HABLEMOS DE DELINCUENCIA


“La pobreza es la madre del delito”  (Marco Aurelio, emperador romano siglo II)

“El delito no es más que energía mal encauzada. En tanto todas las instituciones actuales, sean económicas, políticas, sociales o morales, se confabulen para encauzar la energía humana por los canales equivocados; en tanto la mayoría de las personas se sientan fuera de lugar haciendo cosas que aborrecen, viviendo una vida que odian, el delito será inevitable, y todas las leyes de los códigos legales sólo pueden aumentar el delito, nunca acabar con él”. (Emma Goldman, anarquista estadounidense).

Estas palabras, escritas por Emma Goldman en 1917, expresan una opinión que parece tan pertinente hoy como lo era hace casi un siglo. Ella se hace eco de un comentario realizado 12 años antes por el escritor inglés H.G.Wells, quien señaló que el delito es:  “la medida de fracaso de un Estado, pues todo delito es, al final, el delito de la comunidad”.

Desde cualquier perspectiva, una de las funciones principales del Estado es establecer instituciones que mantengan cierto orden social, lo cual requiere la obedicencia a las leyes aceptadas por la sociedad como un todo. El delito, perpetrado cuando se viola esas leyes, representa una alteración del orden social y es un desafío explícito a la autoridad del Estado. Una sociedad no funciona correctamente en la medida en que es incapaz de eliminar el delito; en gran parte, la razón de la existencia de un Estado es imponer la legalidad -su legitimidad depende de su capacidad para hacerlo-, de forma que un Estado caracterizado por la delincuencia carece, literalmente, de sentido.

Mapa Mundial de delitos violentos

Un delito es, por definición, una infracción que sobrepasa los confines de las relaciones privadas y pasa al dominio público. Definido y prescrito en algún tipo de código penal, un acto delictivo es aquel cuya comisión se considera ofensiva o perjudicial para la sociedad y punible según la ley. Los mecanismos para abordar la actividad delictiva son establecidos y manejados por el Estado, y suelen implicar a funcionarios autorizados a actuar en su nombre (una fuerza policial) y un sistema judicial que es responsable de perseguir y castigar a los malhechores.

La integridad de la sociedad depende del respeto a la ley, que no sólo debe ser obedecida sino que debe hacerse obedecer. “Si el que infringe la ley no es castigado -afirmó el psiquiatra estadounidense Thomas Szasz en 1974-, el que la obedece es engañado. Por esa razón, y sólo por esa, los infractores deben ser castigados: para verificar como bueno y estimular como útil el comportamiento decente”. Sigue leyendo

POR EL PLENO OCIO (AL CARAJO EL CAPITALISMO)


Es triste que desde nuestra más tierna infancia se nos inculque el mito moral de que lo correcto, adecuado y bueno es saltar de la cama justo en el momento en que nos despertemos para empezar a trabajar tan rápida y alegremente como podamos.

Los padres inician el proceso de lavado de cerebro y luego la escuela emplea todos sus recursos para adoctrinar a los alumnos sobre la necesidad de levantarse pronto.

El sueño es un poderoso seductor y de ahí que se haya desarrollado un mecanismo infernal para combatirlo: me refiero al despertador.

El despertador es el primer estadio en la ignominiosa transformación a la que nos sometemos forzosamente por la mañana, en la que pasamos de soñadores dichosos y despreocupados a currantes regidos por la ansiedad, cargados de responsabilidades y obligaciones.

Lo que es absolutamente asombroso es que nos compremos despertadores por voluntad propia. ¿No es absurdo que nos gastemos el dinero que tanto nos cuesta ganar en un artilugio que hace que empecemos cada día de nuestra existencia de un modo tan desagradable, y que sólo sirve al empresario al que vendemos nuestro tiempo?

Empresario Premidado

En resumen: para la mayoría de nosotros, el día de trabajo empieza en forma de tormento cuando, una vez arrancados del néctar de la inconsciencia, nos enfrentamos a la perspectiva de tener que llegar a ser ciudadanos conscientes de nuestros deberes, listos para servir a nuestros señores en el puesto de trabajo con gratitud, buen humor y abundante energía.

(Por cierto, ¿se puede saber por qué andamos desesperados tras un “puesto de trabajo”?. Es algo horrible.

En busca del empleo perdido

Por culpa de la promesa de ocio, libertad y hacer lo que nos venga en gana de nuestra sociedad moderna, la mayoría de nosotros todavía somos esclavos de un horario que no hemos escogido. ¿Por qué hemos llegado a este punto?

¡Un trabajo! Es la recompensa por años de estudio. Hemos trabajado duro en nuestra juventud para volver a trabajar duro en la edad adulta. ¡Un trabajo! ¡La meta de nuestra vida! ¡La respuesta!

La idea del “trabajo” como respuesta, individual y social, a todas nuestras plegarias es uno de los mitos más perniciosos de la sociedad moderna. La fomentan políticos, padres, los moralistas en los diarios y los jefes en las fábricas, a diestro y siniestro: el paraíso, afirman, es el “pleno empleo”.

Un índice fiable que mide el éxito de un país es la cantidad de población ocupada. Cuantas más personas tengan trabajo, mejor, nos explican. El “trabajo” raramente es definido con precisión a los adolescentes o estudiantes en su periplo hacia él, pero el mito nos sugiere que con un “buen trabajo” ganaremos mucho dinero, tendremos vida social, estatus, y lo encontraremos “gratificante”.

En el pasado, los capitalistas se apropiaron desaprensivamente de Dios para controlar las mentes de las masas. En las iglesias se bombardeaba a los trabajadores con la idea de que eran pecadores, de que todo placer era malo y de que el camino a la salvación pasaba por el sufrimiento silencioso en la Tierra.

Dios fue reinventado en forma de una especie de Gran Hermano y Su voluntad era que trabajásemos duro. Una buena arma de reserva, si el temor de Dios no convertía a los vagos rurales en esclavos urbanos, era el hambre.

Actualmente existen nuevos enemigos del tiempo libre. El hambre y Dios han sido sustituidos en la era del consumismo por las posesiones y el estatus. La publicidad nos hace creer que la vida será mejor si compramos un determinado producto.

Pero para comprarlo necesitamos dinero y para conseguir dinero hay que trabajar duro o endeudarse. Nos endeudamos para hacer realidad nuestros deseos y luego seguimos trabajando para pagar las deudas. Es la forma moderna del trabajo tirano.

El capitalismo ha promovido el trabajo como religión; pero también lo ha hecho, por desgracia, el socialismo. La izquierda se ha dejado lavar el cerebro por el sueño socialista del “pleno empleo”.

Sin embargo, ¿no sería mejor un pleno desempleo? En el gran ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” (1891), Oscar Wilde plantea la absurdidad de la idea del pleno empleo: “Debe lamentarse que una parte de nuestra comunidad viva prácticamente en la esclavitud, pero es infantil proponer que el problema se resuelva con la esclavitud de toda la comunidad”.

Pobreza y Exclusión, camino que ofrece el capitalismo a quienes se caen del sistema.

Necesitamos ser responsables de nosotros mismos; debemos crear nuestra propia república. Actualmente, entregamos nuestra responsabilidad al jefe, a la empresa, al gobierno y luego nos quejamos cuando todo va mal.

También hay que dejar claro que el trabajo, en especial en el tramo final de la escala, es extremadamente peligroso. En todo el mundo, la manía del consumo de bienes ha creado una cultura mortal que obliga a trabajar demasiado.

(Comedor de empresa) Recuperando fuerzas para volver al curro

Un estudio reciente de la ONU afirmaba que el trabajo mata a dos millones de personas al año, una cantidad equivalente a dos desastres como el 11 de septiembre cada día. Pero ningún gobierno del mundo ha declarado ninguna “guerra contra el trabajo”.

Fuente: ELOGIO DE LA PEREZA, de TOM HODGKINSON.