Cuando se cumplió la concesión del canal de televisión venezolano RCTV en mayo de 2007, una manifestante de las que se oponían a su desaparición afirmaba ante las cámaras: “Los gobiernos cambian, pero los canales de televisión perduran”.
Esa frase, que anteponía la trascendencia e importancia de una emisora de televisión a la de un gobierno electo, revela la perversión ideológica de considerar que una empresa de comunicación puede acumular y representar más valores y legitimidad que unos representantes elegidos democráticamente.
El desprestigio, muchas veces merecido, de los políticos, desencadena en demasiadas ocasiones que la ciudadanía manifieste su apoyo incondicional, e incluso su reverencia, a otros organismos sin caer en la cuenta de que detrás de ellos hay estructuras de funcionamiento e intereses creados muchísimo más perversos e incontrolados que en las instituciones políticas.

Tan suicida es esperar ante el deterioro de un sistema político un cuartelazo salvador como pensar que unas estructuras informativas incardinadas hasta el cuello en el modelo económico dominante pueden aportar elemento alguno regenerador, alternativo o de evolución social.
El poder de los medios de comunicación se está mostrando tan desconcertadamente grandioso que, de ser el cuarto poder, supuestamente fiscalizador de los otros tres en nombre de la ciudadanía, ha pasado a consolidarse como el de más difícil control democrático.
Si el ingenuo mensaje del poder político es hacernos creer que el mayor de los poderes globales es la opinión pública, habrá que reconocer también que quien logre modelarla se convertirá en la verdadera mano que domine el mundo.

Y en el actual predominio de las tecnologías de la comunicación, lograr el control de un sistema de comunicación global que interprete ante los ciudadanos la realidad conforme a unos determinados intereses puede ser por primera vez en la historia de la humanidad de una viabilidad estremecedora. Sigue leyendo







