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SOM ENERGIA: COOPERATIVA

La institución de la familia II

Si la familia se convierte en una zona de máxima garantía y seguridad, se tranforma en un centro represor, no solamente de los más jóvenes, sino de todos los miembros que la componen.

FUENTE: MIEDO AL SILENCIO (Dr. JOAN CORBELLA ROIG).

Ni por la pareja, ni por el trabajo, ni por los hijos, por nada ni por nadie debe uno ver atenazada su individualidad y el conjunto de ideas, actitudes, pensamientos y pasiones que troquelan eso que se ha dado en llamar la forma de ser. La renuncia al yo, en aras de poder formar un nosotros que parece que nos complementa y nos protege, es la renuncia más transcendental de cara a nosotros mismos, puesto que renunciamos a los más importante, a lo único realmente importante que se puede llegar a tener: la propia identidad. Algunos han postulado en esta renuncia actitudes de generosidad, como si se tratase del máximo exponente de la donación y del amor, pero yo considero que en esta renuncia existe el más sutil de los egoísmos. Se renuncia no tanto para bien de otro, sino para tener menos dudas, menos conflictos, y con la oculta intención de que el otro también renuncie a todo aquello que a uno le desagrada. Si realmente esta renuncia se hiciera en función de la generosidad y del amor, no podría permitir que otra persona renunciara a ideas y sentimientos que le son propios, precisamente aquellos elementos que han troquelado su actitud vital. (más…)

EL CRECIMIENTO EXPONENCIAL

Toma un trozo de papel y dóblalo por la mitad. Has duplicado su espesor. Dóblalo por la mitad una vez más para lograr que tenga un espesor cuatro veces mayor que al principio. Suponiendo que pudieras continuar doblando el trozo de papel hasta 40 veces, ¿qué grosor crees que acabará teniendo? ¿Menos de un metro? ¿Entre uno y 10 metros? ¿Entre 10 y 1.000 metros?

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EL ABORTO, (o la solidaridad con las mujeres y los no nacidos)

Vamos a comenzar la solidaridad con los seres vivos (¿humanos?) más débiles, dependientes e indefensos que hay: los fetos humanos.

A todo ser humano le compete plantearse este problema (el del aborto) y reflexionar sobre él; pero no desde la comodidad del que no está afectado, y por eso sabiendo que luego deberá ser enormemente respetuoso a la hora de juzgar a personas concretas.

No sólo respetuoso, sino positivamente solidario con las mujeres que se ven en el callejón sin salida (más o menos sin salida, objetivamente) de tener que eliminar de su cuerpo un ser vivo que depende para existir de ese soporte corporal.

Abortar, dicen las mujeres que lo han hecho, no es en absoluto agradable, ni algo que se hace, ni se puede hacer, ligeramente. La inmensa mayoría de las mujeres que abortan sufren enormemente antes del aborto, en el aborto y después del aborto, para no mencionar a los miles de mujeres pobres que mueren en el intento cada año.

Según el Fondo de Naciones Unidas para la Población:

Como grave consecuencia de los embarazos no deseados, anualmente en el mundo se producen 40 millones de abortos. Entre ellos, sólo 26 a 31 millones son legales y cerca de 20 millones son llevados a cabo en condiciones deplorables a causa de las cuales unas 100.000 mujeres mueren cada año por abortos mal practicados.

Según González Faus, más del 90% de mujeres que mueren en prácticas abortivas pertenecen al tercer y cuarto mundo. Este dato enseña que hoy la cuestión del aborto no es exclusivamente un problema moral. Tiene también una clara dimensión social.

La mayoría de las mujeres que abortan tienen que elegir entre su vida, ya sea literalmente ante una probabilidad de morir, o psicológica y moralmente, por no tener las capacidades, la disposición y los medios materiales de criar y educar a la criatura como es debido, o como lo pide su medio cultural.

Fuera de los casos médicos certificados, la percepción de la imposibilidad moral de procrear un hijo se presta a una gran dosis de subjetivismo. Eso es verdad, ¿pero quién se va a proclamar juez de cuán subjetiva, exagerada o egoísta es la decisión de una mujer concreta, que, entre grandes angustias, decida abortar? No seré yo quien lo haga.

Sin embargo, creo que el respeto y comprensión de las decisiones personales de mujeres que abortan no debe impedir un recuerdo valiente y generoso a los seres a medio acabar, que se hallan en el vientre de sus madres para un día convertirse en niños.

Si la solidaridad se debe sobre todo a los más débiles e indefensos, ¿quién más que ellos llenan los requisitos de la debilidad y la indefensión? A este respecto, me perturban enormemente las palabras de González Faus:

En conclusión: a la hora de discutir sobre el aborto no tiene sentido argumentar partiendo de si el feto es ya “persona” humana o si su vida es vida humana. Ya hemos indicado que esta discusión no tiene una respuesta científica uniforme, y probablemente nunca la tendrá.

Lo decisivo es que se trata de un viviente humano (aunque sea en su expresión más ínfima) y que nadie está autorizado a disponer a su antojo del cuerpo de otro. Este mismo principio es el que hace de toda violación un crimen, y por eso, habría que esperar que fueran precisamente las mujeres, y en concreto, las feministas, las más sensibles a este modo de argumentar.

En la afirmación de la vida y en el rechazo absoluto a que nadie se la quite a nadie hay que ser consecuentes a marchamartillo. Y, por ejemplo, no se puede estar tan en contra del aborto que se llegue a matar a médicos, personas hechas y derechas, que lo practican, ni defender la vida de los no nacidos para admitir a renglón seguido la pena de muerte como la cosa más natural del mundo.

Sin embargo, con todo el respeto y comprensión a las mujeres, a las feministas que han defendido y defienden los derechos secularmente conculcados de su género por todas las culturas y razas, no puedo en este tema de la solidaridad, que por otra parte recoge, aprueba y aplaude su lucha, hacer la “vista gorda” y no mencionar a los seres que no nacen, a quienes, quizá con todo tipo de razones, no se les permite nacer.

Para decirlo indirectamente, en un mundo donde reinara la solidaridad, donde ésta fuera el valor principal que vertebrara todas las relaciones humanas, podemos suponer que el número de abortos se reduciría a unos casos abierta y objetivamente extremos, y no en última instancia porque no se pondría a las mujeres, con la frecuencia que se hace ahora, en el disparadero del aborto.

Además, la solidaridad vivida y compartida ayudaría a superar muchos problemas, resolver muchas incógnitas y tranquilizar muchas angustias que en un mundo insolidario parecen sin solución. Ir contra el aborto implica ir contra la sociedad y las prácticas sociales que ponen a las mujeres, mayoritariamente pobres, en el callejón sin salida que conduce al aborto.

Ni que decir tiene que desde aquí denunciamos como falsos e hipócritas los gritos de escándalo y condena de aquellos que urgen que los seres vengan a la vida y luego se olvidan de estos seres ya plenamente humanizados, pequeños y grandes, y los dejan, por razones del mercado probablemente, que lleven una vida miserable e indigna, tanto que a muchos de ellos les hace desear el no haber nacido.

Si defendemos que todos los niños vengan a la vida, lógicamente debemos pedir con la misma pasión que nadie pase hambre, que ninguno de ellos carezca de educación, de trabajo, de oportunidades para realizarse, de una vivienda digna, de todo aquello que justifique el sacrificio de sus padres de haberlo traído al mundo y que haga que cada persona considere una suerte el haber nacido.

La solución al problema del aborto como un suceso personal y social que en la mayoría de los casos aparece como un mal menor, probablemente sólo puede encontrarse a un nivel eminente de solidaridad social y de generosidad personal, el cual la mayor parte de las mujeres que abortan en las sociedades insolidarias actuales no pueden, por lo menos subjetivamente, alcanzar.

Ese nivel de generosidad, sin embargo, podría generarse en el seno de una sociedad verdaderamente solidaria, donde fueran raras el conjunto de circunstancias, materiales y morales, que empujan ahora a las mujeres al aborto. Pero mientras llega la solución, en una sociedad pluralista la legalización del aborto es una consecuencia lógica del respeto a las ideas de cada persona y a su libre albedrío.

fuente: LA SOLIDARIDAD “Guardián de mi hermano” (Luis de Sebastián).

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