El “Che” Guevara: las cenizas del héroe

FUENTE: “CHE” GUEVARA (HORACIO DANIEL RODRIGUEZ).

Así, pues, el “condottiero” ha muerto. Pero en el mismo momento el mito ocupa su lugar. O se pretenderá hacerlo. Castro se ocupara de que no ocurra. En ello le va, en parte, la continuidad de su poder.

La última aventura de Guevara concluye con la muerte. Algunos han creído ver en su migración al monte boliviano un deseo particular de hallar la muerte. Es una interpretación posible. Pero sobre los resortes psicológicos de los muertos es difícil opinar. Lo cierto es que muere en su ley, en el mismo ambiente natural en el cual formó sus ambiciones y forjó sus fantasías de niño, púber y adolescente.

Y, más precisamente, en esa otra ley que acunó en el cénit de su vida: la ley del nuevo poder de los guerrilleros. Irónicamente, la guerrilla boliviana, cuyos móviles nacionales o meramente estratégicos no aparecen claramente determinados, de la que no se sabe exactamente si responde a un intento de “liberar” al campesino boliviano o de servirse de una cuña circunstancial; ambas condiciones más bien deportivas, aunque de un deporte que compromete íntimamente muchos aspectos del individuo, hasta su misma vida. La moral y la personalidad de Guevara no aparecen forjadas hasta el momento en que se convierte en un soldado de la guerrilla. En ella, por consecuencia, parece concluir su vida errabunda. La fuerza de los acontecimientos que encarna junto con sus iguales, lo detienen momentáneamente en su camino.

Y esa condición de soldado le vincula más estrechamente con el ideólogo que había en él, ideólogo del soldado. Todos sus otros escritos giran en torno a las nociones básicas de “Guerra de guerrillas”. Allí teoriza, si no sobre la revolución, al menos sobre la organización, necesidades y comportamiento de la guerrilla, sobre la administración y conducción del grupo guerrillero y las bases claves para su subsistencia. Difícilmente se hallará un aporte original en cuanto a estrategia guerrillera. Es un grupo humano combatiente lo que interesa en el libro y lo que consume el noventa por ciento de sus cuarenta mil palabras.

Y como soldado, teórico del soldado, Guevara será un exponente del soldado en el poder, del grupo guerrillero que asciende a la responsabilidad de conducción social y política, en virtud de sus armas y del grupo nuevo en demanda de un nuevo status. Ganar una guerra contra el Ejército” no implica tanto hacer revolución, como asegurar el triunfo del grupo guerrillero.

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El perfume: nacimiento del mago-monstruo de los olores

FUENTE: EL PERFUME (PATRICK SÜSKIND)

En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relateremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouché, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguna a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altenería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.

En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y a excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaban la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.

Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronnerie, o sea, el Cimetière des Innocents. Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hôtel-Dieu y de las parroquias vecinas, durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían acumulado los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado  y abandonado después de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre. Una vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres. Sigue leyendo

Lope de Aguirre: el viaje

FUENTE: LOPE DE AGUIRRE, Principe de la libertad  (MIGUEL OTERO SILVA)

¿Nombre? Lope de aguirre. ¿Edad? Veintidós años. ¿Padres? Esteban de Aguirre y Elvira de Araoz. ¿Barco que tomará? El San Antonio. ¿Puerto de llegada? Cartagena de Indias. ¿Profesión? Labrador.

Hube de decir labrador y no soldado ya que aquella navegación requería labradores y no soldados. El San Antonio zarpó de Sanlúcar de Barrameda el día doce de mayo de mil quinientos treinta y cuatro, los torreones se perdieron de vista al mediodía, castigaba las cabezas un sol indigno de primavera. El San Antonio formaba pareja con el San Francisco, éste se haría a la vela tres horas más tarde. Eran dos curtidos veleros de estirpe veneciana, habían dado tumbos luengos años en aguas mediterráneas, transportando mercaderías cristianas y huyendo de las galeras moras. El contador andaluz Rodrigo Durán los compró en Nápoles a precio de desecho, les mandó dar una mano de pintura gris para volverlos más tristes, los destinó para comerciar con el Nuevo Mundo, podían llegar o no llegar. El San Antonio era una carraca de ciento cincuenta toneladas de carga y más de doscientos seres vivientes a bordo: el propietario don Rodrigo Durán que era el jefe en tierra, el piloto que era el jefe en alta mar, el contramaestre, los marineros, los grumetes, el mayordomo, el cocinero, el carpintero, el tonelero, el barbero que presumía también de médico, el boticario, los escribanos, los soldados, los veedores, los clérigos, las monjas, los labradores con sus correspondientes labradoras, las ovejas, los cerdos, las aves de corral y yo, Lope de Aguirre. En cuanto al fardaje inanimado, estaba compuesto por pellejos de aceite y panzudos barriles de vino, un rimero de cajas de variado contenido no adivinable, amén del bagaje de los pasajeros que incluía desde las camas para dormir en el Nuevo Mundo hasta los jamones y galletas para alimentarse en la travesía. Apenas quedaba sitio donde tenderse a dormir, donde hincarse a rezar el rosario, donde arrinconarse a desahogar las necesidades del cuerpo.

La pesadumbre se agravó cuando comenzó a corcovear el barco y a marearse la gente que en su mayoría no era marinera ni siquiera de río. La primera en vomitar fue una de las labradoras, había comido chorizos, la siguió uno de los clérigos conmovido y contagiado del lastimoso espectáculo, nadie se contuvo de allí adelante, había que caminar por sobre aquellas gelatinas, era forzoso respirar aquellas agrias fetideces, yo no vomité por pura tozudez oñatiarra. Sigue leyendo

El triunfo de Pablo sobre los Apóstoles y el nacimiento de una nueva religión: el cristianismo

En el año 58 Pablo está de vuelta en Jerusalén, a pesar de los ruegos de sus partidarios, que evidentemente temen que haya problemas con la jerarquía y le suplican que no vaya. Vuelve a reunirse con Santiago y con la jefatura de la comunidad de Jerusalén.

Empleando la conocida fórmula qumraniana, expresan la preocupación que comparten con otros “fanáticos de la Ley”, de que Pablo, en sus prédicas a los judíos que viven en el extranjero, los aliente a renegar de la Ley de Moisés. Es, desde luego, una acusación justificada, como sabemos por las epístolas de Pablo. Hechos no registra su respuesta.

La impresión que se nos transmite es que él miente, perjura y niega las acusaciones. Cuando se le pide que se purifique durante siete días -para demostrar la injusticia de las acusaciones y su continua observancia de la Ley-, consiente de buena gana en hacerlo.

Pero unos días más tarde vuelve a chocar con los “celosos de la ley”, que son bastante menos moderados que Santiago. Al verlo en el Templo, una multitud de piadosos lo ataca. “Éste -dicen, furiosos- es el hombre que va enseñando a todos por todas partes…contra la Ley” (Hechos 2I:28 y ss.).

Se produce un tumulto y Pablo es arrastrado fuera del Templo, con riesgo para su vida. En el momento crítico es rescatado por un oficial romano que, al ser informado del tumulto, aparece con un séquito de soldados. Pablo es arrestado y encadenado, aparentemente por la sospecha inicial de que es el jefe de los sicarios, el cuadro terrorista zelote.

Desde ese momento, la narración se vuelve cada vez más confusa, llevando inevitablemente a sospechar que se han alterado o expurgado algunas partes. Según el texto existente, Pablo, antes que los romanos se lo lleven de allí, protesta diciendo que es judío de Tarso y pide permiso para hablarle a la multitud que ha tratado de lincharlo. Sigue leyendo

Agricultura e Industria, las dos primeras revoluciones humanas

FUENTE: MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO (Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers).

“El éxito de la Revolución Industrial, como los éxitos más limitados de los cazadores-recolectores y de la agricultura, llevó eventualmente a nuevas escaseces, no sólo de la caza, no sólo de la tierra, no sólo de combustible y metales, sino de la capacidad de absorción del medio ambiente.

En consecuencia, se ha creado la necesidad de otra revolución.”

Hace unos 8.000 años, la población humana, tras eones de una lenta acumulación, totalizó la enorme (para su época) cifra de unos 10 millones de personas. Esta población vivía como tribus de cazadores nómadas, pero su número alcanzó a desbordar el número disponible de plantas y piezas de caza que hasta entonces habían abundado en su entorno. Para adaptarse al problema de la desaparición de los recursos salvajes hicieron dos cosas. Algunos intensificaron su estilo de vida migratorio. Comenzaron a abandonar sus predios ancestrales de Oriente Próximo y África y poblaron el resto del mundo rico en caza.

Otros pueblos comenzaron a domesticar animales y cultivar plantas, y a consecuencia de ello se hicieron sedentarios. Ésa era una idea totalmente nueva. Con la simple medida de quedarse en su sitio, los protogranjeros alteraron la faz del planeta y el pensamiento de la humanidad de formas que nunca podían haber imaginado. Sigue leyendo

LA ROPA INTERIOR, EL BIENESTAR CORPORAL Y LA SENSUALIDAD

Además de obstaculizar el paso del aire, la ropa interior -como cualquier prenda que lleve elásticos- representa un impedimento no sólo para el drenaje linfático, sino también para el movimiento uniforme de la franja conectiva, el tejido continuo que en el cuerpo vincula cada parte con el resto y que es en gran parte responsable de la integración y la sensualidad de los gestos.

Si se usan calzoncillos de corte horizontal, el esquema corporal registra un tipo de interrupción a la altura de la ingle y de la cintura que separa las piernas del tronco. Aunque no siempre es fácil darse cuenta, es una sensación muy clara para quien trabaja con el cuerpo y es accesible a quien le preste un poco de atención.

En cambio, cuanto más corto es el calzoncillo, más integrado es el movimiento de la pierna con el tronco, en el interior de un sistema contralateral -por lo que cada movimiento de la pierna izquierda pasa en diagonal por el tronco hasta provocar un desplazamiento del hombro derecho y viceversa- que es el más eficiente desde el punto de vista de la distribución del trabajo.

El psoas (el poderoso músculo que conecta la pierna a la parte inferior de la columna) está, por lo tanto, libre de trabajar, permitiéndole a toda la columna vertebral participar fluidamente en cada movimiento. Cosa que no se verifica tan fácilmente si la pelvis está fajada con un par de calzoncillos consistentes o cortados por un elástico horizontal.

No es casual que los movimientos físicos de poblaciones como las brasileñas o caribeñas donde la preferencias de lo íntimo están ligadas a prendas más pequeñas, ligeras o anchas, sean tan distintos de las poblaciones que utilizan sobre todo ropa interior alta. Con algo de experiencia, se vuelve fácil intuir qué tipo de separaciones o conexiones presentará un cuerpo en países distintos, simplemente observando el tipo de ropa interior que se vende en los grandes almacenes.

La eliminación del objeto en sí, y en cierta medida su reducción, puede resolver en muchos casos un corte horizontal del esquema corporal y algunos de los problemas a los que están conectados.

A nivel corporal se observa frecuentemente cierta proporcionalidad entre el tamaño y la adherencia de la ropa interior usada y las tensiones musculares presentes en la pelvis. Por un lado, los dos hechos se asocian de manera espontánea como respuesta a las estrategias individuales.

No sólo usar ropa interior grande y ajustada induce a tener la pelvis más cerrada, sino también que cuanto más se tiende a cerrar muscularmente, emotivamente o energéticamente la zona más cercana a los instintos básicos, más se busca ropa interior importante.

Una mujer, por ejemplo, podría sentir la necesidad de usar un vasto arsenal de bragas y medias para protegerse psicológicamente de la invasión real o imaginaria que atribuye a los hombres.

Cualquier estrategia que ayude a mantener cierto tipo de distancia -cuando se siente la necesidad- es oportuna e importante. Para otros, en cambio, reducir la prenda íntima o eliminarla del todo podría representar la caída de la última barrera destinada a proteger una frontera ya vaga.

Para darse cuenta directamente de cómo el problema de la ropa interior no es tanto una dinámica higiénica como emocional, es suficiente con proponer este asunto a un grupo de amigos y observar sus reacciones.

Si se hace, casi seguramente vais a recoger muchas opiniones discordantes, como es obvio desde el momento en que nadie tiene una verdad válida para todos. Pero es interesante observar el tipo de reacción emocional que genera la cuestión en las personas.

Si se notan reacciones encendidas, enojadas, molestas, rígidas, agresivas o de alguna forma cargadas emocionalmente, podéis estar seguros de que el tema, más allá de su validez teórica, es fuente de ansiedades profundas.

 

Las cosas pueden estar cambiando

Sin embargo, si se tratase exclusivamente de un problema técnico, expresarían sus dudas sin un compromiso emocional concreto, como ocurre cuando se hacen afirmaciones del tipo: “La lana protege del calor mejor que el algodón”, que quizás puede generar pareceres que contrastan pero no vivencias emocionales relevantes.

Prescindir de la ropa interior, por otro lado, tanto para una mujer como para un hombre puede ser realmente traumático: no se pueden saltar por encima siglos de condicionamientos culturales sólo por voluntad. En cambio, puede ser interesante observar ciertas relaciones entre cultura, cuerpo y emotividad.

En el fondo, hace tiempo se pensaba que el mundo terminaba en las Columnas de Hércules. Luego se entendió que no era precisamente así, pero el hecho de saberlo no implicaba que fuese un deber aventurarse más allá de aquella frontera. A lo sumo, que el mapa se convirtiese, en aquel punto, en un mapa más realista que el anterior.

 

fuente: PENSAR con el cuerpo (Jader Tolja y Francesca Speciani).

 

A PROPÓSITO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: BAILÉN, UN PASAJE DE ESA HISTORIA

FUENTE: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA (PEDRO VOLTES).

No hay guerra que no cuente con el triste aditamento de la presencia de combatientes extranjeros en los dos bandos, axioma éste que podría ser dolorosamente ampliado con otro: muchas son las guerras extranjeras -como la Segunda Mundial- donde hay españoles peleando también en ambos lados.

La valoración de muchos de los episodios de la Guerra de la Independencia queda mejor resuelta si se tiene noción clara de este factor y color. En el lado español -aun antes de que llegasen las tropas inglesas, que tampoco lo eran al ciento por ciento- existían unos regimientos extranjeros, principalmente suizos, que, para colmo de confusión, tenían composición distinta de su nombre, de suerte que estaban formados por una gran mayorìa de alemanes, polacos, italianos y también españoles hijos de suizos. Sigue leyendo

EL TRABAJO COMO UNA PROLONGACIÓN DE LOS ESTUDIOS

FUENTE: ANTE UNA EDAD DIFÍCIL (Joan Corbella Roig, Carmen Valls Llobet).

El trabajo debería ser, por lo menos en las primeras etapas, la prolongación de los estudios efectuados, la aplicación práctica de los conocimientos teóricos que el adolescente ha recibido durante los años de formación. A ello cabría añadir los aspectos de aprendizaje de la relación con las personas que integran el ambiente laboral y de maduración en las distintas enseñanzas de la vida.

Los responsables de dirigir y encauzar los primeros pasos del joven por el mundo del trabajo deberían continuar la labor formativa de la escuela en el sentido de emplear el tiempo que sea necesario para corregir los errores, enseñar técnicas concretas, mejorar la realización de las tareas encomendadas, fomentar el interés y la motivación. De este modo, el paso de la escuela al trabajo no sería tan traumático y, a la larga, tendría como consecuencias beneficiosas la satisfacción por el trabajo realizado y una mayor especialización profesional. La productividad también aumentaría, pues como secuela se garantizaría la continuidad en el puesto de trabajo y se eliminarían los continuos cambios de empleo, tan corrientes en la actualidad, perjudiciales tanto para trabajadores como empresarios. Invertir en la educación de los trabajadores es un bien para todos, empleados y empresas. Sigue leyendo