Hans Bethe dijo que el Proyecto Manhattan “lo cambió todo; hizo que los científicos se metieran en política”. La necesidad de que los científicos comprendan lo que sucede a su alrededor también se aplica a la inversa, por supuesto, a los políticos y a los profanos en la materia con respecto a la ciencia.

Hans Bethe
Rudolf Peierls dijo en 1986: “Me temo que, hace cuarenta años, subestimamos la capacidad de los que estaban en el poder para comprender las implicaciones de lo que habíamos creado”.
De hecho, la interacción a través de estas líneas divisorias comenzó antes del proyecto de Los Álamos, en la época en que Leo Szilard expresó por primera vez su preocupación a cerca de la bomba nuclear.

Leo Zsilard con Albert Einstein
Tales intercambios exigían de los científicos toda una serie de habilidades nuevas. Antes, ser un buen científico requería inteligencia y buenos conocimientos de un campo determinado. No era preciso, sin embargo, ser un buen comunicador ni saber relacionarse con otros, ni tener conciencia política, ni mostrar capacidad de juicio en cualquier área ajena a la ciencia, e incluso entonces sólo se exigía dominar un tema especializado.
La energía atómica fue quizás el primero entre diversos temas que existen hoy, como la genética y la nanotecnología, que exige a los científicos que comuniquen sus conclusiones de forma eficaz y que decidan después si deben expresar una opinión al respecto, presentar otras opciones o decir simplemente: “Aquí están, esto es lo que significan, otros tendrán que decidir qué uso se les puede dar”. Sigue leyendo










