Prosopagnosia, del griego πρόσωπον: aspecto, y de ἀγνωσία: desconocimiento. Termino acuñado en 1947 por el médicoJoachim Bodamer, quien la definió en los siguientes términos: “Es la interrupción selectiva de la percepción de rostros, tanto del propio como del de los demás, los que pueden ser vistos pero no reconocidos como los que son propios de determinada persona”
La definición sigue siendo vigente, pues sirve para caracterizar el trastorno sin diagnosticarlo o pronosticarlo, no obstante ahora sabemos que puede tener distintas características.
A pesar de que se creyó que la misma era consecuencia de un traumatismo en el cerebro, actualmente se han documentado casos de personas que la padecen desde su nacimiento.
No obstante que la incapacidad de ver rostros es la característica de este trastorno, en algunos casos se pueden percibir los rostros de familiares o amigos cercanos, siempre y cuando tengan algo que les caracterice extremadamente. Por ejemplo, en “El hombre que confundió a su mujer con su sombrero” de Oliver Sacks, se habla de un hombre con prosopagnosia, que únicamente reconocía a tres personas de su trabajo: una de ellas por un llamativo lunar que tenía en la mejilla, otra por ser extremadamente alto y delgado, y la otra por que tenía un tic en un ojo que hacía que lo cerrara constantemente. Por ello, su mujer siempre iba con un gran sombrero llamativo, con el fin de que su marido la reconociera.
Ciertos pacientes pueden percibir con mayor claridad, aun cuando sea en forma borrosa, los rostros de las mujeres y no los de los hombres, y viceversa.
A pesar de que los sujetos que padecen este trastorno pueden identificar los órganos que se encuentran en la cara, son incapaces de recordar la exacta ubicación de los mismos dentro de la cara.
El trastorno también ha sido diagnosticado como un padecimiento psicológico, aun cuando se ha documentado que es somático.
Quien padece de Prosopagnosis puede recordar, de la misma manera que cualquier otra persona, quienes son sus amigos, familiares y personas con las que se relaciona, incluso recuerdan el cabello y los tonos de la piel, los aromas, la voz y todo lo que en general se denomina “contexto” de la persona, sin embargo no pueden ver o comprender el rostro de las personas, no reconocen gestos, emociones.
A pesar de que este trastorno era conocido desde antes del siglo XX, especialmente por referencias de los escritores de diferentes épocas, no fue hasta el siglo XX cuando se pudo documentar médicamente el primer caso.
Durante la Segunda Guerra Mundial, después de que un teniente del ejército alemán fuera apresado y atendido de una herida en la cabeza, los médicos constataron el hecho de que el paciente no podía ver los rostros de las personas, no obstante de que por lo demás gozaba de un estado saludable y no había ningún otro perjuicio en su vista. Sigue leyendo →
El primer mandamiento es no levantarse, vencer a la luz con la voluntad de tinieblas, pero nunca lo logra, nunca lo ha logrado. Si le hubieran dicho que no se tenía que levantar más, se habría instalado en la oscuridad sin inmutarse. Si al menos le hubieran dicho levántate, habría resistido, tal vez lo habría logrado. Eso sí que le importa. Que le den órdenes, que le digan ahora, que le digan haz esto. Pero a nadie le importa que se levante o no se levante.
Mide el mundo por las rendijas de la persiana. Es áspero y frio. Es un lugar ajeno y siente que algún día no lo fue, que ese mundo era un territorio conocido y hasta placentero, pero que eso tal vez fue antes de nacer, en un tiempo en el que no había divisiones, día y noche, noche y día. No cuenta los golpes, no cuenta las noches sin dormir, ni tampoco las cicatrices. Huele a agrio en el piso y se respira un aire muchas veces respirado, agotado y ya inservible, y ese no es el aire del mundo que entonces habitaba y que no era ajeno y frío ni desconocido.
Se levanta por fin. No porque deba, sino porque quiere escapar. Siempre lo hace con el pie izquierdo al tiempo que se santigua con la mano derecha, pero hoy pone despacio los dos pies en el suelo y se agarra con las dos manos al borde del somier. No pasa nada. Sale del cuarto, el grifo de la cocina gargajea y de vez en cuando suelta aire, pero no agua. Està cortada. La luz no, esta vez no.
En el espejo del cuarto de baño hay un extraño y el extraño está en el espejo, que el cuerpecito lo tengo moraíto como un lirio, y si Dios me diera la muerte acabarían mis martirios. Son unos tientos, pero él no lo sabe porque no sabe nada de música, ni mucho menos que los cantaba Camarón.
Lo oyó una vez en la radio del patio y se le quedó dando vueltas para siempre en la cabeza porque entonces era él el que tenía el cuerpecito como un lirio, sí, y porque también él quería mejor estar muerto que castañeteando los dientes de miedo, porque sí, de esa forma acabarían sus martirios. Que el mío cogeré, que el mío, cogeré, sigue tú por tu camino, que yo el mío cogeré.
Su padre ronca y duerme y dormirá roncando con un brazo peludo colgando y un reloj falso brillando como brilla el oro falso, con la correa a medio desabrochar. El brazo que mide la longitud del mundo. El brazo que sostiene la mano, la mano que a veces se cierra. Ya no le da miedo, la suya es igual de grande. Padre duerme, madre no. Madre finge que duerme, o se engaña a sí misma, también para no sentir y para no saber. Sigue leyendo →
Si llamamos prostitución a conseguir dinero, fama o estatus social a través de la belleza, ¿por qué no llamamos también prostitución a conseguir afecto, ternura, una auténtica relación de pareja, es decir amor, a través de la belleza?
Nos hemos puesto de acuerdo para condenar el trueque consciente y premeditado de belleza a cambio de dinero o de otro tipo de beneficio económico y llamarlo prostitución.
El hombre es un ser social que depende de los demás y está obligado, por tanto, a intercambiar sus dones y talentos, tanto en las relaciones más sencillas (tú me das pan, yo te doy leche) como en las más intrincadas, complejas y contradictorias, como son las amorosas.
El hombre y la mujer son seres sociales
Todo es un mercado en el que ofrecemos lo que tenemos y lo que nos hace deseables como hombres, amigos, aliados o miembros de un grupo. El trueque es el verdadero principio que regula la sociedad.
En sociedad, todos vendemos nuestro pellejo, tanto en un sentido figurado como literal. Sigue leyendo →
La semana de los libros prohibidos es una iniciativa nacional organizada por bibliotecarios con el fin de difundir el esfuerzo de algunas organizaciones por retirar ciertas obras de los estantes.
Es difícil pensar que un libro sobre seres tan inofensivos como los pingüinos pueda ser objeto de encendidos debates. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió con “Tres con tango” en Estados Unidos. El libro, escrito por Justin Richardson y Peter Parnell, relata la historia de dos pingüinos macho que crían un pichón huérfano. La historia, basada en un caso real ocurrido en el zoológico de Central Park de Nueva York, plantea la delicada cuestión de qué es lo que constituye a una familia. “Tres con tango” se ubicó entre los 10 libros más censurados en Estados Unidos desde su primera publicación en 2005.
La censura de libros
La proscripción de libros no es nueva en Estados Unidos. La Ley Comstock de 1873 fue la primera norma nacional que prohibió la distribución de obras “obscenas y/o lascivas”. A principios de los años 80 del pasado siglo hubo un aumento repentino de la cantidad de libros censurados en bibliotecas, escuelas y librerías, que alarmó a los bibliotecarios. Sigue leyendo →
La trompeta había dado paso a un enorme volumen de ruido. Una voz excitada gritaba en la telepantalla, pero apenas había empezado fue ahogada por una espantosa algarabía en las calles. La noticia se había difundido como por arte de magia. Winston había oído lo bastante para saber que todo había sucedido como él lo había previsto: una inmensa armada, reunida secretamente, un golpe repentino a la retaguardia del enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre el estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: “Amplia maniobra estratégica… perfecta coordinación… tremenda derrota… medio millón de prisioneros… completa desmoralización… controlamos el Africa entera… la guerra se acerca a su final… victoria… la mayor victoria en la historia de la Humanidad. ¡Victoria, victoria, victoria!”.
Bajo la mesa, los pies de Winston hacían movimientos convulsivos. No se había movido del asiento, pero mentalmente estaba corriendo, corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la multitud, gritaba hasta ensordecer. Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano.
El Gran Hermano te vigila
¡Aquél era el coloso que dominaba el mundo! ¡La roca contra la cual se estrellaban en vano las hordas asiáticas! Recordó que sólo hacía diez minutos -sí, diez minutos tan sólo- todavía se equivocaba su corazón al dudar si las noticias del frente serían de victoria o de derrota. Sigue leyendo →
He dejado de enseñar la literatura española medieval. Aunque comencé como medievalista, con una tesina sobre la General Estoria de Alfonso X 1, he cambiado mi carrera a otros campos de investigación y de enseñanza.
En parte, mis experiencias han sido especialmente agudas porque enseño principalmente a estudiantes extranjeros — norteamericanos en su mayor parte. Estos estudiantes dominan imperfectamente el castellano. No entiendo en qué estarán pensando los que diseñan programas de estudio que comienzan con el Cid. Para estos estudiantes, su primer contacto con otra cultura que la suya, a veces su primer contacto con la literatura escrita, es este texto lingüística y culturalmente remoto.
He pensado muchas veces que la historia de la literatura debería enseñarse al revés, comenzando con las obras actuales, las más cercanas a nosotros, las más accesibles. Después pasando a estudiar sus antecedentes, sus fuentes, sus modelos y por último, como remate o como curso avanzado, las tinieblas de la literatura oral de la que ha descendido toda la literatura escrita. No se hace así, y acaso podéis imaginar el absurdo que es comenzar la enseñanza de la cultura española con el Cantar del Çid o peor todavía, las jarchas. Pero es la realidad.
No es sólo una cuestión de enseñar a extranjeros, o de cómo enseñarles. Al pasar los años, me ha molestado cada vez más la temática de algunas de las obras que tenía que enseñar. Las Coplas de Jorge Manrique enseñan que se gana el cielo con sangre de moros. En el Cantar, Rodrigo Díaz de Vivar estafa a judíos, mata a moros y cobra parias como si fueran justas y normales. No hay nada paralelo en las otras literaturas cristianas peninsulares, ni en la literatura hispanoárabe — aunque sí, curiosamente, en la hispanojudía.
Se empobrece a la literatura española.
Pero el colmo fue mi progresiva realización de la visión empobrecida de la literatura medieval española que se encontraba en todas las antologías e historias de la literatura a mi alcance. Un ejemplo obvio. Todos sabéis que en Valencia se publicó en 1490 una novela importante, Tirant lo blanch. ¿En qué antología, en qué historia de la literatura española se encuentra? Sí en alguna, pero son raras excepciones que hay que buscar. ¿Y El collar de la paloma? Creo que en ninguna.
La literatura medieval española suele identificarse con la literatura medieval castellana, y unas pocas veces con las literaturas cristianas hispánicas. Las clases, las antologías, las historias de la literatura española, en cuanto al período medieval, incluyen lo castellano y casi exclusivamente lo castellano. Lo no castellano, y desde luego lo no cristiano, no puede ser español.
Después de comenzar a fijarme en ello, he notado cuán general es esta actitud. Se puede reunir fácilmente ejemplos. Coged no cualquier historia, pero casi cualquier historia de la literatura medieval. Por citar una entre muchas: Breve historia de la literatura española de Carlos Alvar, José-Carlos Mainer y Rosa Navarro (Madrid, Alianza, 1996).
Toda esta literatura “española” está escrita en lengua castellana; la catalana, entonces, no es española. Charles Faulhaber estudia las bibliotecas perdidas de la España medieval, y no se le ocurre mencionar las más ricas: las cordobesas del Califato2. Un coloquio sobre “Las lenguas de la España medieval” se limita a las literaturas románicas. Para mayor sorpresa, se celebró hace poco en la Universidad de Nuevo México un coloquio sobre “Mil años de literatura ibérica“, nada menos, que se limita a las literaturas románicas.
Lo cual significa, desde luego, un empobrecimiento cultural de España espeluznante, absurdo. Dejo aparte las literaturas orales posibles o ciertas, como la vasca y la germánica, de las cuales no nos ha llegado ni una línea. Hablando sólo de literaturas escritas, entre el fin del imperio romano y 1492 hubo en lo que hoy es España literaturas hispanolatina, hispanoárabe, hispanojudía, castellana, gallega y valenciana-mallorquina. De estas seis literaturas la castellana, no la más rica de ellas, ha quedado “canonizada” como única representante del período.
La visión de España que se refleja.
Nos toca a los medievalistas corregir este enfoque manipulado. Pero la tarea pide atrevimiento. Tras la posición privilegiada de la literatura castellana en las historias y clases de literatura española, está una definición de España. Para cambiar la definición de “literatura española medieval”, trabajo previo es la redefinición de la España medieval. Y no se puede definir la España medieval sin disponer, abierta o tácitamente, de la definición de España.
Este problema, este enigma que es España, se produjo, se desarrolló, se concretó o se reafirmó durante la llamada “edad media”. Son materia de controversia los posibles o ciertos cambios, según la persona, que ocurrieron en la península ibérica entre el fin del imperio romano y el reinado de Carlos V. ¿Existió “España”, tal como ahora la entendemos, en 711? O ¿no llegó a existir hasta el matrimonio de Fernando e Isabel? O ¿hasta la conquista de Granada? Es una cuestión cien por cien medieval, que nosotros los medievalistas tenemos que meditar.
La derecha católica ha sabido y sabe exactamente qué es España. Un país creado por los visigodos que implantaron el catolicismo. Cristiano, casto y varonil, fue invadido de moros paganos y degenerados. Un heroico esfuerzo logró conquistarles y después expulsar a todos aquellos que no aceptaron el cristianismo, y también a algunos de éstos. Se trata de una visión de España que ha campeado durante más de 500 años.
Fue la de Isabel la Católica. Los castellanos son más españoles que los que hablan otras lenguas. España es no sólo un país católico, sino el país católico. El castellano es el español, la literatura castellana es la literatura española, y la historia de Castilla es la historia de España. No sería una exageración, creo, denominarla también la visión de los habsburgos, y del franquismo (aunque no sé si la del General Franco en persona). Y esta visión no se defiende hoy en día como correcta. Aquella España de Rodrigo el último godo, del Cid, de la Reconquista, ya ha pasado a la historia. Pero tampoco tengo noticia de que se busque un sustituto de esa visión caducada, ni que se intenta rectificar sus errores.
Si Santiago, por ejemplo, es todavía patrón de España, y el Rey va a Santiago de Compostela el 25 de julio, el día compostelano, para hablar de España, constituye una afirmación de una cierta identidad del país. Y todos nosotros — los medievalistas — sabemos, después de las investigaciones del pasado siglo, que esta identidad compostelana está basada en mitos, para no decir mentiras3. Todos ellos creados, fomentados y mantenidos no por motivos religiosos, sino políticos.
Esta visión tradicional de España, que era la de Menéndez Pidal, entre otros muchos, ya no satisface, al menos a muchos. Falta algo. Con la libertad de culto, pierde su vigencia la noción de una España cristiana, defensora militante del catolicismo, unida políticamente por las bodas de Isabel y Fernando de Aragón, y religiosamente por la prohibición del judaísmo en 1492 y, poco después, la prohibición del culto islámico. Hace falta una reexaminación, y en la medida que resulte necesaria, una redefinición de su realidad histórica. El autoconocimiento es un paso previo para alcanzar la sabiduría y la paz espiritual.
No quiero decir con ello que Isabel o sus historiadores hayan creado este mito. Remonta a siglos anteriores a ella y ellos, fortalecido con documentos falsificados, milagros inventados e historias noveladas. Entre ellos figuran los mitos de Rodrigo, el último godo, de Santiago enterrado en Galicia y de la batalla de Clavijo. Tampoco quisiera decir que los cristianos fueron los únicos mixtificadores. Los judíos tenían también su mito de ser los primeros dueños de la península, llegados antes de Cristo, hecho que la arqueología no apoya. Los musulmanes también tenían mitos: uno de ellos el de la “conquista” de España, origen del mito de la “reconquista”.
Pero repito: la definición no sólo de la literatura española, sino de España misma está en manos de nosotros, los medievalistas. Somos los filósofos que podemos salir de la cueva, para ver la luz del sol. Es nuestra responsabilidad el meditar lo que estamos haciendo, y no transmitir mentiras a nuestros estudiantes. O para decirlo con términos cristianos: “La verdad os hará libres” (Juan 8.32), reza el escudo de la universidad donde estudié: veritas vos liberabit. O en el refrán citado por Cervantes (Persiles III, 10), “la verdad es hija de Dios”.
Cómo definir a España. La teoría de Américo Castro.
La cuestión es, si la entiendo correctamente, cuáles son las características esenciales que definen a España, y hasta cuándo remontan estas características. ¿Qué contribuyeron los iberos, los celtas, los cartagineses, los griegos, los romanos, los hebreos, los suevos, los godos, los bereberes y árabes, los franceses?
Las opiniones son más diversas de lo que se piensa. Todos sabemos, creo, que según Américo Castro, la nación española es producto de la convivencia de las tres religiones — o “leyes”, como entonces se las llamaba — en la península desde 711 hasta 1492.
Influido por los horrores de la Guerra Civil, y casi el único saldo positivo de ella, desde su refugio de Princeton pudo formular una visión nueva de la historia española. Y entendió que la Guerra Civil era realmente una guerra religiosa, y al mismo tiempo, inseparablemente, una guerra sobre la definición de España.
Para Don Américo, los judíos y moros no son elementos extraños a España, sino contribuyentes a la nacionalidad española.
Otros opinan que España comenzó con los visigodos, quienes implantaron el catolicismo, y que todo el período hispanomusulmán es una interrupción en la historia de “España”. La primera historia publicada de la literatura “española”, sin embargo, en el siglo XVIII, comenzó con la literatura hispanolatina, la cual llenó todos sus 11 tomos publicados. Y según Cervantes, los numantinos — celtíberos — eran españoles.4
La imposibilidad de una definición.
Hay otros candidatos todavía para los primeros españoles. El debate es circular: desde las características de los primeros españoles se define a España, y desde la definición de España se identifica a los primeros españoles. Sin un punto firme de arranque, es una cuestión imposible de resolver a través de la investigación histórica.
La documentación para seguir las huellas primitivas de aquellas características de España, sean las que sean, falta. Pero aun si existiera, falta el necesario acuerdo sobre las características que definen a España. ¿Séneca es español? Enhorabuena. Pero ¿no lo es Marcial también? ¿Los celtíberos? Posiblemente. Pero ¿por qué no las puellae gaditanae, las bailarinas eróticas de la antigüedad, y la cultura que las produjo5?
Se necesita un mito.
La definición de España tiene que ser mítica. Los mitos son esenciales a cualquier nación, realmente fundamentales. Como el rancio mito de la España católica, militante y castellana no es viable hoy en día, voy a proponerles la creación de un mito nuevo. Éste, como cualquier mito “nacional”, al fin y al cabo es otra simplificación selectiva del caos que es la historia de un país. Pero espero que sea menos falso, menos manipulado y menos interesado que el de Isabel la Católica y los habsburgos.
Para el período medieval, al menos, la historia de España es más que la historia de Castilla. La literatura española medieval es más que la cristiana y mucho más que la castellana. El cristianismo sólo es una de tres grandes religiones que coexistían en una relativa armonía.
Y por cambios muy pequeños en sus orígenes, la historia de España y Europa pudo haber sido otra. Me fascina, a veces incluso me tortura el meditar todas estas Españas posibles que no han podido ser, porque convenía a alguno que un documento se falsificara, una verdad se suprimiera, una persona se muriera.
¿Cómo hubiera sido España sin los cluniacenses? ¿Si el rito mozárabe no se hubiera suprimido? ¿Si los curas podían casarse? ¿Sin el camino de Santiago? ¿Con Santa Teresa como patrona? ¿Sin el Compromiso de Caspe? ¿Si Juana la Beltraneja fuera reina en lugar de Isabel? ¿Si los judíos no se expulsaran? ¿Si Fernando de Talavera continuase como arzobispo de Granada?6 ¿Si Felipe el Hermoso no se muriera asesinado? ¿Si se aceptara que los moros del siglo VIII no conquistaron España, ni tenían que conquistarla, pues se les abrieron las puertas de las ciudades, descontentos sus vecinos con el régimen visigodo?
Lo que sabemos.
Manos a la obra. El nuevo mito tiene que basarse en la verdad en cuanto se pueda. Aunque al fin y al cabo acabaremos con un mito, todavía tenemos que basarnos en la verdad, la santa verdad, en cuanto podamos. Esta verdad, no es tan fácil de encontrar. No existe una historia religiosa de España, ni incluso una historia de las órdenes religiosas. Algunos textos importantes para la historia de la llamada “Edad Media” española no han sido traducidos – entre ellos, la enciclopedia de cultura granadina llamada Ihth (El círculo, lo que incluye todo), del polígrafo Ibn al-Khtib7.
Una historia musulmana de la “reconquista”, con la “conquista” — nunca designada “reconquista” — de Granada no despierta interés en España8. Textos poéticos y estudios de crítica literaria descansan en sus lenguas originales9. Peor todavía, algunas traducciones han sido censuradas10. El colmo, que el Cardenal Cisneros, para algunos un héroe, hizo en 1499-1500 una hoguera de 5.000 manuscritos en árabe en Granada, para que se perdieran estos textos11.
Lo que sí sabemos, a pesar de estos “inconvenientes”, es lo siguiente. Primero, la península ibérica fue, desde la caída de los visigodos hasta la hegemonía castellana, un país de una relativa tolerancia religiosa. El exclusivismo cristiano es una aberración. El deseo de los visigodos de imponer una fe única contribuyó a su desaparición política. El concepto de “Reconquista”, de restaurar un supuesto dominio del catolicismo, es tardío a la vez que mítico.
Al mismo tiempo, España fue un país de espiritualidad, cuna del misticismo moderno. Fue un país de pensamiento, de ciencias, de bibliotecas. También España fue un país de producción y riqueza agrícola, de lo cual los frutales han quedado, pero mucho, como la producción de seda, ha desparecido. Por último, y aquí acaso lo más sensible, era un país de hedonismo y sensualidad, de decorado, poesía, música, caligrafía, donde los placeres sensuales y sexuales se celebraban, cuando el documento diplomático era un poema y el pergamino, una obra de arte.
La Edad “Media”, una Edad de Oro.
La España unida y monolítica creada por Isabel la Católica y continuada por los habsburgos es falsa, producto de una manipulación. La España “medieval”, tolerante, sabia y sensual, es la verdadera. Incluso el término “medioevo” carece de sentido en España, por válido que sea para Italia o Francia. En vez de una edad “media”, España tuvo una edad de plenitud, seguida de una decadencia que comenzó no en el siglo XVI ó XVII, sino en el XI, con la toma de Toledo por Alfonso VI, y la llegada de los cluniacenses.
En esa Edad de Oro, durante el Califato y los reinos de Taifas, España era, sin discusión, el país más avanzado de Europa. Poseía las bibliotecas más copiosas, la poesía más fina, la música más elaborada, el sistema legal y gobierno más desarrollados y las ciencias y artes prácticas en el más alto nivel. España sobresalía como en ningún otro período. Era también la sociedad más cosmopolita de Europa, si no del mundo entero.
El que quería ensanchar sus horizontes intelectuales o culturales iría no a Oxford o París, sino a Toledo o a Córdoba. La edad “media” deja de ser un intervalo de oscuridad entre las glorias del imperio romano y el Renacimiento, sino el cenit, el tiempo de esplendor y plenitud entre dos períodos de represión e ignorancia, el visigodo y el castellano, éste que se extiende hasta la muerte del Caudillo. Es todo un capítulo, un capítulo glorioso y netamente español, que falta en las historias de Europa.
FUENTE: No hubo una Edad “Media” española by Daniel Eisenberg.
“The General estoria: Sources and Sources Treatment”, Zeitschrift für romanische Philologie, 89, 1973, 206-227. 2 Charles Faulhaber, Libros y bibliotecas en la España medieval, Londres, Grant & Cutler, 1987. 3 T. D. Kendrick, Saint James in Spain, Londres, Methuen, 1960. 4 Véase Rachel Schmidt, “The Development of Hispanitas in Spanish Sixteenth-Century Versions of the Fall of Numancia,” Renaissance and Reformation, 19 (1995), 27-45. 5 Richard Hitchcock, “The Girls from Cádiz and the Kharjas”, Journal of Hispanic Philology, 15 1991 [pero 1992], 103-116. 6 Talavera creía que con la predicación y las explicaciones de las verdades cristianas en su propia lengua, se podría convertir pacíficamente a los granadinos conquistados. Fue remplazado por el intolerante Cisneros, el confesor de Isabel la Católica, quien caracterizó la obra de Talavera como echar perlas a los cerdos. Véase Daniel Eisenberg, “Cisneros y la quema de los manuscritos granadinos”, Journal of Hispanic Philology, 16, 1992, 107-124. Disponible en la red a http://bigfoot.com/~Daniel.Eisenberg/cisneros.htm. 7 Ibn al-Khatib, La historia de Granada, llamada al-Ihatah f iakhbar Gharnata (en árabe). Cairo, Dar al Maaref, 1956. En Tánger en 1988 se publicaron extractos de la obra 8 Muhammad `Abd Allah `Inan, Nihayat al-Andalus, ¿Cairo?, s.e., 1966. 9 Por ejemplo, Mahrus Minshawi Jali, Abu Nuwas al-Andalus ibn Sahl al-Isracili, Cairo, Dar al-Fikr al-cArabi, 1986. 10 Un ejemplo entre varios: Ibn Sacid al-Maghribi, Moorish Poetry: The Pennants. Trad. A. J. Arberry. Cambridge, Cambridge UP, 1953. 11 Véase el artículo citado en la nota 6. Este acto de destrucción serviría como inspiración por la destrucción de los manuscritos mayas por otro franciscano del mismo monasterio. 12 Randall Robinson, The Debt. What America Owes to Blacks. Nueva York, Dutton, 2000.
Fuente: PARÍS REBELDE (IGNACIO RAMONET / RAMÓN CHAO)
El escrito que hoy traigo a este rincón es un extracto de la obra París Rebelde que, según podemos leer en la contraportada del libro, es una guía para leer la ciudad de una forma diferente: “Al grito de ‘¡La imaginación al poder!’, la revuelta estudiantil de mayo del 68 no hacía sino recoger una larga tradición: desde la Revolución de 1789, París es la ciudad del mundo en que se han producido más revueltas populares, insurrecciones y levantamientos de repercusión universal. Un carácter revolucionario que se refleja también en lo literario y artístico, pues en esa ciudad nacieron muchos movimientos estéticos contra el orden establecido: realismo, simbolismo, impresionismo, dadaísmo, cubismo, surrealismo y demás vanguardias.” Sigue leyendo →
Fuente: LA REBELIÓN DE LOS SIGNOS, El alma de la letra (JOAN COSTA/ DANIEL RAPOSO)
El universo de los signos es un misterio. Nosotros vivimos en un mundo de signos y un mundo de signos vive en nosotros. Ellos son especialmente enigmáticos, mucho más -sin duda- que las imágenes. Porque los signos no imitan el mundo de las cosas visibles. Surgen del pensamiento simbólico y de la abstracción de las formas.
Las imágenes se muestran y nos muestran su filiación con las cosas que representan; por eso podemos relatar con palabras qué hay en una imagen, decir qué vemos en ella. Los signos, por el contrario, sólo se muestran. Pero no revelan su significado sino sólo a quienes poseen las claves, el código. Nada hay más corriente que reconocer las letras de nuestro alfabeto. Pero nada más inquietante que una serie de signos de los que no podemos extraer su sentido. Cuanto más secretos, más nos fascinan. Sigue leyendo →