A diferencia de las plantas, que tienen raíces, los animales tenemos patas. En especial, los humanos somos bípedos eficientes y bien preparados para la marcha. Desde que el género humano surgió en África hace más de dos millones de años, varias veces nuestros ancestros han sentido el impulso migratorio y han abandondado el solar africano para desparramarse por el ancho mundo.
Las migraciones no tienen nada de nuevo; son lo que llevamos haciendo desde nuestros orígenes. Solo los Estados soberanos, con sus fronteras, aduanas, pasaportes y visados, han impedido el libre movimiento de la gente.
En la medida en que tenga sentido hablar de derechos humanos, sin duda la libertad de movimientos, de tránsito y de migración debería estar al comienzo de la lista.
Cuando las cosas van mal dadas, el derecho a emigrar es más importante que el derecho a votar. Cuando Hitler empezó a exterminar a los judíos de Europa, nada era tan importante para ellos como escapar. La mayoría de los que emigraron lograron sobrevivir; incluso empezaron vidas nuevas, con frecuencia fecundas y exitosas. Los que se quedaron perecieron.
Aunque no tan dramática, también la miseria, la corrupción y la guerras civiles que hacen la vida extremadamente difícil en muchos países subdesarrollados son una poderosa razón para ponerse en movimiento en busca de pastos más verdes y de condiciones socioeconómicas donde uno pueda poner en valor su fuerza de trabajo y su capacidad de iniciativa. Sigue leyendo


