LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO


La Parábola del Buen Samaritano es una de las más conocidas de las parábolas de Jesús, relatada en el Evangelio de Lucas, capítulo 10, versículos del 25 al 37. La parábola es narrada por Jesús a fin de ilustrar que la caridad y la misericordia son las virtudes que guiarán a los hombres a la piedad y la santidad. Enseña también que cumplir el espíritu de la ley, el amor, es mucho más importante que cumplir la letra de la ley.

En esta parábola, Jesús amplía la definición de prójimo. La elección de la figura de un samaritano, considerado un herético para los sectores más ortodoxos de la religión hebrea, sirve para redefinir el concepto de prójimo que se manejaba entonces. Jesús, mediante esta parábola muestra que la fe debe manifestarse a través de las obras, revolucionando el concepto de fe en la vida religiosa judía, entre los cuales resaltaban grupos como el de los fariseos a quienes Jesús en numerosas ocasiones llama hipócritas por su excesivo apego a la letra de la ley y su olvido por cumplir el espíritu de la ley.

El contraste establecido entre los prominentes líderes religiosos inmisericordes y el samaritano misericordioso, es un recordatorio a los maestros de la ley (como es el caso del interlocutor de Jesús) de que estaban olvidando el principio de la verdadera religión y Jesús emplea un personaje despreciado por ellos para mostrarles su error.

La narración comienza cuando un doctor de la ley le pregunta a Jesús qué se necesita para obtener la vida eterna, con la intención de meterlo en dificultades. Jesús, en respuesta, le pregunta al doctor qué es lo que dice la ley de Moisés al respecto. Cuando el doctor cita la Biblia, y precisamente: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5) y la ley paralela «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18), Jesús dice que ha respondido correctamente y lo invita a comportarse en consecuencia. En ese punto, el doctor le pide a Jesús que explique a qué se refiere el prójimo. Jesús le responde con la párabola.

Un hombre, mientras viajaba de Jerusalén hacia Jericó, fue asaltado, robado y abandonado medio muerto al lado del camino. Un sacerdote lo evita, pasando por el otro lado de la acera. De modo similar, un levita lo ignora. Solamente un samaritano lo socorre inmediatamente y lo conduce a una posada cercana para que pudiera restablecerse completamente.

Al dueño de la posada le da dos denarios por el servicio y le promete pagar con creces todo otro gasto que cueste su estadía. Al término de la parábola, Jesús le pregunta al doctor de la ley cuál de los tres se había comportado como prójimo del hombre robado. Él no responde directamente «el samaritano», pero indirectamente le dice «el que tuvo compasión de él».  ¿Y quién es?

El sacerdote y el levita son los dos personajes que primero pasan por delante del judío apaleado y lo ignoran, siguiendo su camino a Jerusalén. Normalmente pensaríamos que esa actitud se debía a una pobre compasión y a una indiferencia al dolor, pero el significado va más allá: es muy probable que ambos clérigos fueran rumbo a Jerusalén a oficiar en el Templo; por su parte, la ley establecía que quien tocara un cadáver ensangrentado quedaría impuro hasta la noche, y obviamente alguien impuro no podía participar de los rituales religiosos.

Es por ello que el simbolismo del sacerdote y el levita no es de impiedad ni de crueldad, sino de anteponer formalismos rituales a la misericordia y el perdón. Esta imagen de la balanza entre el espíritu de la ley y la letra de la ley es uno de los pilares de la enseñanza de Jesús, y también del Antiguo Testamento: «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6:6). Sigue leyendo

HABLEMOS DE DELINCUENCIA


“La pobreza es la madre del delito”  (Marco Aurelio, emperador romano siglo II)

“El delito no es más que energía mal encauzada. En tanto todas las instituciones actuales, sean económicas, políticas, sociales o morales, se confabulen para encauzar la energía humana por los canales equivocados; en tanto la mayoría de las personas se sientan fuera de lugar haciendo cosas que aborrecen, viviendo una vida que odian, el delito será inevitable, y todas las leyes de los códigos legales sólo pueden aumentar el delito, nunca acabar con él”. (Emma Goldman, anarquista estadounidense).

Estas palabras, escritas por Emma Goldman en 1917, expresan una opinión que parece tan pertinente hoy como lo era hace casi un siglo. Ella se hace eco de un comentario realizado 12 años antes por el escritor inglés H.G.Wells, quien señaló que el delito es:  “la medida de fracaso de un Estado, pues todo delito es, al final, el delito de la comunidad”.

Desde cualquier perspectiva, una de las funciones principales del Estado es establecer instituciones que mantengan cierto orden social, lo cual requiere la obedicencia a las leyes aceptadas por la sociedad como un todo. El delito, perpetrado cuando se viola esas leyes, representa una alteración del orden social y es un desafío explícito a la autoridad del Estado. Una sociedad no funciona correctamente en la medida en que es incapaz de eliminar el delito; en gran parte, la razón de la existencia de un Estado es imponer la legalidad -su legitimidad depende de su capacidad para hacerlo-, de forma que un Estado caracterizado por la delincuencia carece, literalmente, de sentido.

Mapa Mundial de delitos violentos

Un delito es, por definición, una infracción que sobrepasa los confines de las relaciones privadas y pasa al dominio público. Definido y prescrito en algún tipo de código penal, un acto delictivo es aquel cuya comisión se considera ofensiva o perjudicial para la sociedad y punible según la ley. Los mecanismos para abordar la actividad delictiva son establecidos y manejados por el Estado, y suelen implicar a funcionarios autorizados a actuar en su nombre (una fuerza policial) y un sistema judicial que es responsable de perseguir y castigar a los malhechores.

La integridad de la sociedad depende del respeto a la ley, que no sólo debe ser obedecida sino que debe hacerse obedecer. “Si el que infringe la ley no es castigado -afirmó el psiquiatra estadounidense Thomas Szasz en 1974-, el que la obedece es engañado. Por esa razón, y sólo por esa, los infractores deben ser castigados: para verificar como bueno y estimular como útil el comportamiento decente”. Sigue leyendo

PROSOPAGNOSIA O LA INCAPACIDAD DE RECONOCER ROSTROS


Prosopagnosia, del griego πρόσωπον: aspecto, y de ἀγνωσία: desconocimiento. Termino acuñado en 1947 por el médico Joachim Bodamer, quien la definió en los siguientes términos: “Es la interrupción selectiva de la percepción de rostros, tanto del propio como del de los demás, los que pueden ser vistos pero no reconocidos como los que son propios de determinada persona”

La definición sigue siendo vigente, pues sirve para caracterizar el trastorno sin diagnosticarlo o pronosticarlo, no obstante ahora sabemos que puede tener distintas características.

  • A pesar de que se creyó que la misma era consecuencia de un traumatismo en el cerebro, actualmente se han documentado casos de personas que la padecen desde su nacimiento.
  • No obstante que la incapacidad de ver rostros es la característica de este trastorno, en algunos casos se pueden percibir los rostros de familiares o amigos cercanos, siempre y cuando tengan algo que les caracterice extremadamente. Por ejemplo, en “El hombre que confundió a su mujer con su sombrero” de Oliver Sacks, se habla de un hombre con prosopagnosia, que únicamente reconocía a tres personas de su trabajo: una de ellas por un llamativo lunar que tenía en la mejilla, otra por ser extremadamente alto y delgado, y la otra por que tenía un tic en un ojo que hacía que lo cerrara constantemente. Por ello, su mujer siempre iba con un gran sombrero llamativo, con el fin de que su marido la reconociera.

  • Ciertos pacientes pueden percibir con mayor claridad, aun cuando sea en forma borrosa, los rostros de las mujeres y no los de los hombres, y viceversa.
  • A pesar de que los sujetos que padecen este trastorno pueden identificar los órganos que se encuentran en la cara, son incapaces de recordar la exacta ubicación de los mismos dentro de la cara.
  • El trastorno también ha sido diagnosticado como un padecimiento psicológico, aun cuando se ha documentado que es somático.
  • Quien padece de Prosopagnosis puede recordar, de la misma manera que cualquier otra persona, quienes son sus amigos, familiares y personas con las que se relaciona, incluso recuerdan el cabello y los tonos de la piel, los aromas, la voz y todo lo que en general se denomina “contexto” de la persona, sin embargo no pueden ver o comprender el rostro de las personas, no reconocen gestos, emociones.

A pesar de que este trastorno era conocido desde antes del siglo XX, especialmente por referencias de los escritores de diferentes épocas, no fue hasta el siglo XX cuando se pudo documentar médicamente el primer caso.

Durante la Segunda Guerra Mundial, después de que un teniente del ejército alemán fuera apresado y atendido de una herida en la cabeza, los médicos constataron el hecho de que el paciente no podía ver los rostros de las personas, no obstante de que por lo demás gozaba de un estado saludable y no había ningún otro perjuicio en su vista. Sigue leyendo

ELEGIR ENTRE LO MALO Y LO PEOR: ELECCIÓN DE SOFÍA (CONFLICTO MORAL)


Aunque es un caso de ficción, lo cierto es que dilemas como éste y otros parecidos se plantearon en tiempos de guerra. Mientras ella (Sofía) y sus hijos se hallan cautivos en un campo de concentración nazi, un guardián se acerca a ella y le hace la siguiente proposición: si mata a uno de sus hijos, el otro vivirá; si rehúsa elegir, ambos niños morirán.

Al forzarla a aceptar el hecho de que es peor ver morir a dos hijos que a uno solo, el guardián la sitúa en el dilema de elegir la vida y la muerte de sus hijos, elección que ningún padre quiere ni debería tener que hacer. Visto de esta manera, algunos podrían decir que Sofía no tiene elección: en la fría cuenta matemática de los hijos vivos, está claro que 1>0. Y si no hay opciones en conflicto, no hay dilema moral.

Pero esta visión descarnada del problema de Sofía pasa por alto muchas otras preguntas: ¿estaría mal que rechazara el ofrecimiento del guardián y dejara morir a sus dos hijos? ¿Sería responsable ella de la muerte de sus hijos si decidiera no elegir?

Dado que no es posible recurrir a un principio claro e incontrovertible para responder a estas preguntas, nos quedamos con el dilema moral, un problema que se plantea como conflicto entre dos deberes antagónicos.

Sofía tiene, como madre, la responsabilidad de proteger a sus dos hijos. Aun cuando estuviera siempre peleándose con uno de sus hijos y nunca con el otro, seguiría enfrentándose a un dilema; rasgos de la personalidad como ésos no proporcionan material adecuado para decidir sobre la vida de otro, por más que puedan decantar nuestros sentimientos en un sentido o en otro.

Imaginemos que la ley permitiera que las diferencias de personalidad interfieran con nuestros juicios sobre la justicia y el castigo. Podríamos acabar condenando a un ladronzuelo a cadena perpetua a causa de su sonrisa siniestra y anular la sentencia contra otro ladronzuelo gracias a su sonrisa seductora.

Imagen “dura” de la delincuencia

Sofía elige sacrificar a su hija menor y más débil para salvar a su hijo mayor y más fuerte. Luego pierde la pista de su hijo y años después, corroída por el sentimiento de culpa, se suicida. Sigue leyendo

EL IDIOMA DE DIOS ES EL SILENCIO


¿Qué lengua utilizaron por primera vez Adán y Eva en sus conversaciones en el Paraíso y con el mismo Dios?, ¿Acaso Dios no debió de darles su propio idioma, el lenguaje a partir del cual derivaron todas las demás lenguas?, ¿en qué idioma habló Dios a Moisés en el monte Sinaí?, ¿lo hizo en hebreo?, ¿habló Dios a Jesús en arameo?

Estas preguntas, a todas luces ingenuas para nosotros hoy, no lo fueron tanto para muchos reyes y filósofos que a lo largo de la historia se preguntaron y reflexionaron sobre cuál sería, entre las miles de lenguas habladas, el idioma más natural del hombre. Es decir, aquel que lejos del aprendizaje del padre, de la madre o del entorno social, Dios dio al hombre en el inicio de su despertar como tal para comunicarse por primera vez con sus semejantes.

Se han descrito muchas experiencias en las que se ha buscado descifrar y dar contestación a este enigma. Unas proceden de la fantasía. Otras, más documentadas, de experimentos realizados con niños. Otras, definitivas, las obtenidas más recientemente de seres humanos aislados completamente de otros congéneres en los primeros años de su vida.

Se cuenta que, tratando de contestar a esta pregunta a lo largo de la historia, un faraón de Egipto, Psammetichus, y diversos reyes, entre ellos el rey Jaime IV de Escocia, aislaron a niños recién nacidos para comprobar tiempo después con qué idioma se expresaban y descubrir así el idioma más genuinamente humano y, por tanto, el más cercano a Dios.

Pero quizás la historia más documentada, según describió un jesuita en su Historia general del Imperio mogol, en 1708, es aquélla del emperador mogol Akbar Jan, a principios del siglo XVI, quien mandó aislar a varios recién nacidos al cuidado de personas sordomudas. Transcurrido el tiempo, el emperador, junto a sabios conocedores de todas las lenguas, se aprestó a conocer el lenguaje de los niños. Y fue entonces cuando descubrió que los niños no hablaban nada. Eran mudos. El idioma genuino del hombre, si acaso, era claramente el silencio.

Hoy hay recogidas documentalmente diversas historias de niños completamente aislados por sus padres o perdidos en la selva cuando no debían de tener más de un año de edad. Cuando algunos de estos niños fueron encontrados con edades entre cuatro y seis años, no hablaban absolutamente nada. Estos niños se expresaban con contracciones extrañas de los músculos de la cara, raras vocalizaciones y gesticulaciones explosivas de los brazos.

El caso de Johan, recogido por unas monjas en un orfelinato de Burundi, es ilustrativo. Se perdió en el período de guerra entre watusi y hudu en los alrededores del lago Tanganika, a principios de los años setenta, y fue recogido por unos pastores que lo descubrieron viviendo en una colonia de chimpancés. El niño era mudo y andaba apoyado de brazos y piernas. A pesar de un intenso entrenamiento durante años nunca se logró que aprendiera a hablar. Y es que el lenguaje, el habla, no es algo con lo que se nace. Ciertamente, se nace con la potencialidad de hablar, es decir, se nace con un cerebro que alberga los circuitos neuronales para el lenguaje, pero esos circuitos nunca van a funcionar a menos que se registre en ellos el habla de nuestros semejantes.

Sólo el aprendizaje logra convertir en hecho aquello que existe en potencia. Se nace con un disco cerebral en el que poder grabar, pero que estará vacío si no se graba nada en él. En otras palabras, el habla no es patrimonio de un hombre único y aislado. El habla es un patrimonio social, es un bien común de todos los seres humanos. Bien común, además, adquirido a lo largo de varios millones de años de evolución del cerebro, y no dado por ningún dios en ningún momento determinado. Ya en el hombre de hace dos millones de años se han podido reconocer trazas de las estructuras cerebrales que supuestamente han dado lugar a los circuitos del habla. Y es posible que tan sólo sea hace unos cien mil años cuando la corteza cerebral alcanzó los últimos peldaños de esa complicada escalera evolutiva que ha dado lugar al habla.

Aprendiendo a hablar

Sin duda que ni el emperador mogol ni el resto de quienes hicieron estos experimentos desgraciados con niños alcanzaron a contestar la pregunta sobre el origen del habla. Y la contestación es que si Dios dio algún idioma al hombre en sus orígenes, éste es claramente el idioma de los gestos y el silencio. De lo que se deduce, además, que no hay libro alguno que exprese, en ningún idioma, el verbo directo de Dios. Dios, si existe, es silencio y cualquier libro que hable de ese silencio ha sido filtrado por el cerebro humano. Y esto nos lleva a comprender que la interpretación humana de ese silencio, su desciframiento y su traducción en forma de lenguaje, es tan individual como lo es cada cerebro en cada uno de los más de siete mil millones de habitantes que pueblan la Tierra.

FUENTE: EL CIENTÍFICO CURIOSO (FRANCISCO MORA)

EL CARÁCTER ES EL MOTOR DE LA VIDA


Tú perseveraste en el empeño. Eso fue lo que te trajo la buena suerte, le dijo el instructor de piano a la niña al darle el lazo verde de la buena suerte. Desde entonces, siempre que tocaba el piano, la pequeña llevaba puesto el lazo verde, porque le recordaba que era su propio esfuerzo lo que le traía la buena suerte”. ELIZABETH KODA-CALLAN, El lazo de la suerte, 1990.

El carácter es el conjunto de atributos o rasgos que componen y distinguen la personalidad o manera de ser del individuo. Se manifiesta en la forma habitual de sentir, de pensar, de comportarse, en los gustos y en las aversiones.

Carácteres

El desarrollo del carácter comienza en el útero materno. Todos los bebés poseen unas tendencias instintivas vitales que se muestran al nacer en su actividad física, en su placidez, su curiosidad, y su sensibilidad a los estímulos internos y externos.

En el vientre materno

En la misma sala de maternidad vemos recién nacidos confiados y tranquilos, y otros que nada más llegar al mundo se muestran inquietos e irritables. Estas cualidades están influidas por factores hereditarios, fuertes corrientes hormonales que se producen durante el embarazo y las vicisitudes del parto. Es algo innato.

Sala de maternidad

Pequeños que se enfrentan a situaciones idénticas reaccionan de formas muy distintas. El primer día de colegio o el primer viaje en la montaña rusa son acontecimientos gratos o estimulantes para unos niños, y aterradores o estresantes para otros.

Es razonable sospechar que el motivo de las distintas respuestas emocionales a estímulos similares se debe en parte a que sus cerebros captan y procesan la información de formas diferentes. Sigue leyendo

LA DISCAPACIDAD CULPABLE


Tienen mucha razón. No se piensa en ellos. Es cierto que en España ya hay una conciencia más amplia sobre el problema de las barreras arquitectónicas y se ha empezado a trabajar en ello, pero queda mucho por hacer en el plano del reconocimiento social, pues aún subsisten actidudes que hacen justa y necesaria la reivindicación de la igualdad en la diferencia.

Hay dos formas de explicar la enfermedad que tienen un carácter transcultural. Primero, afirmar que la enfermedad es consecuencia de no respetar las normas sociales; segundo, afirmar que la enfermedad es producto de la agresión (consciente o no) de alguien ajeno al propio grupo social.

Las normas pueden ser fijadas por Dios, por los antepasados o por la propia medicina (fumar mata, por ejemplo). En el hospital, una madrugada, Beatriz me preguntó desde su cama: “Marta, ¿crees que tuve el accidente, que perdí la pierna, por algo malo que hice? ¿Tú qué crees?”. En el segundo caso es alguien distinto quien propaga la enfermedad: haitianos, homosexuales o hemofílicos propagando el sida en los primeros ochenta, por ejemplo.

La Vanguardia del 3 de febrero de 1999 publicaba en la sección de deportes el siguiente lead: “Fulminante destitución del técnico (Glenn Hoddle) por decir que los minusválidos pagan por los pecados de su vida anterior”. Hoddle, seleccionador de fútbol de Gran Bretaña, cree en la reencarnación, y argumentaba:

() usted y yo hemos nacido con dos piernas y dos manos, y un cerebro que funciona más o menos decentemente. Y si hay personas que no han nacido así es por alguna razón. El Karma se deriva de las acciones de alguna vida anterior () Uno cultiva lo que siembra.

Demoledor. Se excusó después diciendo que sus palabras habían sido malinterpretadas. Es igual, ahí estaban. Tanto la culpa atribuida como la victimización son conceptos recurrentes en el universo válido que nos remiten a la idea del prejuicio. El prejuicio es asociado al reconocimiento a la diferencia () El mundo válido asume que nosotros deseamos ser normales o ser tratados como si lo fuéramos. Si progresivamente se liberan o ignoran nuestras diferencias es porque tales diferencias tienen un significado negativo para los válidos.

Cuando la enfermedad o la discapacidad se instala en un individuo deja de ser abstracción conceptual para materializarse en culpa y sospecha. La pregunta “¿Qué te pasó?” que formula el válido encierra el factor culpabilidad. Hay ocasiones en que hasta se vislumbra una intencionalidad inquisitorial oculta tras una frase de aparente curiosidad puntual o solidaria. Claude Veil, citando a Stoetzel (1967), quien estudió las relaciones entre el mal y la enfermedad, dice que “incluso en una sociedad en que la tendencia racional ha ido ganando terreno, no se ha conjurado del todo el peligro de volver a la actitud mágica de que el enfermo no sólo es responsable, sino incluso culpable de su enfermedad”.

Hay veces que se pregunta con la intención de establecer la posición de uno mismo en relación al mal: “Yo nunca hubiera hecho tal cosa, luego a mí no me pasará”. Los ejemplos son múltiples. Las personas con lesión medular por accidente de tráfico son objeto de constantes conjeturas: juventud, alcohol, drogas, nocturnidad y casi alevosía son los jinetes del apocalipsis. Si no fue en moto debió ser en coche.

La campaña publicitaria que presentaba el Ministerio del Interior a través de la Dirección General de Tráfico (DGT) para el verano de 2001 en la prensa escrita y en la televisión introduce esos elementos atribuyendo paritariamente la la culpa a víctimas y pecadores. Junto a las imágenes aparecen las frases que siguen anunciando al final que la respuesta “B” siempre se podía haber evitado:

(…) ¿Por qué nos ha dejado?

A.- Por una enfermedad degenerativa irreversible

B.- Porque alguien circulaba bajo los efecos del alcohol

(…) ¿Por qué no puede caminar?

A.- Por una lesión medular de nacimiento

B.- Porque alguien circulaba con exceso de velocidad

(…) ¿Por qué no tiene contacto con la realidad?

A.- Por un autismo de nacimiento

B.- Por no ponerse el casco

(…) ¿Por qué no puede ver?

A.- Por una degeneración ocular inevitable

B.- Por no ponerse el cinturón de seguridad

En los primeros casos las consecuencias son respectivamente la muerte y la paraplejía; en los siguientes un traumatismo cranoencefálico y la ceguera. La DGT se apunta al maniqueísmo más absoluto entre víctimas inocentes y víctimas culpables de desgracias/castigos múltiples, “Pero a mí no me pasará“.

Entre las personas que han sufrido quemaduras graves causadas por llama la presunción no suele ser de inocencia: “Algo harías…”. La combustión espóntanea es científicamente indemostrable, se precisa de una energía calorífica de activación, oxígeno y material combustible para que sea posible, de forma que siempre se busca en la víctima un movimiento que iniciara la ignición.

Desgraciadamente algunos han sido víctimas de la violencia de otros: cónyuges enloquecidos por los celos, ejércitos dotados de armas de guerra tan espeluznantes como el napalm o cócteles incendiarios de activistas callejeros. El resto, pudieron intentar desaparecer entre las brumas del gas y cometieron el error de encender una cerilla, se dejaron la sartén en el fogón, no revisaron la instalación o fumaban un inoportuno cigarrillo. Una mano ejectutora produjo el desastre. Descartada la violencia, sólo queda uno mismo jugando con fuego. La acusación está servida.

Sin embargo al que sufre, una vez superado el espanto, lo único que le preocupa son las secuelas, mucho más traumáticas que su origen. De mí, en su momento, se dijo que el accidente se produjo a causa de un cigarrillo sencillamente porque en mi historia clínica figuraba que soy fumadora. En medios jurídicos este dato fue utilizado sin prueba alguna para tratar de demostrar la pérdida de mis cinco dedos, como si un triste Marlboro pudiera él solo volatilizar cinco hermosos deditos (además, las mujeres acostumbramos a fumar con la derecha).

No hace falta haber sufrido un accidente para ser responsable de las secuelas de un problema de salud. Quienes están enfermos se convierten con frecuencia en depositarios de una gran parcela de culpa. Algunos sistemas de salud de los estados providencia se preocupan de que los beneficiarios no olvidemos ese extremo. Así, los fumadores, quienes ingieren alcolhol con frecuencia, los promiscuos sexuales y los amantes de las comidas abundantes y ricas en grasas se convierten en presuntos suicidas para el Estado protector. Las autoridades sanitarias advierten al fumador de que el tabaco perjudica la salud ergo quien fuma lo hace por propia voluntad contraviniendo el consejo. De modo que si surge un pleito el enfermo será culpable, puesto que ya fue advertido.

Robert Shuman, como psicólogo, transcribe lo que le contó uno de sus pacientes, un ex fumador:

Cuando enfermé con un enfisema (…) nadie me lo dijo directamente, pero sé que la gente me culpaba de haber arruinado mi salud (…) no tenía autocontrol. ¿Que no tenía autocontrol? Oiga, yo luché en dos guerras, trabajé por turnos (…) bebí algo, nunca golpeé a nadie, crié tres niños, dos de los cuales tienen estudios superiores, y estuve treinta años casado. ¿Están diciéndome unos doctores y unas enfermeras que no tuve autocontrol?

Siempre me han preguntado que por qué seguí fumando después del accidente. Me tildaban de inconsciente, insistían en el daño que me estaba haciendo, que debería controlarlo. Yo respondía: “Después de lo que me ha costado salir adelante sin dedos, con silla a veces y entrando una vez al año en un quirófano, ¿creen que me queda energía para iniciar una terapia de desintoxicación?”. La única diferencia en relación al paciente de Shuman es que no fueron los médicos quienes insistieron en que lo dejara, porque en mi país, a diferencia de Estados Unidos, no es precisamente el colectivo más sensibilizado al respecto.

Así el fumador es culpable de su enfisema; el portador de VIH es responsable de su padecimiento como consecuencia de su conducta sexual o toxicómana; el tuberculoso lo es por su “mala vida”, y la mujer padece cáncer genital por su promiscuidad, cosa esta última menos aireada pero esgrimida cuando la epidemiología se ceba en las mujeres sexualmente activas y no tanto en las vírgenes. Todos estamos bajo sospecha hasta que se demuestre lo contrario. Las personas con deficiencias no gozan del beneficio de la presunción de inocencia. De no ser así, ¿por qué interesa tanto al íntegro, al válido, la causa? “Nos preocupamos más por el origen de la minusvalía que por la minusvalía en sí misma. Con certeza, el minusválido no piensa lo mismo”.

FUENTE: DISCAPACITADOS, la reivindicación de la igualdad en la diferencia. (Marta Allué).

CURIOSO EJERCICIO DE “ESPIRITISMO” DE FERNANDO SAVATER


Hace unos meses cierta cadena privada de televisión europea especializada en programar espectáculos especialmente provocativos o chocantes ofreció a sus espectadores lo que con toda propiedad podemos denominar “un plato fuerte”. Se trataba de un sedicente artista de nacionalidad china cuya perfomance consistía en comerse el cadáver de un niño pequeño ante las cámaras. hubo protestas y escándalo entre la, ay, numerosa audiencia.

El esteta caníbal repuso a sus críticos que no conocía ninguna ley que prohibiese específicamente televisar este tipo de banquetes, que él consideraba expresión de un íntimo impulso y a la vez denuncia de la sociedad de consumo en que vivimos. Algunos de los más indignados solicitaron a las autoridades que, si era cierto tal vacío legal, se dictase de inmediato una norma que vetase tales espectáculos…

Me pregunto en nombre de qué debería promulgarse esa ley: ¿quizá de la humanidad? Pero ¿tiene hoy todavía el concepto de humanidad -o, como se decía antaño “la naturaleza humana”- alguna capacidad normativa legítima? ¿No se trata más bien de un confuso residuo del pasado, de inspiración teológica, que sólo funciona de vez en cuando a efectos retóricos pero al que no puede recurrirse ya para orientar las legislaciones de nuestros estados laicos?

Si un ciudadano que paga sus impuestos le apetece devorar cuerpos de niños fallecidos por causas naturales con el debido permiso de sus familiares y una empresa comercial le financia el capricho para que se convierta en espectáculo para adultos… ¿no está en su derecho de hacerlo? ¿No equivaldría prohibírselo a limitar su sacrosanta libertad individual en nombre de un prejuicio “humanista” que él no comparte?

¿Prohibir el trabajo infantil es un prejuicio "humanista"? Después de todo, los niños comen y tienen unas necesidades ¿no? ¿El derecho a tener "infancia" es un prejuicio "humanista"?

Sin duda a lo largo del pasado siglo se apeló reiteradamente a la humanidad como principio para dictar normas legales. Se proclamó solemnemente desde las más altas instancias internacionales la existencia de derechos “humanos” -que fueron reconocidos como los más fundamentales entre todos- y se incluyeron en los codigos gravísimas penas para sancionar los llamados “crímenes contra la humanidad”, los únicos que nunca prescriben.

Y sin embargo… Tales medidas se tomaron a raíz de atentados masivos especialmente graves contra esa misma humanidad: campos de exterminio, bombardeos sobre población civil a escala nunca vista, ideologías totalitarias de alcance letal que aplicaron métodos industriales a la liquidación de personas, etc., los cuales prosiguieron comentiéndose en el lejano oriente o en dictaduras latinoamericanas durante la segunda mitad de la centuria.

Guernika fue arrasada por la aviación alemana al servicio de Franco en la Guerra Civil Española. No es considerado un crimen contra la humanidad porque los criminales ganaron la guerra.

Desde finales del pasado siglo, sin embargo, parece que la propia noción de humanidad entra en cierto tipo, al principio mitigado y luego abierto, de crisis. Ya mucho antes fueron las máquinas las que comenzaron a desplazar y sustituir ventajosamente a los humanos, que tienen toda la dignidad que se quiera (y por tanto la fastidiosa tendencia a reivindicar derechos) pero menos capacidad laboral, menos prestaciones y menos aguante que ciertos aparatos diseñados para producir más en menos tiempo y con menor costo.

A partir del siglo XIX, los capitalistas se han mostrado más interesados en las ventajas del maquinismo que en los problemas del humanismo. Pero a lo largo del proceso de producción, el instrumento ha ido desplazando al sujeto productivo: en la antigüedad hubo herramientas que necesitaban la fuerza muscular humana (o animal) y la dirección racional de los hombres para ser eficaces; luego vinieron las máquinas, que ya no necesitaron ningún aporte muscular pero aún tenían que ser guiadas por el pilotaje humano; después, más y más, hemos ido entrando en la era de los autómatas, que no precisan de nuestros músculos ni apenas de nuestra inteligencia (¿no la hay ya artificial?), se programan unos a otros y nos ofrecen algo así como un modelo computacional no tanto imitado de nuestras neuronas sino al que nuestras neuronas quisieran imitar…

El humano resulta exótico en una moderna factoría robotizada

Por supuesto los humanistas militantes insisten en que sólo los hombres son capaces de ir “más allá” y de trascender nuestros programas culturales o educativos tradicionales, mientras que el ordenador siempre estará confinado en los límites de su sofware humanamente programado. Los cibernéticos les miran con una sonrisilla de conmiseración: “¡Espera y verás!”

Frente a las máquinas, el antropocentrismo humanista puede resultar obsoleto o patético; pero frente al resto de la naturaleza es arrogante, injusto y depredador. ¿Con qué derecho la Humanidad reivindica para sí misma una dignidad superior a las de la Vegetalidad o la Animalidad? En opinión de los ecologistas más radicales, el hombre no sólo no es el Rey de la Creación sino que constituye la mayor amenaza que ésta sufre contra la conservación de su equilibrio.

El Homo Depredador

Según una sana doctrina ecológica, somos seres naturales como los demás, mamíferos con ínfulas disparatadas que esclavizamos al resto de las criaturas, nos reproducimos de una manera escandalosa y polucionamos cualquier paisaje a nuestro alrededor. No ya nuestra especificidad genética sino ni siquiera nuestros logros culturales -cuyas facetas destructivas son por otro lado demasiado patentes- merecen derroche de incienso: los etólogos no se recatan en hablar de culturas también en otras ramas zoológicas, se asegura que ciertos primates son capaces de realizar inventos técnicos y transmitirlos a sus congéneres, así como manejar un lenguaje rudimentariamente simbólico, y concluyen que la llamada “civilización” humana es sólo una variante más desarrollada y especialmente desaprensiva de un proceso evolutivo previo a quienes nos enorgullecemos de poseer “espíritu”.

Foto de la Corporalidad de Fernando Savater. Su "espíritu" no se aprecia en la imagen, pero como a la Iglesia le preocupa lo terrenal, aquello que tiene que ver con lo "humano", esto es, el cuerpo y sus necesidades.

En el campo opuesto al ecologismo radical, los ingenieros genéticos tampoco parecen sentir demasiado respeto por quienes, a su juicio, sacralizan o “naturalizan” exageradamente la vida humana. Si se consideró en su día todo un logro emancipador descargar la compleja delicia de la sexualidad humana de sus obligaciones meramente procreadoras ¿no podremos hoy ir aún más allá en la lucha contra los prejuicios, separando con clínica eficacia la función reproductora de sus chapuceros vínculos con pasiones eróticas e incertidumbres biológicas?

A fin de cuentas, de lo que se trata es de que un óvulo sea fecundado por un espermatozoide en las condiciones que nos parezcan más convenientes, y ese proceso puede realizarse con mayores garantías en un laboratorio y bajo supervisión especializada que dejándolo al azar o a la improvisación de espontáneos tan arrebatados como quizá incompetentes.

Procurar las mejores condiciones para hacer posible la vida humana es una preocupación y ocupación de cualquiera que estime en lo que vale al ser humano.

Tanto el espermatozoide como el óvulo necesitan “donantes”, pero no estrictamente un “padre” y una “madre” en el sentido clásico, tradicional y socialmente embarazoso del término. El útero en el que se lleve a cabo la gestación, por ejemplo, bien puede ser de alquiler y ello implica probablemente un avance: ¿acaso no sabemos, en el terreno inmobiliario, que empeñarse en la propiedad de la vivienda frente a alojamientos alquilados eventualmente (incluso prefabricados y desechables allá donde la modernidad se hace notar con mayor gloria) es un signo de mentalidad arcaica? También la clonación humana, que hoy despierta recelos supersticiosos, puede ser dentro de poco un medio perfectamente adecuado a satisfacer la pulsión de autoafirmación narcisista que implica sin duda el deseo de engendrar progenie.

El cariño materno, el calor, el contacto físico, que todo ser necesita desde que nace para no convertirse luego en un monstruo, no es monopolio de la madre biológica, también cabe en la madre adptiva.

Peter Sloterdijk (en sus Normas para el parque humano) escandalizó a humanistas anticuados refiriéndose -con cierto punto irónico, eso sí- a una “futura antropotécnica orientada a la planificación explícita de las características; o si se podrá realizar y extender por todo el género humano el paso del fatalismo natal al nacimiento opcional a la selección prenatal”. A fin de cuentas, ¿por qué no encargar a la eugenesia la tarea de realizar con eficacia lo que la educación intenta hoy de manera tan dudosamente satisfactoria? ¿Hasta cuándo el concepto de humanidad seguirá siendo una vaca sagrada que no nos atreveremos a apartar del camino del progreso evolutivo? Vamos…

La primera objeción contra el concepto de humanidad es que resulta poco inteligible pero está lleno de sobreentendidos. Se presta más a ser invocado como refuerzo teórico que a ser utilizado como argumento de precisión. Algunos de sus críticos tienen la impresión de que existe la tendencia conservadora a considerar característicamente “humano” a lo que fue humano antes, o sea, algún tipo de tradición cultural.

Humano desarrollando la actividad cultural del deporte

En su Antinaturaleza, Clément Rosset señaló convincentemente que para muchos autores -empezando por Plinio- lo “natural” es lo antiguo, lo que responde al método tradicional, es decir: aquello cuyo artificio nos resulta demasiado familiar para imaginarlo elección nuestra. Quizá lo que denominamos “humano” responda en muchos casos a un prejuicio semejante. Si así fuese, la “humanidad” habría ido variando a través de las épocas y de las latitudes, de modo que la esclavitud, la inferioridad de la mujer o incluso la antropofagia habrían sido humanísimas en ciertos momentos y lugares para dejar de serlo luego, al variar la tradición social hegemónica… aunque no cabe excluir del todo que vuelvan a serlo otra vez al dar un giro los tiempos.

Lo natural en el humano es comer, tener sexo, dormir, reir, jugar...

En este sentido, sería siempre “humano” lo que ha solido serlo al menos hasta hace poco y aún cuenta con leyendas legitimadoras a favor. La humanidad estaría formada por la acumulación sucesiva de las pieles normativas que el ofidio humano ha ido acumulando a lo largo de los siglos y a través de las sociedades. Al espíritu posmoderno, cosmopolita y diacrónico, esos residuos deleznables y venerados le inspirarán más ironía que auténtico respeto.

Sirven para trazar el inventario de nuestras opciones pasadas, pero fracasan al intentar orientar las futuras. Ya el famoso dictum de Terencio -”soy humano y nada humano me es ajeno”- se revelaba poco útil a la hora de juzgar lo preferible. Aún menos lo será su versión posmoderna, que podríamos formular así: “Soy humano y por tanto asumo la inhumanidad como mi más íntimo parentesco”.

FUENTE: EL VALOR DE ELEGIR (Fernando Savater).