trajo novedades de bulto respecto de guerras civiles como la carlista, la de secesión norteamericana, la rusa de 1917 en adelante, la mexicana y otras, dentro ya de la época del billete de Banco.

El Banco de España en Burgos.

En nuestro país al Banco de España de Madrid le nació un sosia en Burgos, que operó con su mismo nombre, de modo que hubo dos Bancos de España puestos a hacer billetes y el republicano siguió emitiendo en parte los mismos billetes que antes del 18 de julio, con la honradez y la ingenuidad de darles numeración seguida y ordenada, lo cual hizo posible la ofensiva franquista contra ellos.

Semejante guerra monetaria tuvo por punto de partida el decreto-ley del gobierno de Franco de 12 de noviembre de 1936, por el cual el Banco de España (de su zona, claro está) no reconoció validez a los billetes puestos en circulación después del 18 de julio. La disposición añadía, como quien no quiere la cosa, la obligación de estampillar los billetes válidos, y que los particulares presentasen declaración jurada “de su personal pertenencia y legítima posesión”. Si esta declaración fuese falsa, se calificaría de auxilio a la rebelión, con la consiguiente pena de reclusión temporal y multa.

Sello para estampillar los billetes.

Con estas medidas se introducen en el país dos grandiosas novedades jurídico-políticas: primera, que los billetes ya no son un documento pagadero al portador, sino que además hay que justificar (se supone que a satisfacción de la autoridad) la propiedad de los mismos; y segunda, que comienza en la historia moderna del Derecho español la posibilidad de ir a la cárcel por un delito monetario o fiscal.   Este peligro se perfilaría y confirmaría en varias leyes posteriores que han ido creciendo hasta hoy.

Hay que anotar, sobre la marcha, que el Banco de España de la zona sometida al gobierno de Burgos emitió, apenas pudo, sus propios billetes, diferentes de los de anteguerra, y que en los meses sucesivos éstos ya no fueron estampillados, en ocasiones tales como la ocupación de Santander, Asturias y Bilbao, sino canjeados por los nuevos billetes, siempre con el obligado acompañamiento de la declaración jurada de marras. Las sucursales del Banco de España y, en su defecto, los ayuntamientos tenían facultades para rechazar las declaraciones que no les pareciesen correctas, lo cual equivalía a poner al interesado a pedir limosna.

FUENTE: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA  (PEDRO VOLTES)

LA INCULTURA ES UN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA


Hay un consenso bastante generalizado entre los analistas sobre que, en la
actualidad, es constatable la creciente incapacidad de muchos ciudadanos
para ejercer con rigor su voto y tutela democráticos. Gran parte de la ciu-
dadanía se desentiende de lo público común y se retira a lo privado, ya sea
a un ocio banalmente reducido a mera diversión, ya sea profesionalmente a
un trabajo superespecializado y fragmentario.

La evolución de la sociedad moderna ha tendido a magnificar la vida priva-
da en detrimento de la pública, de la política colectiva y de la buena salud
de la democracia. Puede parecer una paradoja, pero la misma modernidad
que edificó la democracia, la está banalizando o debilitando su salud a me-
dida que desvía los esfuerzos e intereses de los ciudadanos hacia lo privado.

Por una parte, la vida profesional “privada” concentra y exige cada vez más
los esfuerzos continuados de la población. Además, otra amplísima parte
del tiempo y disponibilidades restantes se dedican a una vida aún más “pri-
vada” de ocio, consumo y diversión.

El ciudadano moderno siente una indudablemente fuerte presión para que
mantenga y acreciente su capacitación productiva, profesional, especializada
y experta. Sin ninguna duda siente una muy similar presión para consumir
los más variados productos y llenar satisfactoriamente su tiempo de ocio y
esparcimiento.

Nada que objetar a todo ello pues son claramente las dos di-
mensiones clave de la actual sociedad avanzada: conocimiento y alta produc-
tividad tecnológica, pero también consumo y espectáculo.

No obstante muchas veces se obvia el precio pagado por ello, el costo subyacente de relegar a
la vida política “pública” a un segundo plano. Por ello languidece y se debilita
la exigencia ciudadana de atender colectiva y democráticamente a las difi-
cultades globales crecientemente complejas de las sociedades actuales. Sigue leyendo

SOCIEDAD DE LA IGNORANCIA


Se ha convertido en un tópico vincular la “condición postmoderna” con el
enorme incremento de las actitudes cínicas, desconcertadas, angustiadas,
nihilistas, “pasotas”, “escapistas”… Evidentemente tiene que ver con una
profunda crisis de valores, pero nos proponemos apuntar que seguramente
también tienen que ver con la percepción -por gran parte de la población-
de que hoy las convicciones, las certezas y las verdades ya no son igual-
mente posibles como ayer.

“Condición Posmoderna”

A pesar que nadie duda del enorme incremento en el conocimiento colectiva-
mente disponible por la humanidad, los individuos perciben que sus convic-
ciones, certezas, verdades y consolidados valores “personales” han disminui-
do en número, en solidez y en seguridad.

Inconscientemente, la gente intuye
que un proceso malthusiano en el saber “corroe” las certezas, los valores y
los ideales que les acompañaban; pues cada vez más les falta la cultura y
perspectiva globales necesarias para acogerlos y defenderlos racionalmente.
La sociedad, los valores y los saberes han perdido su anterior solidez y hoy se
muestran fluidos, líquidos (como ha teorizado Zygmunt Bauman).

“Sociedad líquida”, “obsolescencia de las ideas”.

En la modernidad, y durante siglos, la identidad de las personas solía estar
muy vinculada al trabajo o a la profesión ejercida (Weber hablaba de “voca-
ción”), que –se suponía- era para toda la vida –al menos si era exitosa.

El sociólogo Richard Sennett denuncia la “corrosión del carácter” que a su parecer
produce el capitalismo avanzado, pues: “¿Cómo pueden perseguirse objetivos
a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo sostener relaciones so-
ciales duraderas? ¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su
identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmen-
tos? (…)

el capitalismo del corto plazo amenaza con corroer el carácter, en
especial aquellos aspectos del carácter que unen a los seres humanos entre sí
y brindan a cada uno de ellos una sensación de un yo sostenible.”

Todo lo anterior apunta a lo que podemos llamar la “alienación postmoderna”. Sigue leyendo

LA BIBLIA DESENTERRADA


Entre las investigaciones y estudios realizados en los últimos años destaca especialmente el trabajo de dos arqueólogos e historiadores, el israelí Israel Finkelstein y el estadounidense Neil Asher Silberman. En el año 2001, ambos publicaron La Biblia desenterrada (siglo XXI Editores, 2003), un ensayo en el que plasman las conclusiones obtenidas tras años de excavaciones y estudios en  Tierra Santa. Fue un libro polémico, que levantó ampollas en círculos religiosos y académicos, especialmente en Israel. No en vano, sus planteamientos -cercanos a la línea de la corriente minimalista, aunque con matices- ofrecen una visión radicalmente distinta sobre la presunta historicidad de pasajes importantes de la Biblia hebrea.

Entre otras cosas, el libro pone en duda la historicidad de la vida de Moisés, del Éxodo y de otros muchos pasajes del Antiguo Testamento, después de analizar minuciosamente los datos obtenidos durante sus excavaciones arqueológicas. Entre las desestabilizadoras conclusiones a las que llegaron se encuentran la negación del pasaje de las murallas de Jericó, presuntamente derribadas por el sonido de las trompetas del ejército del “Pueblo Elegido”. Para desgracia de los creyentes más conservadores, las excavaciones desvelaron que en el siglo XIII a.C. Jericó era apenas un pequeño poblado, que carecía de muralla. Tampoco David y su hijo Salomón parecen ser los grandes monarcas que describe el Antiguo Testamento.

Según la Biblia, el reino de Israel en aquella época poseía un gran poderío, con una fuerte capital, Jerusalén. Las prospecciones tampoco han dado la razón a tales aseveraciones, ya que lo que han sacado a la luz demuestra que en la época de estos dos reyes Jerusalén era una pequeña población, nada que ver con la imagen poderosa que ofrece la Biblia. Además, según Finkelstein y Asher, resulta imposible que Moisés escribiera el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), entre otras cosas porque el Deuteronomio, el último de ellos, “describe el momento y las circunstancias exactas” de la muerte del propio Moisés.

El Éxodo tampoco tiene muchos visos de verosimilitud. Según los textos sagrados, cientos de miles de judíos fueron guiados por Moisés a través del desierto antes de alcanzar el monte Sinaí. Sin embargo, según los arqueólogos, los archivos egipcios de la época, que por lo general dejaban constancia escrita de cualquier suceso relevante ocurrido en su territorio, no hacen ni una sola mención a semejante masa humana vagando por las arenas del desierto. Sigue leyendo