Los patios de juego de todo el mundo resuenan con gritos de “¡Tramposo, tramposo!” Así sucede tanto en los terrenos deportivos como en las torres de marfil de la academia y en los relucientes imperios del mundo de los negocios.
Cuando las reglas se quebrantan, las emociones suben de tono y se busca venganza. Pero sólo parece justo castigar a quienes son conscientes de lo que están haciendo y se muestra condescendencia con quienes infringen las reglas sociales accidentalmente, quizás ignorantes de las normas sociales.
Diversos modelos matemáticos -que ayudan a revelar la plausibilidad de un fenómeno particular- muestran que la cooperación puede desarrollarse y permanecer estable si los individuos castigan a los defraudadores y a aquellos que dejan de castigarlos. En ausencia de ese castigo, la cooperación se deteriora a medida que los individuos abandonan. Las sociedades humanas han desarrollado claramente esos instrumentos psicológicos.
El castigo es una manera de controlar el fraude. Es una forma de control externo. Pero castigar a otro requiere al menos dos capacidades. La primera es un sentido de cuál es la gama de comportamientos posibles o tolerables en un determinado contexto. Esto es necesario, pues las acciones punibles son aquellas que se apartan de alguna manera apreciable de un conjunto determinado de conductas o emociones normativas en la población.
En su obra Genesis of Justice, el jurista Alan Dershowitz sostiene que Dios tuvo que encontrar un enfoque equilibrado del castigo. Sus primeras sanciones eran demasiado severas o no lo bastante severas en relación con el delito.
Dios le dice a Adán que morirá si come del árbol del conocimiento. Adán le transmite a Eva el mandato de Dios. Como sabemos, el mandato de Dios es una amenaza vana. Dios no la cumple plenamente. Dios castiga a Eva con los dolores del parto y con la subordinación a Adán. Dios castiga a Adán haciéndole sudar para ganarse el pan, arruinando sus cosechas y limitando la duración de su vida. Sigue leyendo →
El crecimiento en los países del Norte -y a menudo también en los del Sur- propicia el asentamiento de un modo de vida esclavo que hace pensar que cuantas más horas se trabaje, más dinero se gane y, sobre todo, más se consiga consumir, mayor será la felicidad.
Retratemos la condición de ese modo de vida esclavo de la mano de una anécdota omnipresente en la literatura que contesta las virtudes del crecimiento:
“En un pequeño pueblo de la costa mexicana un norteamericano se acerca a un pescador que está a punto de echar su siesta y le pregunta: ¿Por qué no dedica usted más tiempo a pescar en el mar? El mexicano responde que su trabajo cotidiano le permite atender de manera suficiente a las necesidades de su familia.
El norteamericano pregunta entonces: ‘¿Qué hace usted el resto del tiempo?’ Me levanto tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, echo la siesta con mi mujer, por la tarde quedo con mis amigos. Bebemos vino y tocamos la guitarra, Tengo una vida plena.
El norteamericano lo interrumpe: ‘Siga mi consejo: dedique más tiempo a la pesca. Con los beneficios, podrá comprar un barco más grande y abrir su propia factoría. Se trasladará a la Ciudad de México, y luego a Nueva York, desde donde dirigirá sus negocios’.
Ciudad de México
¿Y después?, pregunta el mexicano. ‘Después su empresa cotizará en bolsa y usted ganará mucho dinero’. ¿Y después?, replica el pescador. ‘Después podrá jubilarse, vivir en un pequeño pueblo de la costa, levantarse tarde, jugar con sus hijos, pescar un poco, echar la siesta con su mujer y pasar la tarde con los amigos, bebiendo vino y tocando la guitarra’.
Permítasenos agregar que, aunque parece claro qué es lo que retrata la anécdota, deja sin cubrir un flanco importante, en la medida en que no da cuenta del número de horas que trabaja la esposa del mexicano protagonista….. Sigue leyendo →
Confiar o desconfiar, ese es el dilema, esa es la gracia, ahí está el meollo del arte de saber relacionarse con los otros o fracasar en el intento.
El principio “no hayconfianza” tiene dos consecuencias inmediatas: una, la de su inversa: “no hay desconfianza”; otra, la de la necesidad de los pactos, fundamental en la construcción del contexto de interacción.
El pacto de la desconfianza o no confianza
El pacto implícito en toda interacción, imprescindible tanto por la existencia de grados de confianza cuanto de desconfianza, es el pacto de fidelidad o sinceridad, que puede enunciarse así:
“Puesto que de ti no puedo obtener toda la información que preciso, he de fiarme y exijo que no me engañes”.
Esta apuesta por la confianza es una opción al fin, puesto que puede no darse y no se da, en efecto, en el desconfiado, en el suspicaz, en el que tiene (fundada o menos fundada) sospecha. Si se da, el pacto de sinceridad o fidelidad es, asimismo, pacto de cooperación, y, por decirlo así, de fianza recíproca. Cada uno de los componentes de la interacción labora, entonces, para que la apuesta se vea coronada por el éxito.
Cuando, por el contrario, optamos por la desconfianza, la interacción no es cooperativa. El primer punto de las implicaturas de Grice se transgrede: cuento con que el otro no me va a decir la verdad, no será sincero; que, a las priemeras de cambio, me engañará si puede. De resultas de todo ello surge la reserva, que, como su propio nombre indica, consiste en no aportar, a conciencia, la información que el otro precisa.
En contra de lo que se ha dicho, las relaciones interpersonales transcurren incumpliendo las implicaturas conversacionales de Grice, de forma que la teoría de la comunicación interpersonal no debe hacerse a tenor de lo que sería la buena comunicación, de hecho excepcional, sino la mala -mala en mayor o menor grado- comunicación.
Como ocurre con la conversación, lo que hay que explicar no es el hecho de que las personas se entiendan cuando hablan correctamente, sino que nos entendemos a pesar de los errores sintácticos, semánticos, anacolutos, etcétera, que cometemos en la conversación ordinaria, es decir, en la “mala” conversación.
Hay tal diferencia entre una u otra opción -confianza versus desconfianza- en lo que respecta a la productividad de las interacciones, que el acierto en una u otra es decisivo. Una apuesta desacertada por la confianza supone darnos al otro y ser traicionado; en el orden opuesto, el desacierto en la opción por la desconfianza supone privarse de relaciones que podrían ser fundamentales para el sujeto (de amistad, amorosas), merced a la reserva que se adopta.
Amistad y Confianza
Tanto la confianza cuanto su opuesta, la desconfianza, son actitudes básicas. Es decir, posturas constantes o casi constantes del sujeto. Así, es improbable que quien es “de natural” confiado desconfíe o desconfíe al máximo, y, como sabemos, a veces resulta imposible convencerle de que adopte una actitud más precavida ante alguien de quien intuimos que las probabilidades de engañarle son altas; y a la inversa, quien es de suyo desconfiado, lo que suele hacer es no confiarse, sino desconfiar en mayor o menor grado.
Tales actitudes, pues, preceden a la actuación, incluso a toda actuación. Por eso, no es lo mismo, en lo que respecta a la productividad de una interacción, una actitud confiada o desconfiada. La estrategia inteligente consiste en dar con el grado justo de la confiaza que se precisa para determinada interacción.
Pereza, (latin: acedia, accidia, pigritia), es la negligencia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos. Se le conoce también como gandulería, flojera, haraganería, holgazanería; entre otros términos que pueden incluso llegar a ser peyorativos. La religión cristiana clasifica la pereza como un vicio capital , ya que genera otros pecados, si bien antiguamente se la denominaba acedía o acidia, concepto más amplio que tenía que ver con la tristeza o la depresión.
Todos los seres vivos que se mueven, tienden a no malgastar energías si no hay un beneficio, que no tiene por qué ser seguro e inmediato: puede ser algo probable o que se obtendrá en un futuro.
Paradigma del éxito o beneficio en las sociedades occidentales
Los animales con mayor inteligencia, y sobre todo los jóvenes, a veces parecen contradecir la máxima de no desperdiciar energía. Son muy activos y no paran casi nunca quietos. Esta actividad tiene la utilidad de conseguir mejores habilidades o conocer mejor el entorno, entre otras ventajas.
En el caso de los seres humanos (y otros animales), tenemos un cerebro muy grande y que consume mucha energía (20% del total que necesita el cuerpo), tanto si se usa, como si no. No utilizarlo supone un desperdicio de energía. Para evitarlo, una sensación desagradable, el aburrimiento, evita dejar inactivo el cerebro y otra agradable, la curiosidad, mueve al individuo a buscar algún tipo de actividad interesante, aunque no haya una necesidad inmediata. Las actividades no tienen por qué ser puramente mentales; sirve cualquier actividad en la que intervenga el cerebro, desde leer hasta hacer deporte.
La lectura combate el aburrimiento, sacia la curiosidad y evita el desperdicio de energía (El cerebro consume el 20% de la energía que precisa el humano tanto si se usa como si no).
A las personas que evitan realizar cualquier actividad se les llama vagos. Las causas para tener dicha tendencia pueden ser variadas, desde mala alimentación o enfermedades o simplemente que las actividades que realizan no les resultan beneficiosas.
Existe la idea generalizada de que, en muchos casos, los vagos los son porque les da la gana, no ponen suficiente de su parte o les es más ventajoso ser así. Ha ocurrido en muchas ocasiones, que personas con enfermedades poco conocidas, han sido o son consideradas vagas, incluso por médicos.
El Síndrome de la Fatiga Crónica es una enfermedad que puede confundirse con la pereza, holgazanería, vagancia...
Algunos ejemplos de enfermedades que suelen ser confundidas con pereza son:
Vamos a unir nuestras vidas, prometo amarte siempre, prometo ser para ti un poco diferente cada día, ser incluso “otro”, hasta mi muerte.
Cuando dos jóvenes se casaban, le parecía lo más natural del mundo jurarse fidelidad hasta la muerte. Llevados por el entusiasmo y el aliento del primer amor, este propósito de fidelidad les parecía tanto a ellos como a sus allegados la cosa más natural del mundo.
Por lo demás, este propósito guardaba cierta coherencia con una sociedad caracterizada por la estabilidad. Las empresas y el comercio pasaban de padres a hijos, la herencia funcionaba perfectamente y la familia también.
Te amaré siempre
Los oficios y las técnicas se transmitían de generación en generación. Si hubiera habido necesidad, se hubiera podido justificar este juramento de fidelidad diciendo: cuando se quiere crear cualquier cosa, es importante no desmentir mañana lo que hacemos hoy. Así se legitimaba el juramente de fidelidad conyugal, lo que representaba una garantía contra la erosión del tiempo. Sigue leyendo →
¿Qué lengua utilizaron por primera vez Adán y Eva en sus conversaciones en el Paraíso y con el mismo Dios?, ¿Acaso Dios no debió de darles su propio idioma, el lenguaje a partir del cual derivaron todas las demás lenguas?, ¿en qué idioma habló Dios a Moisés en el monte Sinaí?, ¿lo hizo en hebreo?, ¿habló Dios a Jesús en arameo?
Estas preguntas, a todas luces ingenuas para nosotros hoy, no lo fueron tanto para muchos reyes y filósofos que a lo largo de la historia se preguntaron y reflexionaron sobre cuál sería, entre las miles de lenguas habladas, el idioma más natural del hombre. Es decir, aquel que lejos del aprendizaje del padre, de la madre o del entorno social, Dios dio al hombre en el inicio de su despertar como tal para comunicarse por primera vez con sus semejantes.
Se han descrito muchas experiencias en las que se ha buscado descifrar y dar contestación a este enigma. Unas proceden de la fantasía. Otras, más documentadas, de experimentos realizados con niños. Otras, definitivas, las obtenidas más recientemente de seres humanos aislados completamente de otros congéneres en los primeros años de su vida.
Se cuenta que, tratando de contestar a esta pregunta a lo largo de la historia, un faraón de Egipto, Psammetichus, y diversos reyes, entre ellos el rey Jaime IV de Escocia, aislaron a niños recién nacidos para comprobar tiempo después con qué idioma se expresaban y descubrir así el idioma más genuinamente humano y, por tanto, el más cercano a Dios.
Pero quizás la historia más documentada, según describió un jesuita en su Historia general del Imperio mogol, en 1708, es aquélla del emperador mogol Akbar Jan, a principios del siglo XVI, quien mandó aislar a varios recién nacidos al cuidado de personas sordomudas. Transcurrido el tiempo, el emperador, junto a sabios conocedores de todas las lenguas, se aprestó a conocer el lenguaje de los niños. Y fue entonces cuando descubrió que los niños no hablaban nada. Eran mudos. El idioma genuino del hombre, si acaso, era claramente el silencio.
Hoy hay recogidas documentalmente diversas historias de niños completamente aislados por sus padres o perdidos en la selva cuando no debían de tener más de un año de edad. Cuando algunos de estos niños fueron encontrados con edades entre cuatro y seis años, no hablaban absolutamente nada. Estos niños se expresaban con contracciones extrañas de los músculos de la cara, raras vocalizaciones y gesticulaciones explosivas de los brazos.
El caso de Johan, recogido por unas monjas en un orfelinato de Burundi, es ilustrativo. Se perdió en el período de guerra entre watusi y hudu en los alrededores del lago Tanganika, a principios de los años setenta, y fue recogido por unos pastores que lo descubrieron viviendo en una colonia de chimpancés. El niño era mudo y andaba apoyado de brazos y piernas. A pesar de un intenso entrenamiento durante años nunca se logró que aprendiera a hablar. Y es que el lenguaje, el habla, no es algo con lo que se nace. Ciertamente, se nace con la potencialidad de hablar, es decir, se nace con un cerebro que alberga los circuitos neuronales para el lenguaje, pero esos circuitos nunca van a funcionar a menos que se registre en ellos el habla de nuestros semejantes.
Sólo el aprendizaje logra convertir en hecho aquello que existe en potencia. Se nace con un disco cerebral en el que poder grabar, pero que estará vacío si no se graba nada en él. En otras palabras, el habla no es patrimonio de un hombre único y aislado. El habla es un patrimonio social, es un bien común de todos los seres humanos. Bien común, además, adquirido a lo largo de varios millones de años de evolución del cerebro, y no dado por ningún dios en ningún momento determinado. Ya en el hombre de hace dos millones de años se han podido reconocer trazas de las estructuras cerebrales que supuestamente han dado lugar a los circuitos del habla. Y es posible que tan sólo sea hace unos cien mil años cuando la corteza cerebral alcanzó los últimos peldaños de esa complicada escalera evolutiva que ha dado lugar al habla.
Aprendiendo a hablar
Sin duda que ni el emperador mogol ni el resto de quienes hicieron estos experimentos desgraciados con niños alcanzaron a contestar la pregunta sobre el origen del habla. Y la contestación es que si Dios dio algún idioma al hombre en sus orígenes, éste es claramente el idioma de los gestos y el silencio. De lo que se deduce, además, que no hay libro alguno que exprese, en ningún idioma, el verbo directo de Dios. Dios, si existe, es silencio y cualquier libro que hable de ese silencio ha sido filtrado por el cerebro humano. Y esto nos lleva a comprender que la interpretación humana de ese silencio, su desciframiento y su traducción en forma de lenguaje, es tan individual como lo es cada cerebro en cada uno de los más de siete mil millones de habitantes que pueblan la Tierra.
Esta sociedad se empeña en obviar el final que a todos nos espera y hace de la muerte un tabú y del suicidio una enfermedad…
La vida en sentido biológico es un fenómeno natural, pero la vida en sentido biográfico puede ser una obra de arte. Cada uno de nosotros es el artista de su vida, el autor de su biografía, el director de su película. El arte siempre está sometido a constreñimientos, y el arte de vivir empieza con pie forzado. Cuando uno se pone a redactar el guión de su vida, se encuentra con que el primer y decisivo capítulo ya está escrito y no se puede borrar. A uno solo le queda continuar la novela, cosa que hacemos mientras vivimos, como Ortega y Gasset subrayó repetidamente.
El primer capítulo de la vida humana lo escriben otros, gracias a los cuales cada uno de nosotros tiene la oportunidad de continuar la novela, el relato personal.
Aunque no nos es dado redactar el primer capítulo, a veces podemos escribir el último. Ya que no podemos elegir cómo nacer, al menos podemos elegir cómo morir, a no ser que la muerte se nos adelante y desbarate nuestros planes. Con frecuencia el zarpazo de la muerte nos sorprende con la pluma en la mano, antes de que nosotros queramos morir. El libro de nuestra vida queda truncado, la película acaba bruscamente, el final no es nuestro, nos sobreviene como un accidente externo, sin que nosotros tengamos arte ni parte en el asunto.
Otras veces los demás irrumpen en la filmación de los últimos planos, nos apartan de la dirección de la película y la alargan contra nuestra voluntad con escenas inacabables de miseria, agonía y dolor que no estaban en el guión. Estas interferencias pisotean nuestra libertad y convierten lo que podría haber sido una obra de arte cabal en un bodrio lamentable.
A pesar del mágico encanto de la infancia y de la turbadora emoción de la pubertad, es hermoso crecer, hacerse adulto, vivir en sazón y plenitud, sentirse a gusto en la propia piel, pensar con lucidez, ejercer la autonomía, tomar en nuestras manos las riendas de nuestra propia vida. Nadie nos preguntó cómo nacer, pero quizá podamos decidir cómo morir. Podemos ser los autores del último capítulo de nuestra biografía, podemos hacer que la película de nuestra vida acabe bien, a nuestro gusto. No hay necesidad de rodear el trance de la muerte de terrores, supersticiones y tabúes. También la muerte puede abordarse con serenidad y racionalidad. Por desgracia, y como ha señalado Nuland, la mayoría de la gente no muere del modo como elegiría morir.
El ideal del humán (hombre/mujer) libre consiste en tomar el mando y asumir la autoría de su vida y de su muerte. Que podamos decidir el punto final, que podamos elegir el día y la hora de nuestra muerte, el dónde y el cómo morir, que nuestra muerte sea la muerte inventada y elegida por nosotros, nuestra muerte propia. Rainer M. Rilke (1875-1926) pedía:”Oh Señor, dale a cada uno su muerte propia”. Todo lo que vive, muere, y sería necio pretender escapar a esa ley universal.
Morir sin dolor y asistido por un personal competente debiera ser ya una realiadad y no una aspiración.
“No aspires, oh alma mía, a la vida inmortal, pero agota el campo en lo posible”, cantaba Píndaro. El ideal posible no es la inmortalidad, sino la buena muerte (buena dentro de lo que cabe, claro), la muerte elegida, la muerte sin dolor y sin angustia (primero narcótico y luego inyección letal), bien pensada y preparada, rodeados de nuestras personas queridas, y asistidos por un médico competente y servicial. La muerte mejor, la más deseable, la más acorde con la autonomía humana, es el suicidio racional, sereno y asistido.
Como sabía Lucio Anneo Séneca (4a. C.-65 d. C.), “lo que importa es lo buena que sea tu vida, no cuán larga sea. Y, muchas veces, que sea buena es que no sea larga”. Séneca tenía una postura lúcida ante el final de su vida:”No renunciaré a mi edad provecta mientras deje intacto lo mejor de mí mismo. Pero si empieza a debilitar mi mente, si destruye mis facultades una tras otra, si no me deja más vida que el aliento, yo abandonaré el edificio ruinoso. Si sé que voy a sufrir sin esperanza de alivio, dejaré la vida no por temor al dolor, sino porque tal situación impide todo aquello por lo que vale la pena vivir”.
Suicidio
Sopesar bondad y longitud de nuestra vida no es tema baladí. Albert Camus (1913-1960) lo planteó con dramatismo:”No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el del suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena ser vivida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Esa cuestión tiene una respuesta distinta en cada caso, que solo el interesado puede dar. Solo uno mismo es competente para juzgar si su propia vida vale o no la pena de ser vivida a partir de cierto punto. ¿Quién osaría decidir por otro?¿Quién osaría privarnos de nuestro último derecho y conculcar nuestra última voluntad?
Ya desde Tomás de Aquino, la tabuización o prohibición del suicidio se defiende con tres argumentos falaces, de irracionalidad creciente:
1) Que el suicida perjudica a la sociedad, pues la priva de sus servicios. A lo sumo, eso valdría para quien está en posición de prestar servicios a los demás. Obviamente, ese no es el caso de los individuos profunda e irreversiblemente deteriorados y de los enfermos terminales.
2) Que el suicidio no es natural y va contra el orden natural de las cosas. Pero lo mismo puede decirse de toda la medicina actual. Son precisamente las interferencias artificiales y antinaturales de la terapia tecnológica las que provocan la existencia de casos como los que estamos comentando.
3) Que el suicidio es un robo, pues la vida de uno no le pertenece a uno, sino a Dios, por lo que quitarse la vida e robar a Dios, su dueño. Este galimatías, tomado en serio, nos llevaría a prohibir afeitarnos o cortarnos el pelo (el pelo pertenece a Dios, etc.), como hacen los sijs.
Los Sijs
Hume, en su Essay on Suicide [Ensayo sobre el suicidio], presenta una contundente refutación de las presuntas razones para criminalizar el suicidio. “Si el suicidio es criminal, tiene que ser una transgresión de nuestro deber hacia Dios, hacia nuestros vecinos o hacia nosotros mismos”. A continuación, Hume desmonta la pretensión de que el suicidio infrinja alguno de esos deberes. Por ejemplo, respecto al segundo punto, dice:
“Un humán que se retira de la vida no perjudica a la sociedad: solo cesa de beneficiarla… Todas nuestras obligaciones de hacer el bien a la sociedad parecen implicar algo recíproco. Recibo los beneficios de la sociedad y por lo tanto debo promover sus intereses, pero cuando me retiro completamente de la sociedad, ¿puedo seguir estando obligado? [...] Si, teniendo en cuenta mi edad y mis enfermedades, puedo legalmente resignar mis cargos, y emplear mi tiempo únicamente en protegerme contra esas calamidades y aliviar en lo posible las miserias de mi vida futura, ¿por qué no puedo cortar en seco y de inmediato dichas miserias por una acción que no causa más perjuicio a la sociedad?“.
Los naturalistas afirman que el nudismo es socialmente beneficioso.
En 1961, el físico y filósofo Percy Bridgman (1882-1961), que ganó el premio Nobel de Física por su investigación de las altas presiones e introdujo el operacionalismo en filosofía de la ciencia, sufría los efectos de un cáncer progresivo y terminal, del que sabía que pronto lo incapacitaría totalmente. Decidió poner fin a su vida, pero todavía sacó fuerzas de flaqueza para completar el índice de la edición en siete volúmenes de sus obras científicas. En cuanto lo hubo terminado y enviado a Harvard University Press, se suicidó en solitario y con un arma de fuego, de un disparo en la cabeza, mientras todavía podía.
Dejó una nota en la que decía que “no es decente que la sociedad le obligue a uno a hacerse esto a sí mismo, pero probablemente hoy es el último día en que todavía puedo”. Escribió que le gustaría aprovechar la situación en que se encontraba para dejar sentado el principio general de que, en tales circunstancias, el individuo tiene derecho a pedir a su médico que ponga fin a su vida.
Cada síntoma, cada dolor, cada problema pueden hacer conocer mejor alguna parte de uno mismo. Muchas técnicas sofisticadas de trabajo con el cuerpo (como el método Feldenkrais o el método Alexander) y otras formas de terapia o descubrimientos en el campo médico nacieron precisamente cuando alguien -dotado de gran potencia creativa y dispuesto a utilizar la propia capacidad de conocimiento, escucha y experiencia- tuvo que enfrentarse con síntomas físicos graves. ¿Cómo no considerar entonces las enfermedades como si fueran guías que permiten entrar en uno mismo, conocerse, superar la disociación y, por lo tanto, encarnarse, es decir, tomar cuerpo ?
El cuerpo es un microcosmos en el que están representados todos los arquetipos, todas las fuerzas potenciales, en una forma muy concreta y con el que es posible experimentar directamente. Revelar la información del cuerpo significa empezar a pensar con el cuerpo. Si el pensamiento era originalmente planeado como una función de todo el cuerpo, ¿por qué pensar con pocos centímetros cuadrados de materia gris cuando es posible usar una red entera distribuida por casi dos metros de altura? En el cuerpo humano, el cerebro (una elaborada centralita de administración y conexión de los receptores de todo el sistema) representa el instrumento producido por el cuerpo para coordinar de manera sofisticada lo que ocurre en el cuerpo, no una forma alternativa a él.
El ser humano, por lo tanto, está organizado para pensar con todo el cuerpo, o más bien para elaborar la información y para interactuar con el ambiente a través de todo el material disponible. Cuando se delega la capacidad de elaboración de datos a una pequeña parte del cerebro -la cortical, que dirige las funciones racionales-, se excluye una vasta parte de las conexiones posibles. Por lo tanto, es obvio que también el pensamiento resulte limitado. Si no se permanece ligado a las facutades perceptivas, a los sentidos y, por lo tanto, al sustrato corporal, cualquier pensamiento puede salir por la tangente. La mente puede convertirse en un ordenador sin operador, capaz de elaborar cualquier fantasía, sin contaco directo con la realidad. La locura no es más que un pensamiento que se ha despegado completamente del cuerpo.
El ser humano está programado para pensar con todo el cuerpo y elaborar información que le permita interactuar con el ambiente.
Desarrollar la conciencia es cuestión de aumentar la definición de una imagen, volviéndola progresivamente más clara y nítida a través del conocimiento de arquetipos, o más bien de las imágenes universales presentes en las zonas más profundas del inconsciente colectivo, accesibles a su vez sólo a través de formas simbólicas capaces de representarlas. ¿Cómo conocer el arquetipo de la agresividad si no es a través de metáforas? El fuego, Marte, la diosa Kali, en su calidad de símbolos, tienen precisamente la función de reclamar una experiencia mediante un elemento reconocible. (El término símbolo deriva del griego syn-ballein, que significa “juntar“). Lo que se junta, en estos casos, es la energía primordial del inconsciente, por una parte, y una forma concreta reconocible que pertenece, por la otra, a la conciencia. Así, la imagen del fuego -o de Marte- evoca a la vez un elemento fácilmente reconocible y la experiencia de la energía subyacente que representa.
Entre las diferentes cosmologías a las que uno puede referirse, el cuerpo es lamás concreta y tangible. En el cuerpo vienen representados todos los procesos arquetípicos universales -el cerebro como intelecto, el corazón como afectividad, el hígado como fuerza, la sangre como pasión, etc.-, hasta el punto en que los distintos órganos y las distintas partes del cuerpo han sido a menudo asociados a divinidades diferentes, a signos del zodíaco y a cantidad de cosas más. La ventaja respecto a los otros sistemas, cuando se toma el cuerpo como referencia, es encontrarse delante de algo que, lejos de ser una creación del imaginario, es la representación material potencialmente más concreta y cercana a la experiencia directa.
En el cuerpo vienen representados todos los procesos arquetípicos universales.
Por otro lado, nosotros nos encontramos en el periodo histórico y en el área geográfica en que se ha verificado la mayor disociación entre alma y cuerpo registrada por la historia de la humanidad. En la economía global, el Occidente industrializado no es tan distinto del adolescente que se sumerge durante horas en el ordenador, olvidándose del resto, tal vez porque en aquel momento de su crecimiento está desarrollando funciones cerebrales y neurológicas concretas. Por primera vez es posible vivir sin una necesidad práctica del cuerpo: coches, ascensores, energía eléctrica, telecomandos permiten creer no tenerlo y, en el caso en que uno se percata de tenerlo porque surge la enfermedad o un dolor, tenemos infinitos instrumentos -sea químicos (como los analgésicos) o culturales (como la televisión o los ritmos laborales)- para lograr olvidarse.
Un cuerpo bien cuidado proporciona placeres, grandes sensaciones y plenitud. Acerca a la dicha y a la felicidad.
Pero si el desarrollo tecnológico actual ha generado una condición en la que es posible sustituir muchas de las funciones del cuerpo en una cantidad de situaciones prácticas -por lo menos hasta el próximo corte de luz o la próxima crisis petrolera o económica-, no se puede decir lo mismo de su función cosmológica. El cuerpo con sus sensaciones -y también con sus enfermedades- continúa siendo el canal principal de conexión con todo nuestro ser. Es el Olimpo personal donde juegan los dioses del ser más profundo. Extirpar del cuerpo las propias raíces separa a la persona del parlamento en el que están representados todos los aspecos de su alma. Nacer en este periodo histórico y en esta cultura seguramente nos ha llevado muy lejos. Tal vez es hora de volver a casa.
FUENTE: PENSAR con el CUERPO ( JADER TOLJA Y FRANCESCA SPECIANI).